lunes, 18 de octubre de 2010

La llave del odio./ Episodio 1: El espectro.

En la habitación se acumulaba el desorden, había ropa tirada por el suelo y sobre la cama. Bajo la mesa quedaban cáscaras de pipas y cacahuetes de la última vez que compró. Una caja vacía de galletas, un refresco de naranja a medias y bolsas de patatas vacías estaban sobre la mesa. En ella también estaba el portátil encendido, la música estaba puesta, y la única luz que había a parte de la de la pantalla era la luz nocturna que entraba por la ventana.

Iván estaba tirado en la cama boca arriba, aún vestido y cansado. No tenía sueño, no quería dormir pero parecía que eso era lo único que merecía la pena. No encontraba razón para levantarse así que dejó que sus ojos se cerraran. Imaginó su futuro, el futuro de cuando el tuviese cuarenta y tantos; en él era tan delgado como siempre, con el pelo exactamente igual, la cara más arrugada y un poco de barba. Soñaba con que en aquel futuro fuese conocido por algo grande o famoso pero no mucho, tal vez por ser un mago impresionante y simpático, como Juan Tamariz, o por ser un famoso cineasta español de películas de acción y gore, o también un arqueólogo que hubiese hallado un enorme templo escondido en algún sitio pero, por encima de todo, alguien que amara su profesión y que pudiera compartirla con el mundo. Él estudiaba informática, con ella podría llegar a ser programador de videojuegos, única salida de la carrera que le interesaba, pero había algo de los videojuegos que no le convencía, aunque tenía montones y jugaba a diario. No sabía explicar muy bien que era aquello que le molestaba pero sí recordaba que su sobrino Javier, el hijo de su prima, de ocho años pataleaba y gritaba por no encontrar un juego o por perder una partida. Pero aquello solo era un aspecto de los videojuegos, igual que los videojuegos solo eran una de las salidas de informática. A fin de cuentas, no le entusiasmaba la carrera en absoluto. Tampoco las asignaturas, ni siquiera programación la única que se podía llamar ''entretenida'' por ser casi en su totalidad realizar prácticas.

Cuando le hablaba a su familia o a sus amigos de que no le gustaba la carrera, le decían ''Al principio es normal que no te guste, es el primer año.'' e Iván no dudaba de que eso fuera así pero no en su caso. A él no le gustaba la carrera, simplemente había otras cosas que le llamaban mucho más. Le encantaba leer, escribir, dibujar, el teatro o el cine. El cine, le encantaría ser director de cine y hacer películas para luego verlas él mismo. Quería crear grandes historias. No historias con una buena crítica o famosas entre el público, tampoco que fueran originales, sino historias con las que él disfrutase, con eso le bastaría. Pero su padre decía ''No se puede vivir del aire''. Sí, sí, pero a él le daba igual.

Siguió sumergido en sus propios pensamientos hasta que llamaron a la puerta. Eran las doce, imaginó que se trataría de Néstor. Un amigo que pasaba de vez en cuando para hablar.

Se levantó y abrió la puerta sin decir nada y con mucha pereza. Al otro lado estaba Diego, en pijama y bostezando. Iván lo conocía desde que eran pequeños y además iban a la misma universidad.

-¿Qué quieres? -Preguntó Iván.
-¿Te he despertado?
-No, tranquilo.
-¿Tienes tabaco? -Preguntó Diego.
-Sí, espera. -Iván encendió la luz y abrió el cajón de la mesa, donde guardaba el tabaco, y le dio un cigarro a su amigo. También cogió uno para él. -Quédate aquí mientras fumamos.
-Vale. -Diego se sentó en una de las dos sillas que había en la habitación, Iván en la otra.

Pasaron el rato hablando de los estudios y del fin de semana. En el pasillo se oía a otros novatos del colegio volver armando ruido. Reían y corrían por el pasillo llamando a las puertas de las habitaciones.

-¿Hoy no viste a Laura? -Preguntó Diego.
-No, no fue a clase. Hace un par de días que no viene.
-Pues a ver cuando salimos con ella otra vez. -Dijo su amigo sonriendo. -Joder, ¡está buenísima!
-Mañana le diré que salga, yo también quiero verla.
-¿También te mola eh?
-Tanto como a tí no. -Rió Iván.

El viento empezó a soplar fuerte, el pasillo estaba en silencio desde hacía unos minutos y la luz se fue. El portátil y la luz de la habitación se apagaron de golpe, estaban a oscuras.

-¡Ostia! -Gritó Diego.
-¡Pero ¿Qué cojones... ?!

Iván sacó su móvil para alumbrar un poco, Diego le imitó. De repente Iván se dió cuenta de que no estaban solos. En el otro lado de la ventana, que seguía abierta, había una figura de pie flotando. Iván, con la mano temblando, acercó el móvil hacia aquella figura. Diego estaba paralizado por el miedo.

Era pelirrojo y con el pelo largo, pero no le llegaba a los hombros. Sus ojos eran azules, su piel blanca como el marfil y vestía un extraño traje gris ceñido al cuerpo. En la cintura llevaba una espada larguísima enfundada y las manos metidas en los bolsillos del extraño traje. Era claramente un chico. Un chico con una expresión que no expresaba nada, ni si quiera seriedad.

-¿Quién eres? -Balbuceó Iván.
-Soy Guillermo Atienza Vila. -Dijo el extraño.
-Está... ¿Volando? -Susurró Diego.
-Así es. -Le espetó el individuo.
-¿Por qué...? ¿Qué leches eres? -Dijo Iván.

Antes de responder, el extraño pasó a través de la ventana y de pie frente a ellos contestó.

-Yo soy un Espectro.

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