Después de tantas victorias y derrotas parecía haber llegado el fin. Ni Ludovic ni ningún otro miembro del grupo seguían con vida, Violeta estaba sola. La misión, la única oficial que se llegó a emprender, terminaría inconclusa dando perpetuidad al cruel sistema que mecanizaba el mundo.
Sin parar de toser por culpa del polvo, subió a la azotea del edificio. Desde allí podía ver el caos de la capital. Nubes de fuego y ceniza oscurecían el atardecer, gritos y llantos flotaban a la deriva en el aire. Aquel paisaje apretaba con fuerza su pecho y le hacía derramar lágrimas que limpiaban sus delicadas mejillas.
Violeta nunca se sintió útil junto a Ludovic. Hacía dos años que su amigo francés fue a encontrarse con ella, viajó solo para eso y ello siempre la molestó de alguna manera. Porque ella no era fuerte, ni lista, ni hábil, solo era una quejica que se había limitado a besar por dónde pisaba aquel visionario. Sin duda, ese chico cambió su vida, y le llegó a dar un significado; pero la situación en la que todo había acabado no era lo esperado. Jamás, después de conocer la fuerza y el espíritu de Ludovic, pensó que algo pudiera salir mal. La lucha por sus derechos y por la libertad, todo el esfuerzo, los buenos recuerdos y todos los amigos hechos en el camino, todo aquello era un camino cuya meta resultó el fracaso y la muerte. Sin embargo, lo que más odiaba Violeta era ser la única que seguía con vida y tener que sufrir lo que le quedara sin poder escuchar su voz. Por eso, allí sentada, cerró los ojos e intentó reproducir, en su mente, aquellas palabras de alivio que una vez le dijo Ludovic.
-¡Violeta! -Gritó alguien a su espalda. -¡Violeta!
Ella se dio la vuelta. Sorprendida, dejó caer el martillo que sujetaba tras su pelea con Iván, cuyo cadáver seguía en la séptima planta del edificio. Ludovic se lanzó a ella de un salto y la envolvió en un fuerte abrazo.
-¿Lu, eres tú? -Preguntó ella casi sin voz.
Sin parar de toser por culpa del polvo, subió a la azotea del edificio. Desde allí podía ver el caos de la capital. Nubes de fuego y ceniza oscurecían el atardecer, gritos y llantos flotaban a la deriva en el aire. Aquel paisaje apretaba con fuerza su pecho y le hacía derramar lágrimas que limpiaban sus delicadas mejillas.
Violeta nunca se sintió útil junto a Ludovic. Hacía dos años que su amigo francés fue a encontrarse con ella, viajó solo para eso y ello siempre la molestó de alguna manera. Porque ella no era fuerte, ni lista, ni hábil, solo era una quejica que se había limitado a besar por dónde pisaba aquel visionario. Sin duda, ese chico cambió su vida, y le llegó a dar un significado; pero la situación en la que todo había acabado no era lo esperado. Jamás, después de conocer la fuerza y el espíritu de Ludovic, pensó que algo pudiera salir mal. La lucha por sus derechos y por la libertad, todo el esfuerzo, los buenos recuerdos y todos los amigos hechos en el camino, todo aquello era un camino cuya meta resultó el fracaso y la muerte. Sin embargo, lo que más odiaba Violeta era ser la única que seguía con vida y tener que sufrir lo que le quedara sin poder escuchar su voz. Por eso, allí sentada, cerró los ojos e intentó reproducir, en su mente, aquellas palabras de alivio que una vez le dijo Ludovic.
-¡Violeta! -Gritó alguien a su espalda. -¡Violeta!
Ella se dio la vuelta. Sorprendida, dejó caer el martillo que sujetaba tras su pelea con Iván, cuyo cadáver seguía en la séptima planta del edificio. Ludovic se lanzó a ella de un salto y la envolvió en un fuerte abrazo.
-¿Lu, eres tú? -Preguntó ella casi sin voz.
-¡Claro que soy yo! -La soltó y la miró a los ojos. -¿Quién podría ser? -Dijo sonriente, ella vio que él sangraba por el ojo izquierdo y que lo tenía cerrado, con el párpado caído sin vida.
-¡Tu ojo! ¿Qué te ha pasado?
-No es nada, tranquila. -Respondió sin borrar su sonrisa. -Es un alivio ver que estás bien.
-¿Y tú? ¿Cómo es que estás vivo? -Preguntaba ella ansiosa.
-Pues porque soy el mejor, ya lo sabes.
Un minuto de silencio mirándose a los ojos y volvieron a reír. Violeta se acercó a él y le puso la mano derecha sobre el hombro. Pensó en todo lo que habían pasado juntos, en esos recuerdos que antes la hicieron soñar y en el dolor cuando le creyó muerto. No pudo aguantar.
-No me vuelvas a asustar. -Con ambas manos en las mejillas acercó el rostro de Ludovic y lo besó consciente de que podía ser la última vez.
Abandonaron el edificio y juntos fueron rumbo al verdadero final. Al ayuntamiento, dónde les esperaba el más cruel y retorcido soldado. Un enemigo que ya conocían, la encarnación del más tétrico nihilismo y el perfecto rival de Ludovic. Aquel último enfrentamiento dibujaría el futuro que Violeta creyó perdido. Así pues, avanzaban esperanzados y cautelosos.
-¡Tu ojo! ¿Qué te ha pasado?
-No es nada, tranquila. -Respondió sin borrar su sonrisa. -Es un alivio ver que estás bien.
-¿Y tú? ¿Cómo es que estás vivo? -Preguntaba ella ansiosa.
-Pues porque soy el mejor, ya lo sabes.
Un minuto de silencio mirándose a los ojos y volvieron a reír. Violeta se acercó a él y le puso la mano derecha sobre el hombro. Pensó en todo lo que habían pasado juntos, en esos recuerdos que antes la hicieron soñar y en el dolor cuando le creyó muerto. No pudo aguantar.
-No me vuelvas a asustar. -Con ambas manos en las mejillas acercó el rostro de Ludovic y lo besó consciente de que podía ser la última vez.
Abandonaron el edificio y juntos fueron rumbo al verdadero final. Al ayuntamiento, dónde les esperaba el más cruel y retorcido soldado. Un enemigo que ya conocían, la encarnación del más tétrico nihilismo y el perfecto rival de Ludovic. Aquel último enfrentamiento dibujaría el futuro que Violeta creyó perdido. Así pues, avanzaban esperanzados y cautelosos.
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