jueves, 16 de diciembre de 2010

Blue Guardian./ Capítulo 7: Historia de amor.

''Descanso en el mismo lugar que los participantes Cero, Tres, Cuatro, Siete y Nueve.'' Escribió Dam. El Juez, que estaba allí desde hace unos segundos, cogió la tarjeta y la leyó.

-Quieres que el lugar de descanso sea el mismo para éstos participantes y compartirlos con ellos, ¿no? -Quiso saber el Juez. Dam asintió.

Todo desapareció en un fugaz destello y volvieron a estar en la extraña habitación circular donde estaba aquel reloj dibujado en el suelo sobre el que antes todos ocuparon sus lugares. El lugar donde vieron en sus mentes la imagen de sus armas. Todos estaban allí.

Los ojos de Iván se clavaron en Néstor en cuanto lo vio. Su corazón latía deprisa y se calmó al verlo sano y salvo, no pudo evitar sonreír. Néstor cuando se dio cuenta de cómo lo miraba; se sonrojó ligeramente, aún no se había acostumbrado.

El resto de participantes estaban en silencio, esperando durante unos segundos escuchar al Juez.

-Ahora que los retos han terminado es hora de que obtengáis vuestro descanso. -Anunció el Juez. -Pasadas doce horas volveréis aquí para anunciaros con quién lucharéis. El que pierda esa batalla será expulsado del juego, prepararos bien ahora si queréis continuar. -Tras decir esto, desapareció como si se hubiera borrado y de igual forma todos desaparecieron de aquel lugar.

Damián, Néstor, Lara, Iván, Vero y el viejo Leopold aparecieron en una habitación amplia. Las paredes eran de madera, al igual que el suelo, y había una cama para cada uno y un par de puertas. La habitación tenía forma rectangular y también tenía un par de ventanas, cada una en una pared frente a la otra. Tras ellas entraba la luz lunar de la noche ayudando a la luz que arrojaba una pequeña lámpara colgada en el techo.

Leopold fue el primero en moverse, se acercó a una de las puertas y la abrió.

-Éste debe ser el baño de las señoritas. -Dijo tras echar un vistazo con la puerta medio abierta. -La otra puerta debe ser la del nuestro.

Todos, a excepción de Damián, pegaron un pequeño saltito al ver al viejo Leopold. Ninguno de ellos sabía quién era y, en cuanto se dieron cuenta de que estaba allí con ellos, no le quitaron la vista de encima.

-¿Quién es este viejo? -Preguntó Iván espontáneo.

-Oh, perdonad. No me he presentado. -Se excusó el aludido. -Mi nombre es Leopold Artemis y soy el abuelo de Damián.

Una vez los demás se hubieron presentado al anciano y dejaron de sorprenderse tras saber que era el abuelo de Damián, exigieron saber por qué estaba con ellos. Damián explicó el extraño encuentro con su abuelo y luego éste explicó la historia de las Llaves Legendarias y el guardián azul.

-Menos mal que no me enfrenté al niño pelirrojo. -Dijo aliviado Néstor. -No solo resulta que anda por las paredes, sino que además tenía un Arma Noble de esas.

-Pero puede que luego sí que tengas que enfrentarte a él... Sería bueno que entrenases antes con tu Arma Carácter. -Dijo Leopold.

-¿Arma Carácter? -Preguntó Lara.

-Sí. Tienen ese nombre porque es particular de cada persona, no hay una igual a la vuestra en el mundo. -Explicó Leopold. -Están echas de pura Imnergía y solo pueden ser invocadas cuando el propietario la ha visto en su mente. Eso puede suceder de muchas formas, pero para asegurarse de que todos pudieran usar un arma el Juez forzó las mentes de todos nosotros. Aunque evidentemente algunos de los participantes ya conocíamos las nuestras.

-Te refieres a los Warheim ¿no? -Dijo Vero.

-Efectivamente. Aunque como os he dicho antes, puede que también haya más que vayan tras la Llave Tarkanen y que sean tan hábiles como yo.

-Oye viejo, entonces ¿existen dos tipos de armas? -Preguntó Iván. -Las Nobles y las Carácter.

-Tú lo has dicho, joven. Por cierto, podéis llamarme Leo.

-Pero ¿qué diferencia hay entre ellas? -Continuó Iván.

-Las Nobles son armas artificiales hechas para hacerse combinar con la propia Imnergía del usuario, suelen ser muy poderosas y únicas en sus acciones. -Explicó Leopold. -Y las Carácter pueden ser más o menos poderosas, depende del individuo. Pueden evolucionar según la experiencia de su poseedor y pueden llegar a ser devastadoras.

Fue entonces cuando Nés se acordó de la gran duda que le atormentaba desde que vio aquello borroso en su mente, aquello que debería ser su Arma Carácter.

-Perdone, señor Artemis. -Dijo Nés. Iván, al oírle dirigirse tan correcto al abuelo de Dam, carcajeó levemente. -No conozco mi Arma Carácter, no pude verla bien en mi mente. Solo vi algo borroso.

-¿En serio? Nunca había escuchado algo así. -Meditó unos segundos mirando al suelo y mesándose el bigote. -Bueno... Quizás descubras qué es si piensas más en esa imagen, intenta concentrarte en ella. Hazlo al acostarte, te será más fácil si la ves en sueños. En los sueños es donde deberéis entrenar, en vuestros sueños podréis invocar vuestras armas. La Imnergía que ha despertado en vosotros hará vuestros sueños más reales y a vosotros más conscientes de ellos.

-Esto... -Dijo Lara. -Tengo una tarjeta blanca. -La chica no había dicho nada hasta el momento y no había visto oportunidad para hablar sobre la tarjeta blanca que tenía.

-¡Oh! Claro, se me olvidaba. -Dijo el anciano al escuchar a Lara. -Quiero que me digáis cada uno lo que ha ocurrido en vuestros retos y con cada una de las tarjetas.

-Yo la gané, aunque de forma extraña. -Dijo Vero. -El Juez dijo que se la ganaría aquella que más méritos consiguiera, sin embargo la tarjeta apareció en el cementerio donde jugué el reto. Y al acercarme y tocarla el Juez me declaró vencedora.

-Umm... Eso puede deberse a que las dos os lo merecierais por igual y decidió que la primera en tocarla sería la vencedora. -Conjeturó Damián.

-Yo también lo creo así. -Añadió Leopold. -Y ¿Qué hiciste con ella?

-Claudia, mi rival, acabó mal herida por el mordisco de un zombie. Escribí en la tarjeta blanca que el Juez la sanara. -Respondió Vero. Se quitó la punta de un mechón de pelo que se le posó en los labios. -Me sentí obligada a ello.

''Otra vez esa actitud tan generosa de Vero...'' Pensó Nés.

-Bueno. No importa, aunque habría estado mejor que en la tarjeta hubieras escrito algo así como que ese mordisco jamás hubiera existido. Pero no tiene importancia. -Dijo Leopold.

-Yo perdí, fue la niña pequeña de las coletas la que consiguió la tarjeta. -Dijo Iván. -Además recuerdo que la niña le dijo al Juez que por ahora no quería usarla. Ella se llamaba Elisa.

-Interesante. -Comentó el anciano.

-Yo... yo... -Musitó Néstor avergonzado. -Yo también perdí, hice el ridículo y además no sé nada del crío pelirrojo. -Estaba algo cabizbajo y hablaba casi en susurro. De repente se acordó de lo que hablaron el niño pelirrojo y el Juez. -¡Ah! Sí, se me olvidaba que el niño aquel renunció a la tarjeta.

-¿Renunció a la tarjeta? -Inquirió Dam.

-Sí. Le preguntó algo a cambio de renunciar. -Continuó Nés. -Quiso saber por qué el Juez había aparecido nada más tocar la tarjeta y declararlo vencedor, de manera contraria a cómo nos anunció el Juez que debíamos superar el reto. El Juez le respondió que así se le ordenó actuar bajo ciertas condiciones.

-Eso es una prueba definitiva de que aquel niño no es el único Warheim. -Dedujo Dam en voz alta. -Hacer eso se le debió de ocurrir nada más ver que el Juez apareció ante él. Lo que quiere decir que confiaba en que alguien más relacionado con él consiguiera una tarjeta blanca.

El abuelo de Damián asintió satisfecho por la deducción de su nieto.

-A mí me paso igual. -Dijo Lara. -El reto acabó antes de que cruzaramos la puerta por dónde entramos, tal y cómo nos dijo el Juez que debíamos acabar el reto.

-En nuestro reto no lo notamos porque el nuestro fue una simple partida de ajedrez. Me di cuenta de que el tiempo no había pasado mientras estuve atrapado en tus ilusiones. -Dijo Damián a su abuelo.

-Sí... -Dijo distraído el anciano. -Pero lo más importante es qué le hizo comportarse así al Juez. Teniendo en cuenta que aquello que le motivó fue algo que tuvo que pasar durante los retos descartaremos que tenga que ver con alguno de los rivales que habéis tenido. Lo que nos deja con los únicos participantes con los que no hemos tenido contacto.

-Los números Diez, Once y Doce. Dos hombres y una mujer. -Dijo Dam recordando cómo aquellos tres entraban en la última puerta de los retos.

-Exacto. Ellos deben de haber hecho algo que ha alertado al Juez. -Continuó Leopold. -Realmente creo que son individuos muy peligrosos. No sé explicarlo bien, pero no me gustan.

-¡Ey mirad! -Dijo Iván señalando al suelo.

Un rectángulo del suelo de madera se había hundido y deslizado hacia un lado, del fondo surgía algo de buen aspecto. Tuvieron que apartarse para no caer por la apertura. Lo que subía era una amplia mesa rectangular con comida para seis personas, dos platos para cada uno, carne y pescado. Una gran ensalada central para acompañar la comida, una bandeja de patatas fritas y dos enormes jarras de agua. Por supuesto también había pan.

-¿¡Y esto!? -Preguntó Lara asombrada.

-Bueno, el Juez no nos iba a dejar con el estómago vacío. -Dijo Leopold. -Después de todo estaremos aquí días.

Empezaron a acercarse algo temerosos a la mesa. No había sillas donde sentarse. Leopold se acercó sin miedo y, al estar a unos centímetros de la mesa, a su espalda aparecío una silla de la nada. Los demás lo imitaron.

-Es increíble. -Dijo Nés. -Hay de todo.

Al lado de Nés se habían sentado las dos chicas y frente a él estaba Iván entre Damián y el anciano. De repente Iván se dio cuenta de algo, estaba en el sitio equivocado.

-Vero ¿Me cambias el sitio? -Preguntó Iván. -No es que no esté cómodo a vuestro lado... -Se excusó a Damián y a Leopold.

-Sí, claro. -Respondió su amiga al instante.

Néstor la agarró de la manga y le susurró:

-¡No! No me dejes al lado de éste, seguro que me quiere meter mano o algo...

-No va a hacer nada de eso. Además a ti te gusta ¿no? Fuiste tú el que le besó la otra vez. -Dijo Verónica susurrando también.

-¿Me cambias el sitio o no? -Preguntó Iván impaciente.

-Sí, sí.

Iván se levantó de un salto de su silla, una tan alto y preciso que pasó al otro lado de la mesa aterrizando perfectamente en la silla que antes Vero ocupaba. Néstor se había hecho a un lado temeroso de chocar, y tenía los brazos alzados para protegerse; aparte él y todos tenían los ojos como platos y la boca abierta de la semejante valía y precisión demostrada por Iván. Bueno, todos menos Leopold que reía agusto de lo graciosa que le resultaba la situación.

-¡Este chico combina muy bien su Imnergía con su cuerpo! -Dijo Leopold aún riendo.
-Es que soy un hacha. -Dijo Iván con voz infantil.

-Que pavo tienes... -Murmuró Néstor.

-Esto... Señor Leopold. -Dijo Lara. -¿Cuando volveremos a casa? Nuestras familias estarán preocupadas por nosotros. Nos estarán buscando por todas partes.

De repente se hizo el más incómodo de los silencios en la estancia. La expresión del viejo Leopold se tornó seria. Abrió la boca para responder.

-Dije... ¡que me llamaseis Leo! Pero bueno da igual. -Tosió. -Bueno respecto a eso... Hay algo que no os he contado, pero no lo he hecho porque creo que no serviría de nada.

-¿El qué? -Exigió saber su nieto.

-No os lo he dicho también porque es posible que no sea cierto pero... En caso de que lo que me temo no se vaya a dar, tened muy presente que la preocupación de vuestras familias por vosotros ahora es lo de menos. -Se aclaró la garganta. -Entre todos debemos conseguir la Llave Tarkanen, si no lo hacemos no podremos defendernos de aquel que robó la llave Ludunen de los Artemis. Porque quién lo ha hecho puede esclavizar el mundo si no es detenido o incluso destruirlo, ahora ese ladrón tiene el poder de crear el caos a diestro y siniestro. Y si lo hace, no habrá persona viva que se preocupe por vosotros.

-Esperaba que dijeses algo del estilo. -Dijo Iván. -Eres el Gandalf de nuestra aventura. Tu misión es acojonarnos y prevenirnos pero no te preocupes. Con o sin la Llave de Tarkanen le patearé el culo al que se atreva a hacer algo como eso.

-¡Y yo! -Gritó Nés de repente. -Yo también lucharé aunque perdiésemos la oportunidad de ganar este juego.

-Todos pensamos así. -Dijo Lara.

-Sí. -Dijeron al unisono Damián y Vero. Se sonrojaron al darse cuenta de que lo habían hecho al mismo tiempo.

-¡Confía en nosotros abuelo! -Dijo Damián.

-Ya vale, ya vale. -Dijo Leopold. -Vamos a disfrutar la cena de una vez o el Juez pensará que no nos gusta comer.

Se pusieron a comer mientras contaban anécdotas del colegio y demás. Leopold quiso saber más de ellos, de qué se conocían y cómo fue que se lanzaron a la aventura. Le contaron todo al detalle, sobre todo Iván que estaba muy enérgico esa noche. Contó incluso la escena del beso que le plantó Nés en los labios, lo que hizo que el anciano no parase de reír un buen rato y aporrear la mesa con el puño cerrado.

Durante la cena Nés vio algo muy curioso. A pesar de que entre Damián y Vero estaba Leopold, ambos intentaban buscarse con la mirada en algunas ocasiones pero jamás coincidían. ¿Se gustarían Damián y Verónica? De repente Nés vio un trozo de pollo clavado en un tenedor frente a su nariz.

-Abre la boca que viene el avión. -Dijo Iván con tono infantil y sonriente.

-Cómete esto. -Le respondió Nés al tiempo que le daba un puñetazo en la cara. Iván salió disparado de la mesa y volvió a sentarse de un salto.

-Jo, que malo eres conmigo. -Dijo estrechando los labios poniendo morritos y entrecerrando los ojos. Parecía un animalillo.

-Dios mío... ¡Qué cruz! -Decía Nés para sí. -Te comportas como si fueramos pareja y aún no te enteras de que no quiero nada contigo. Eres un plasta.

-Sí, sí, claro... -Respondía Iván balanceando su silla hacia Nés. -Lo que pasa es que no quieres admitir que te pongo cachondo, sé que un día me sorprenderás con otro beso. Sabes que me deseas. ¡Y además, tienes que comer que estás muy delgadito!

-¡Qué más quisieras! -Respondió Nés. Estaba sonrojado porque en el fondo lo que Iván decía era verdad pero no sabía porque aún se negaba a admitirlo.

Terminó la cena, todos se levantaron y la mesa y las sillas desaparecieron. Cada uno se fue a su cama, Leopold aconsejó a sus jóvenes compañeros dormir todo lo posible para estar al cien por cien para el día siguiente. Luego el viejo se acercó a una de las dos ventanas y la abrió, apoyó los codos en el borde y miró melancólico el extraño horizonte selvático que rodea el laberinto de Tarkanen. La luz de la luna se colaba en aquel oscuro bosque.

-¿Dónde estás ahora hija mía? -Murmuró para sí derramando una pequeña lágrima por uno de sus viejos ojos.

En la otra ventana estaba Iván, la había abierto y se estaba encendiendo un cigarro. Se dio la vuelta al dar la primera calada y miró a Nés.

-¿Has visto que he juntado nuestras camas? -Dijo Iván. Néstor acaba de ver su cama que estaba pegada a la de Iván, había estado hablando un ratito con Lara. Néstor le dedicó una mirada asesina a su enamorado.

Néstor se acercó y le cogió el cigarro, lo apagó y lo tiró por la ventana.

-Si esperas que alguna vez muestre el más mínimo interés por tí de berías de dejar de fumar. -Le espetó a Iván. -Los rubios de ojos azules os lo tenéis muy creído.

Iván carcajeó ante eso último.

-Está bien, dejaré de fumar. -Prometió Iván.

-Haz lo que te dé la gana, solo era un consejo. -Mientras decía esto separaba las camas de ambos.

-¿Te doy yo otro? No separes las camas y verás como te quito esa mala leche que tienes.

-Néstor volvió a cabrearse tanto como aquella vez en el parque y de la misma manera le iba a propinar un puñetazo a Iván. El rubio lo esquivó y Nés rompió el marco derecho de la ventana y parte de la pared que era de madera.

-Éste también es fuerte. -Dijo Damián que observaba la escena con disimulo.

Después por sí sola la madera volvió a su sitio. Antes de dormir Néstor e Iván elaboraron lo que parecían coreografías, Iván esquivaba y Nés atacaba. Al final se calmaron y una vez se metieron todos en sus respectivas camas la luz del techo se apagó sola.

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Mientras tanto los participantes Diez, Once y Doce compartían una habitación similar a las de Damián y los demás pero adaptada para tres personas.

Los tres, dos hombres y una mujer, se conocían entre sí y utilizaban nombres falsos entre ellos. Era una estricta norma que tenían entre ellos y violar esa norma no se tomaría a broma. Cualquiera podría escucharles y era vital que no se supieran sus nombres reales.

El más joven de los dos hombres, vestía una larga túnica negra. El cuello de aquella extraña túnica le tapaba parte de la cara, sus manos estaban escondidas bajo las mangas y sus ojos verdes eran tapados por el flequillo rojizo que le caía. No era tan pelirrojo como el niño que fue rival de Néstor, su tono era más suave, más cercano al castaño quizá. Pero lo más característico de este muchacho era un corte que le cruzaba el ojo izquierdo. Una extraña cicatriz. Su nombre en clave era Aero. Él era el número Once

La mujer era una chica de una edad aproximada a la de Aero. Ocultaba su rostro tras una máscara blanca con forma de conejito. Llevaba una túnica igual a la de Aero pero abierta enseñando el escote. Sus pechos eran voluminosos, su figura en resumen era perfecta, curvilínea e inexplicablemente atractiva a pesar de ocultar su rostro. Aparte de su escote se le veía su castaño cabello caer por la espalda, reluciente y majestuoso. Su nombre en clave era Aqua y su número el Diez.

El número Trece era un hombre mayor que ellos. Vestía igual que Aero, su pelo era corto, gris y su rostro era perfecto. Tenía algo de barba pero poca. Su mirada era pura paz, no mostraba emoción alguna. Su apodo era Electro.

Estaban sentados cada uno en su cama. Hablando.

-Si él te dejó que fueras con esa máscara supongo que es porque de tí no puede dudar, Aqua. -Dijo Electro. -O mejor dicho, que ante todo no quiere que no seas asesinada en caso de que tú no seas el Sentenciador.

-Él lo quiso así. Yo no lo decidí. -Se defendió la mujer. -¡Sabes perfectamente que las probabilidades de que el Sentenciador esté en nuestro grupo son mínimas! Así que deja de sospechar de mí. Aunque te pones muy guapo cuando lo haces.

-No le piropees Aqua. -Interrumpió Aero. -Llevando la máscara no podrás besarle y él te ordenó que la llevases en todo momento. Por cierto, aún no me he acostumbrado a llamarnos por estos apodos.

-¡Y que lo digas Isaac! -Coincidó Aqua. -Espera no habré dicho tu nombre por casualidad ¿no? -Dijo temerosa.

-Sí, lo has hecho. -Dijo Electro mientras se levantaba remangándose la manga. -Y ya sabes lo que pasa si lo haces...

Aqua temblaba despavorida, le esperaba algo terrible. Electro se acercó a ella y... empezó a hacerle cosquillas.

-¡Para, ji ji ji para, por favor! -Lloriqueaba riéndose Aqua. Electro se acercó a su oído.

-La próxima vez será en serio, y te cortaré la lengua. Tenemos que acostumbrarnos a llamarnos por nuestros alias.

Aero, Isaac, sangraba por la nariz y sus mejillas estaban rosadas. Sus ojos absortos en algo.

Electro y Aqua lo miraron extrañados, luego Aqua bajó la vista y lo entendió todo. Se le había salido un pecho y tenía una de sus tetas al aire. Las cosquillas le hizo moverse demasiado. Rápidamente se tapó. Aero se relajó, Electro también aunque la vio tarde.

-Uuhh... Así que después de todo sois hombres corrientes ¿no? -Dijo Aqua lascivamente con la punta del dedo índice metido en la boca y las piernas cruzadas. -A ver... voy a hacerlo una cosa a ver qué pasa... -Abrió el cieere de su túnica y enseñó por completo sus pechos.

Aero y Electro dejaron caer sus mandíbulas al suelo y llenaron el suelo de babas. Tenían los ojos desorbitados. Electro luchó contra sí mismo y espabiló. Guanteó a Isaac y cerró la túnica de Aqua.

-¿¡Eres idiota!? -Gritó Electro a Aqua. -¡Esta noche debemos estar relajados y dormir bien si queremos entrenar en nuestros sueños!

-Y ahora que las estás rozando... -Susurró Aqua. - ¿Son blanditas?

Electro no pudo evitar sonrojarse, pero con mucho esfuerzo hizo lo que creía oportuno. Propinó un fuerte puñetazo a la máscara de Aqua, así por lo menos no era como pegar directamente a una mujer pensó para sí. Aqua salió volando y chocó contra la pared, luego se levantó como si nada y anunció que se iba a dar un baño.

-Oye Electro. -Dijo Isaac. -He visto a mi hermana aquí en el juego. Está cambiada, se ha cortado el pelo y teñido de negro; pero no cabe duda es ella.

-¿Tu hermana? ¿Estás seguro, Aero? -Inquirió Electro.

-Y no solo ella. -Se quedó pensativo unos segundos con expresión melancólica. -También está... Lara.

-¿Lara? ¿Y quién es?

-Fue mi novia... -Dijo Isaac. -¿Mi hermana y Lara reclutadas por el viejo Artemis? ¿Es posible?

-Puede que no fuera Leopold quien les convenció, puede que fuera un Warheim. -Aventuró Electro. -O puede que hayan sido convencidas cada una por una familia distinta. Lo que está claro es que o los Artemis o los Warheim tienen un buen número de aliados. -Se levantó de donde estaba y se echó en su cama. -Pero no te preocupes, cumpliremos la misión sin hacerles daño. No se nos dijo nada de que ellas fueran a estar aquí.

-Verónica será mi hermana pero no me importa en absoluto. -Dijo Isaac. -A la única que quiero al margen es a Lara. No soportaría que le ocurriese algo.

-Cuenta conmigo. -Dijo Electro.

Isaac, abrió una ventana y apoyó los brazos en el borde. Miró la noche estrellada.

-Todo sería más fácil si Aqua no hubiese metido la pata con el Juez, pero no tuvo más remedio. -Dijo Electro mirando al techo. -Ahora el Juez sospecha y terminó con el reto en cuanto pudo. Posiblemente también lo haya hecho con los demás.

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En un lugar, lejos del laberinto Tarkanen por el que se jugaba la posesión de una Llave Legendaria, la luz de la luna bañaba un mar de olivos próximo al pueblo donde vivían Dam y los demás. El viento soplaba con fuerza y helaba los huesos de quién rozaba. Gobernaba el silencio en aquella noche de verano en la que una tormenta había decidido aproximarse lentamente.

En el suelo se marcaban las pisadas de un animal que corría a velocidad pasmosa. Los troncos de los olivos temblaban, al posarse sobre ellos con fuerza los pies de mujer. Esa mujer era el animal ,que corriendo en mitad de la noche, perturbaba la tranquilidad del lugar. Una mujer de cabello dorado rizado en bucles, una madre, una mujer joven con el corazón roto. Su nombre, Ainhoa Artemis.

En su mente había solo tenían cabida tres de las personas más importantes de su vida. Sus dos hijos, Lidia y Damián, y su marido Guillermo. Iba en busca de este último, había de encontrarlo pronto y persuadirlo. Aunque era consciente de que eso último sería imposible, puede que ni si quiera lo intentase.

Siguió corriendo a saltos y zancadas, volviendo su imagen borrosa y fugaz en la noche. Levantaba la arenilla que cubría la tierra allí donde pasaba, los pájaros y pequeños animales que se cruzaban con ella huían despavoridos. Gotas de sudor le recorrían la frente, sus ojos funcionaban a pleno rendimiento en busca de cualquier pista del hombre que tanto amaba.

Poco a poco empezó a reducir su velocidad y entristecida caminó despacio entre la oscuridad. Apoyó una mano en el tronco de un olivo que tenía a su izquierda, luego dejó su cuerpo caer de rodillas y a los pies del olivo se abrazó las piernas. Empezó a llorar.

Entonces una figura junto a ella se agachó ofreciéndole un pañuelo. Ella alzó la vista.

Era él. El hombre a quién buscaba, su marido, Guillermo H. El hombre al que aún amaba.

-No llores. -Le dijo él. -Estás mucho más guapa cuando sonríes.

Ella de un salto se levantó y le apartó de un golpe la mano con la que le ofrecía el pañuelo. El trozo de tela se soltó de la mano del hombre y salió volando en la oscura noche, llevado por el fresco viento de aquella noche de verano. Ainhoa no sonreía, se secaba las lágrimas con el reverso de su mano y lanzaba una mirada de concentración y odio al hombre que la miraba sonriente con unos ojos brillantes del color de la miel.

Él tenía el pelo corto y oscuro, como siempre, un rostro jovial y unos labios seductores. Varios mechones de pelo se balanceaban sobre la frente de él, de la misma manera que lo hacían los tirabuzones dorados de su mujer. Vestía un traje negro inmaculado, llevaba corbata y unos zapatos elegantes; ella una camisa de tirantes blanca, unos pantalones piratas verdes e iba descalza. Él aún seguía con la mano extendida en el aire, ella estaba en postura amenazante.

-¿Por qué no te has arreglado para la ocasión? -Preguntó Guillermo. -Yo al saber que vendrías quería sorprenderte vistiendo de etiqueta. Sé que es así como más te gusto.

-¿Sabes a qué he venido? -Espetó Ainhoa con la voz cargada de ira.

-No. -Apoyó su espalda contra el olivo. -No lo sé. Puedo imaginarlo pero no lo sé. Solo sabía que vendrías a buscarme en cuanto me dí cuenta de lo que Damián tenía tatuado en el brazo.

-Siempre te creí. -Balbuceó ella. -Te dí mi corazón sin preguntar, confiaba en ti. Pero... me has engañado llegado el momento.

-¿Confiabas en mí? -Preguntó él molesto. -¿Tatuaste a nuestro hijo con el número ocho a mis espaldas y dices que confiabas en mí?

-¡Yo confiaba en ti, es verdad! -Gritó ella. -Pero aquello fue algo distinto. Era mi padre quién aún temía que volvieses a lo que fuiste y me pidió que tatuara a Damián como precaución. -Ella entornó sus ojos con melancolía. -Discutí con él durante años tras nacer Lidia y conseguí defender mi ciego amor por ti... Cuando Damián cumplió un mes vino a mí de nuevo y volvió a insistirme en que debía hablarle a Lidia de ti y de tu pasado.

>>Yo me negaba. Yo quería pasar página a tu lado y darte una familia. Pero tampoco podía discutir continuamente con mi padre, llegué a decirle cosas horribles por defenderte. Él vio que jamás desconfiaría de ti, asique me prometió dejarme en paz si por lo menos tatuaba a Lidia y a Damián. Yo no quería, pero Damián nos escuchó a escondidas. Tenía solo diez años y pidió que dejáramos de discutir.

>>Él lo había escuchado todo. Sabía que mi padre y yo discutíamos, no soportaba pensar que desconfiaba de ti y asumió ser tatuado y participar en el juego de Tarkanen llegado el momento. Dijo que lo haría por su hermana y por nosotros, asumiría todos los riesgos. Solo quería que su abuelo y su madre dejaran de pelearse. Así defendería tu nombre, le dolía que mi padre te insultara.

>>Por supuesto me negué, pero te sorprenderías de lo listo que es tu hijo. Consiguió averiguar cómo se había uno de tatuar el número y le robó a su abuelo la pluma que se necesita para ello. Lo pillamos justo cuando ya lo había hecho, no había marcha atrás. Todo porque mi padre dejara de prevenirme sobre ti y yo insultarle.

>>Fui injusta con mi padre. Debí haberle escuchado... Luego descubrimos la verdad... Más tarde tuviste el descaro de volver y llevarte a Lidia... Has de saber que jamás convencerás a Damián, él te odia.

-El viejo Leopold... -Dijo pensativo Guillermo. -Debí haberlo matado cuando tuve ocasión, siempre ha sido un incordio.

-¡Cállate! -Gritó Ainhoa intentando golpearle. Él lo esquivó y el puño de la mujer dio en el tronco del olivo destrozándolo y partiéndolo horizontalmente.

-Vamos a hacer esto más cómodo. -El hombre puso su mano derecha abierta en el suelo y un haz de luz negra recorría su cuerpo. La tierra se abrió en todas direcciones y enormes grietas engulleron toda la vegetación que había en un kilómetro a la redonda. Ahora estaban en un círculo de tierra agrietada. -Así podremos luchar más cómodos.

Ella invocó con su Imnergía su Arma Carácter, una katana de filo inmaculado e increíblemente alargada. Parecía imposible que su delgadas manos pudieran sostener semejante arma, su longitud era descomunal.

Él también invocó la suya, una espada de lo más extraña. La hoja tenía forma de cuchillo de carnicero, ancha y afilada, y de longitud igual a la katana de su rival pero con un mango mucho más largo. Él tan solo la sostenía con una mano apoyando el peso sobre su hombro derecho.

Moviéndose a increíble velocidad chocaban sus armas. Sonidos indescriptibles hacían al golpearse aquellos metales y una enorme cantidad chispas brotaban de los choques. A veces Guillermo saltaba a gran altura y bajaba blandiendo su arma contra el lugar donde su mujer se hallaba. Fallaba en el ataque y agrietaba aún más el suelo.

Ainhoa describía círculos corriendo al rededor de él y luego atacaba en el momento que más oportuno le parecía. Él paraba su golpe alzando su enorme hierro y durante segundos se quedaban separados unos centímetros solo por sus armas. Otras veces optaban por lanzar sus armas cuáles boomerangs, ya que sus armas volvían a ellos. En cierto momento del combate chocaban sus armas en infinidad de latigazos estando ambos de perfil y sosteniendo sus armas solo con una mano.

Estaban totalmente igualados. Una batalla que no parecía tener fin, porque cuando ella le conseguía herir un poco él también, pero siempre de manera superficial. Se hicieron en total un par de rasguños en brazos y mejillas.

-Acabaré con esto de una vez. -Dijo cansado Guillermo. Alzó la mano que tenía libre y conjuró unas palabras que resultaron inaudibles a causa del fuerte viento que soplaba en los oídos de Ainhoa. Un aura de oscuridad empezó a rodearlo y luego salió de él, luego a su lado empezó a moverse. Esa masa oscura empezó a tomar forma, y pronto se convirtió en lo que parecía un oso de dimensiones bíblicas.

El oso tenía el pelaje de color negro y los ojos rojos como la sangre. Sus colmillos no eran los de un oso, eran más afilados y descomunales y sus zarpas se asemejaban a manos humanas. Cinco dedos con tremendas uñas y unos pies también más parecidos a los de una persona que a los de un oso. Todo en él era descomunal, oscuro y aterrador; su rugido escalofriante. Guillermo estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la cabeza del oso.

Ella hizo igual, conjuró algo y con un haz de luz blanquecina invocó otra criatura. Un oso polar, pelaje blanco y manos humanoides también. Sus ojos también rojos, sus colmillos temibles y su rugido semejante al de su adversario. Ainhoa también estaba sobre la cabeza de la enorme criatura que invocó.

Empezaron ambos osos a propinarse zarpazos y sangrar, también se mordían mutuamente el cuello y al mismo tiempo que herían a su rival provocaban un curioso efecto en el mismo. En cada ataque dejaban parte de su esencia, por lo que de las heridas salía un haz de energía oscura o blanca, según el caso, e invadían el pelaje de su presa. Los colores se mezclaban y ambos osos iban siendo rodeados por un color grisáceo que los debilitaba. En abrazo se mordían.

Marido y mujer peleaban intercambiando golpes en el aire con sus armas. Tras realizar unos cuantos choques se volvían a posar sobre su criatura.

Guillermo lanzó su espada contra la frente del oso blanco con la intención de acabar rápido con la criatura. Ainhoa se colocó rápida sobre el hocico de su enorme oso y con la katana algo alzada, sosteniéndola fuerte con ambas manos, bloqueó el avance de la enorme espada cargada de energía oscura. Pero fue inútil, la espada cayó deslizándose contra la katana por su propio peso y se clavó al caer en la carne del oso blanco. La energía oscura se extendió por el cuerpo de la criatura a través de esa nueva herida, tornando el color de su cara parcialmente en gris.

Por desgracia para Ainhoa, el cuerpo del oso blanco repleto de heridas, que le llenaban de aquella extraña energía nociva, se volvió totalmente gris. Con la postura de su último rugido ahora estaba convertido en piedra, pero por poco segundos pues al instante se deshizo en arena. Ainhoa saltó al comprender que su criatura ya no sería más un soporte y que había perecido. La arena gris, del difunto oso invocado, formó una nube molesta frente al oso negro mal herido y su dueño, que estaba de pie sobre su cabeza con la gran espada ya en su mano.

Una increíble sensación de dolor invadió a Guillermo en aquel momento, justo en su brazo derecho que sujetaba la espada. A la altura del biceps vio su manga sesgada y un círculo rojo de su propia sangre. No sentía el brazo, solo lo veía caer agarrando su enorme espada sobre la cabeza de su criatura. Aulló de dolor hasta no poder más. Ainhoa estaba detrás, sudorosa y cansada. Se había manchado con la sangre de su marido y antes de que él pudiera contraatacar desapareció en un salto.

Guillermo hundió su mano izquierda, con los dedos rectos y tensos, en la cabeza de la criatura sobre la que estaba. El oso negro se materializó en aquella energía oscura que usaba Guillermo y la concetró toda en su mano. Cayó levitando sobre el suelo, la nube de polvo gris seguía frente a él. Se aplicó la energía oscura, concentrada en su mano izquierda, en el muñón que ahora tenía por brazo izquierdo. Su herida se cerró y dejó de sangrar, pero ya no tenía brazo derecho.

Ainhoa troceaba con su katana el brazo amputado de su marido y lanzó los trozos una vez los pinchaba. Repartió el brazo en todas direcciones, solo quedaba la mano que agarraba la gran espada de Guillermo.

-Venía a decirte dos cosas, pero solo te repetiré la que ya te dije. -Dijo la mujer. -Damián, tu hijo, te odia profundamente y te lo mereces.

Guillermo se dio la vuelta, primero miró su mano derecha que agarraba su espada tirada en el suelo, luego a los ojos de su mujer.

-Yo también te diré algo... -Dijo Guillermo jadeando. -Lidia, tu hija, te odia profundamente y no te lo mereces. -Rió a carcajadas tras decir esto último.

Ainhoa corrió con la katana en alto para darle el golpe de gracia, pero antes de llegar sintió un enorme impacto en su costado derecho. Guillermo hábilmente había movido su mano izquierda como si con hilos invisibles hubiera podido desplazar su mano derecha, tirada en el suelo, e, instantes antes de que su mujer fuera a alcanzarlo, la atravesó de costado a costado con aquella enorme espada.

Una mujer, atravesada por una espada anchísima sostenida por una mano amputada, caía de rodillas frente a un hombre que acaba de perder su brazo derecho.

-Antes de morir. -Dijo al oído de Ainhoa. -Quiero saber qué es esa otra cosa que venías a decirme.

Ella escuchó aquello perfectamente. Su muerte había llegado. En su mente se recrearon los recuerdos que la marcaron de por vida, muchos de ellos los protagonizaba un joven y apuesto Guillermo. Un hombre sonriente y lleno de amor, que siempre la sorprendía en sus citas. Un hombre que le decía ''te quiero'' todas las mañanas al amanecer juntos, un hombre que la abrazaba con ternura, uno capaz de leer sus pensamientos más profundos y hacerla feliz. El marido perfecto a ojos de todos, alguien trabajador, amante de su familia y amable hasta hartar. Para ella, había sido su príncipe azul, su caballero andante, su héroe y su amante más atento.

-Dime. -Exigió en un susurro Guillermo. Sostenía a su mujer como podía y la miraba a los ojos. -¿Qué es lo otro que me ibas a decir?

-Siempre te he amado.

Sus párpados se cerraron por última vez y su cuerpo dejó de temblar. La noche soplaba el rostro de la mujer de tirabuzones dorados que moría a manos y en brazos de su marido. Él tenía una expresión que era una mezcla entre asombro, tristeza y amor en sus ojos. Permaneció sosteniendo el cuerpo de su mujer toda la noche hasta que el sol de la mañana bañó el campo de batalla donde terminó su historia de amor.

Blue Guardian./ Capítulo 6: El héroe sin nombre.

Lara y el hombre de aspecto atlético estaban en el laberinto de pinos, aunque también
hay que decir que había otros tipos de árboles. El hombre ni si quiera miró a Lara, tampoco dijo
palabra alguna. Ella no sabía qué hacer ni qué decir pero, antes de que ella pudiera hacer algo, el
hombre se puso a cuatro patas. Tenía la misma postura que un corredor olímpico antes de empezar a correr.

El hombre salió disparado, sus largas piernas se movían demasiado rápido. En un par de segundos desapareció del campo de visión de Lara. Ella estaba parada, sorprendida de la velocidad de aquel hombre.

Sin pensarlo más, corrió con todas sus fuerzas pero desde luego no podía moverse tan rápido como él. Pronto llegó a un punto donde el camino se bifurcaba. ¿Que camino tomar? Sin pensárselo mucho cogió el izquierdo y después de doblar unas cuantas esquinas llegó a un callejón sin salida. Allí no había nada, tendría que desandar su camino y tomar el de la derecha como tuvo que haber hecho antes.

Entonces volvió a la bifurcación y cogió el camino que debió haber tomado, pero su rival ya llevaría una gran ventaja, estaba destinada a perder. Anduvo despacio por los pasillos llenos de vegetación del laberinto, estaba demasiado cansada como para seguir corriendo. Observando el entorno se dio cuenta de que tras los pinos y demás había una tapia blanca no muy alta. Se le ocurrió subirse a ella con la ayuda de las ramas, pero ¿sería eso hacer trampa? Por lo menos así podría ver desde arriba cómo era el laberinto y quizás tomar un atajo. Lo que estaba claro, era que debía darse prisa porque no tardaría en oscurecer.


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Néstor observaba aterrorizado al niño del pelo rojizo y después echó un vistazo a la enorme cruz cubierta en vendajes que dejó clavada en el suelo. Era enorme, ¿qué podría ser aquello?

-¿No vas a ir a por la tarjeta blanca? -Dijo el niño pelirrojo con su ronca voz.

-Em... sí, claro. -Respondió Nés.

Nés se acercó al borde del acantilado, no tenía ni idea de cómo iba a bajar sin matarse. Él se consideraba un torpe y tampoco creía que aquel niño fuese capaz de bajar hasta allí, aquello era trabajo de profesionales.

Mientras miraba hacia abajo, a la playa que había en el fondo del acantilado, vio la espalda del niño pelirrojo. Estaba andando sobre la pared del acantilado con las manos en los bolsillos en dirección a la playa. Nés se abofeteó la cara esperando despertar de un sueño. No, estaba bien despierto. Ese niño no podía ser humano.

Lentamente, Nés empezó a bajar la pared del acantilado como las personas normales. Aún tenía las manos agarradas al borde para bajar cuando su rival estaba a poco de alcanzar la playa. Descendió un par de metros, pero no esperaba llegar muy lejos, ya no quedaba muchos salientes dónde apoyar los pies. ''Tengo que seguir intentándolo, no puedo perder.'' Pensó Nés. Tragó saliva e intentó apoyar su pie derecho sobre una piedra que sobresalía. Lo consiguió, resopló aliviado. ''Ahora solo tengo que agarrarme con mi mano derecha a otra piedra.'' Divisó una y la agarró fuerte, pero su mano sudaba demasiado.

Resbaló y cayó de espaldas gritando como un loco, sentía la muerte próxima a él. Por su mente pasaron fugazmente muchas imágenes de su vida, pero no esperaba que apareciera una en particular: el beso que le dio a Iván y los ojos azules del mismo. Algo chocó con él, en su espalda, e instantes después la caída terminó. Nés con lagrimas en los ojos se levantó frotándoselos incrédulo de seguir entero.


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''No puede ser... que él sea el padre de mi madre... ¿Mi abuelo?'' Damián no podía creerlo, pero encajaba perfectamente que lo fuera.

-Deberíamos darle un toque a este ambiente tan aburrido. -Dijo el anciano Leopold y, acto seguido, chasqueó los dedos cambiando aquel extraño lugar por un despacho algo familiar. Un par de estanterías, una venta y una mesa con dos sillas componían el nuevo habitáculo. Algo parecido a dónde habían empezado a jugar al ajedrez.

Leopold le ofreció asiento a su nieto, el cual aceptó aún pasmado. Luego el anciano se sentó al otro lado de la mesa sonriente y sin parar de mirar a su nieto.

-Bueno, lo cierto es que no sé por dónde empezar. -Dijo mesándose el bigote y mirando al techo. -Admitió Leopold. Damián despertó de su asombro y lanzó una pregunta.

-¿Esto... -Preguntó señalando todo el despacho con gestos exagerados. -... lo has hecho tú? -Su abuelo asintió orgulloso. -¿Con Imnergía?

-Seh. -Respondió jovial el anciano. -He de admitir que estoy bastante avanzado en esta materia.

-Había oído alguna vez hablar a mis padres de la Imnergía. Tengo entendido que es un tipo de energía que todos poseemos y que sirve para hacer casi cualquier cosa.

-Muy cierto. -Coincidió Leopold. -Pero la Imnergía solo se manifiesta una vez una persona presencia alguna acción de la misma o se ve rodeado de ella. Tú, por ejemplo, has vivido en una familia dónde todos la conocían. Y... he de corregir eso que has dicho de que con ella se puede hacer ''casi cualquier cosa'', con ella se puede hacer lo que uno quiera.

-Entonces... ¿Se puede hacer de todo si la usas? ¿No es algo inverosímil?

-No he dicho ''de todo'', he dicho ''lo que uno quiera'', lo que uno imagine. Aunque no es tan sencillo. -Dijo el anciano colocándose su monóculo.

-¿Me enseñarás a usarla? -Preguntó Dam.

-¿Ya? ¿No quieres saber más cosas de tu familia, la familia Artemis, a la que perteneces? -Entrelazó sus arrugadas manos.

-Bueno... Solo quiero saber una cosa. ¿Por qué los Artemis protegemos una de las tres Llaves Legendarias?

-Dime Damián. Tu segundo apellido es Artemis pero tu primer apellido es una simple hache. ¿Nunca te has preguntado qué significa, por qué no se escribe o pronuncia?

Damián bajó la mirada, la ira lo invadió al recordar a su padre.

-Le odio, y jamás he querido saber qué significa su apellido, ni quiero saberlo. -Respondió solemne.

-Está bien, pero algún día tendrás que saberlo. -Leopold empezó a jugar con un bolígrafo entre sus manos mientras lo miraba. -Los Artemis... fuimos terribles dictadores mucho tiempo atrás. Con el poder de una de las Llave Legendarias creamos un país de dolor y sufrimiento. Tiempo después, alguien, con un increíble poder, nos dio una lección a nuestra familia y a los demás que estaban abusando de las otras dos Llaves. Fue entonces cuando juramos reparar el daño hecho protegiendo al mundo del poder de las Llaves.

>>Nosotros poseíamos la Llave Legendaria de Ludunen y, otra familia, los Warheim tenían La Llave Legendaria de Brounen. Con ellas nos corrompimos, sembramos el caos en nuestras naciones y llevamos a la humanidad a las tinieblas. Para colmo, un individuo de lo más peculiar encontró la Llave Legendaria de Tarkanen y su oscuro corazón ensombreció aún más la situación. Pero fue entonces cuando también apareció un chico, de una edad similar a aquel que poseía la Llave de Tarkanen.

>>El chico se enfrentó a nuestra familia y a los Warheim, nos libró de las Llaves Legendarias y de sus tentadores poderes. Luego, buscó al muchacho de corazón oscuro que poseía la Llave de Tarkanen, la última que quedaba destruyendo a la humanidad. Y una vez se encontraron, lucharon a muerte. Nuestro héroe ganó.

>>Tanto a los Warheim como a nosotros, nos exigió guardar las Llaves jurando nunca más volver a usarlas, evitando así que cayesen en malas manos y redimir de esa manera nuestros pecados. Sin embargo, para proteger la Llave de Tarkanen preparó un destino distinto. La selló en un enorme laberinto de pruebas y retos duros, un laberinto que creó con su propia Imnergía.

-Y por eso el laberinto se llama Tarkanen. Recuerdo que lo dijo el Juez. -Dijo Damián.

-¡Je! El Juez es otra obra suya. -Continuó Leopold. -Digamos que el Juez guarda en él una pequeña parte del alma de aquel héroe. Bien, pues hizo todo esto con el fin de que si alguna vez rompíamos nuestro juramento, alguien pudiera escarmentarnos usando la Llave de Tarkanen. Y para asegurarse de que ése alguien no la usara mal la escondió en un laberinto... muy exigente.

-Pero que el laberinto sea exigente no asegura que el vencedor sea alguien de fiar. -Señaló Dam.

-Cierto, cierto. Pero por lo visto nuestro héroe tenía la idea de que la fuerza, la inteligencia y la habilidad necesarias para triunfar en el laberinto irían de la mano con un buen corazón. Aunque por supuesto, puede no ser así.

-¿Y por qué estás aquí... abuelo? -Interrumpió Dam.

-Bueno, como sabes en el juego del laberinto hay trece participantes. Pues ambas familias, Artemis y Warheim, coincidimos en que no estaría mal asegurarnos al menos un puesto en el juego del laberinto. -Leopold se remangó el brazo izquierdo dejando a la vista el número nueve que tenía tatuado. -Yo fui el primero en elegir número, el nueve es mi favorito.

-Pero... A mí, mi madre me tatuó el número ocho y me dijo que algún día tendría que llegar a este lugar. Fue entonces cuando empecé a saber algo sobre todas estas cosas.

-Lo sé. Ella sabía que yo también participaría y supongo que esperaba que nos encontrásemos. -La voz de Leopold parecía algo triste. -Hace tantos años que no veo a mi hija...

-Entonces, ¿los Warheim también participan?

-Sí, pero no sé cual de los participantes es de los Warheim ni cuantos serán. Aunque no debes preocuparte, en principio, no son enemigos. Están aquí por la misma razón que nosotros.

-La desaparición de nuestra Llave, la Llave Ludunen. -Apuntó Damián. -Si mi padre...

-Relájate Damián. Ahora lo importante no es lamentarse, debemos conseguir la Llave de Tarkanen y con ella detener al que tenga en su poder la nuestra. Y temo que más personas relacionadas con nuestro ladrón traten de conseguir las otras dos Llaves. Por eso, has de tener mucho cuidado con el resto de participantes.

-¿Quieres decir que forman un grupo las personas que quieren conseguir las Llaves?

-Así es. Aunque desconozco cómo se llaman ni cuantos son. Pero no importa cuantos sean, nosotros somos bastantes. -Dijo sonriendo el viejo.

-¿Nosotros?... Un momento... ¿Sabes que no he venido solo?

-Claro que lo sé. No sabéis disimular, sois un total de cinco. Tú, dos chicos y dos chicas. Tú no le quitabas ojo a ninguno de ellos, tratabas de saber si les iría bien con aquellos con los que les tocaba enfrentarse. Además vi perfectamente como el chico rubio no le quitaba la mirada al otro jovencito, parecía preocupado por él.

''Sí, pero no te imaginas por qué Iván está tan preocupado por Néstor.'' Pensó Damián. Al pensar en Nés se acordó de un detalle que le llamó la atención.

-Oye abuelo, ¿te fijaste en el enorme crucifijo que llevaba a la espalda un niño pelirrojo?

-Sí. Es lo que tú piensas, es un arma muy peligrosa. Un Arma Noble, creada por los Warheim en su época oscura. Por lo que... ahora que lo mencionas... ese niño debe ser un Warheim. Sin duda será un duro rival y esperemos que no sea peligroso. Si no recuerdo mal, tu amigo de pelo castaño quien está ahora con ese niño en un reto. -Dijo pensativo Leopold. -Pero dejemos de hablar y déjame que te enseñe cómo usar la Imnergía.


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Lara subió por fin a la tapia de un lado y observó desde esa altura la amplitud del laberinto. La forma del laberinto vista desde aquella distancia resultaba casi hipnótica y un tanto hermosa. Intentó localizar a su rival con la vista, barrió el laberinto con la mirada y vio un fugaz movimiento de una silueta muy lejos del lugar donde ella estaba. Su rival no tardaría en encontrar la tarjeta blanca.

Ella decidió continuar su camino andando sobre los muros de piedra del laberinto donde ahora estaba subida. Quizás así lograría localizar la tarjeta antes que él y cogerla a tiempo.
Poco después vio algo que brillaba en un callejón sin salida que había por el centro del laberinto. Corrió con cuidado sobre el muro hasta que este terminó, enfrente estaba el muro tras el cual estaba la tarjeta. Se fijó en que no podría llegar de un salto, había demasiada distancia, y ese muro no tenía vegetación por la que escalar para subir a él.

Parecía que no había manera de alcanzarla pero entonces recordó lo que vio en su mente cuando el Juez les dijo que aquello que vieron eran sus armas. Lara había visto en su mente una pluma blanca. En aquel momento no creyó que aquello pudiera ser un arma pero quizás sí podría servirle de algo. Asique cerró sus ojos y vio en su mente la pluma blanca, luego sin quererlo se llevó las manos a sus tobillos. Un haz de luz blanca envolvió sus pies.

Al disiparse, en sus tobillos había un par de plumas a los lados. Una sensación de agilidad y energía la invadió y saltó al muro de enfrente sin pensarlo. Tanto la altura del salto como la precisión al posarse sobre el muro la sorprendieron. Solo tenía que bajarse y coger la tarjeta, ya estaba hecho. Se bajó y agarró la tarjeta al mismo tiempo que sintió un golpe de aire cerca de ella.

Miró la tarjeta, la mano de su rival también la sujetaba. Él había llegado con su increíble velocidad hasta allí en el mismo instante en que ella la tocó. Un instante después de reconocerse mutuamente, él soltó la tarjeta y le dio un puñetazo en el estómago a Lara. Ella dejó caer la tarjeta.

Su rival escapó mientras ella se recuperaba del golpe y una vez se recuperó fue tras él. Aún tenía aquellas plumas en sus tobillos que le hacían tan ágil. Saltó sobre los muros con facilidad y a una velocidad increíble. Su imagen se volvía borrosa al moverse y a su alrededor el viento se alborotaba. Localizó a su rival y aceleró para atraparlo.

Él sorprendido de verla saltar sobre él fue presa del peso de Lara, y cayó de bruces al suelo dejando caer la tarjeta. Entonces apareció el Juez frente a ellos cogiendo la tarjeta.

-¡Es mía! -Gritó el hombre furioso. -¡Yo la toqué primero!

-Ambos la tocasteis en el mismo instante. Pero tú... -Dijo el Juez señalando al hombre en el suelo. -... soltaste la tarjeta primero para golpearla a ella. Por lo que le pertenece a ella, el participante número Cero.

El Juez ofreció la tarjeta a Lara y ésta la cogió conteniéndose las ganas de chillar de alegría.

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-¿Estoy vivo? -Se preguntó en voz alta Néstor.

Frente a él estaba la pared del acantilado y a su espalda el mar. Estaba sentado sobre la arena y algo que parecía más o menos blando. Sintió como aquello se movía y una fuerza lo empujaba bajo su trasero. Cayó de boca tumbado sobre la arena, tragando una poca, y algo emergía del sitio donde, hasta hace un segundo, estaba sentado. Aquello que emergía era el niño pelirrojo camina-paredes que desafiaba la gravedad.

Nés quedó aterrorizado al verlo. El niño se dio la vuelta y lo miró con una expresión terrible en sus ojos azules.

-Muy ingenioso. Para bajar más rápido que yo te dejaste caer y, además, sobre mí para amortiguar tu caída. -Dijo el chico pelirrojo. -Aunque ello no te sirva para nada.

-¡Lo, lo siento! -Se disculpó Nés. -No era mi intención hacer eso. Simplemente caí.

El chico pelirrojo no dijo nada más y echó un vistazo a la playa. Nés recordó que la tarjeta blanca debía de estar escondida en un cofre. Anduvo en dirección contraria a la de su rival y miraba el suelo arenoso esperando ver algo ligeramente sospechoso para empezar a excavar. Se cansó de buscar y se sentó en la arena. Empezó a pensar en los demás y en cómo estarían.

''¿Cómo le irá a Lara con el tipo aquel? Espero que no le haya pasado nada. ¿Y Damián? ¿Con quién le habrá tocado? Todo esto es tan raro...'' Empezó a garabatear dibujos en la arena. ''¿Por qué estamos aquí, en este... lío, en este... laberinto? Vero no dudó en aceptar ayudar a Damián, lo tenía muy claro. Lara también, pero... Iván...''

Paró de dibujar un momento y entrecerró un poco los ojos con cierta melancolía. ''Sigo sin entender qué es lo que le atrae de mí, no sé si habla en serio o no... Es más raro incluso que Damián. Incluso antes de que pasara todo esto, Iván y yo... pero entonces quedó muy claro.'' Suspiró algo deprimido. ''Él solo ayudaría a Damián si yo también lo hacía porque... según él... no soporta estar sin mí. Y encima, luego le dí aquel beso con la esperanza de que cortase ya la broma pero no lo era. Realmente está empeñado en demostrar lo que dice. Y luego en este... lugar hay algo que me resulta extrañamente familiar...''

''Si por lo menos supiera cuál es mi arma... ¿Por qué no la vi con claridad?'' Entonces se dio cuenta de que antes deseaba ganar el reto para saber cuál era su arma, renunciar a la tarjeta y preguntárselo al Juez. Así que se levantó y al hacerlo vio la arena que estaba a sus pies. Sin darse cuenta, había dibujado algo asombroso mientras pensaba en los demás, había dibujado a ellos cinco. En el parque donde estuvieron antes de llegar al laberinto. Estaban caricaturizados como las versiones chibi de personajes manga. Y a pesar de haberlo hecho en la arena el dibujo estaba bien detallado.

-Entonces, ¿Deseas renunciar a la tarjeta blanca a cambio de preguntarme algo? -Preguntó el Juez al chico pelirrojo.

Nés vio que el Juez estaba frente al niño pelirrojo, preguntándole aquello, y con la tarjeta blanca en la mano. A los pies de su rival había un cofre abierto.

-¡Eh! ¡Un momento, por favor! -Gritó Nés a la vez que corría torpemente hacia ellos.

Sin embargo ninguno le hizo caso, es como si no existiera.

-Cuando he cogido la tarjeta has aparecido directamente aquí para terminar con el reto. -Dijo el niño pelirrojo con su particular ronquera. -Sin embargo, dijiste que después de encontrar la tarjeta debíamos volver a la puerta y así nos declararíamos vencedores. Supongo que esto de resumir el reto a encontrar la tarjeta lo estás haciendo con todos. Si es así, ¿Por qué lo haces?

-Porque así se me ordenó actuar en caso de que se dieran ciertas circunstancias. -Respondió el Juez. -Tu pregunta ya ha sido respondida.


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Leopold transformó el despacho en aquel extraño lugar en el que estuvieron antes de estar sentados charlando. El suelo era igual, como un tablero de ajedrez. El viejo estaba a unos cuantos metros de su nieto.

-Invoca el arma que viste en tu mente si quieres, pero yo no utilizaré ninguna. -Anunció el abuelo. -Tu objetivo es golpearme tres veces y no volveremos al laberinto hasta que lo consigas.

-Pero ¿no deberías primero enseñarme a usar la Imnergía? -Preguntó Damián.

-¿Y si por algún motivo no pudieras usarla? ¿Cómo lucharías contra el enemigo?

-Este entrenamiento va a ser muy divertido. -Murmuró Dam para sí.

-¿Listo?

-Cuando quieras.

Leopold desapareció de un salto, Damián miraba por todas partes pero no le veía. Sintió como el aire se alteraba ligeramente frente a él, algo extraño teniendo en cuenta que en aquel lugar el aire se mantenía casi quieto. Rápidamente de un salto se apartó de su posición y corrió lejos. Efectivamente el anciano golpeó el suelo con una fuerte patada en lugar donde antes estaba Damián. Después alcanzó a sus nieto de unas pocas zancadas y le propinó una patada en el costado izquierdo pero suave.

La pierna no se había despegado de su cuerpo cuando Dam la agarró con sus manos. Leopold flexionó su pierna y la estiró tan rápido que Dam salió disparado. Antes de caer al suelo de espaldas, el anciano lo retuvo en el aire sosteniéndolo con su dedo índice, como si fuera una pelota de baloncesto. Lo bajó al suelo, luego se cogió las manos por la espalda y atacó a su nieto solo con patadas.

Damián retrocedía esquivando, sudando a cada movimiento. Entonces decidió invocar su arma, quizás así conseguiría rozar a Leopold. ''No, aún no, debo conseguir golpearle al menos una vez sin utilizar ningún tipo de poder.'' Con esa decisión lanzaba puñetazos contra su abuelo tras esquivar un patada, pero no conseguía rozarlo. Leopold sonreía.

-¡Vaya vaya! ¡Sí que te esfuerzas!

Y justo cuando dijo aquello, Damián consiguió rozarle un costado con su puño izquierdo. El anciano quedó sorprendido por aquello y seguía con la guardia baja, Dam aprovechó el momento. Muy seguidamente a su primer golpe, apoyó ambas manos en el suelo bocarriba pegando un saltito hacia atrás pero sin alejarse y con ambas piernas golpeó a Leopold. Lo mantuvo sujeto, como si sus piernas fueran la pinza de un crustáceo.

Luego las cruzó en la espalda de su abuelo al tiempo que de un impulso en sus manos se acercaba al rostro de su atrapado rival. Lo golpeó con la frente en la cabeza mientras estaba sujeto a él, Leopold se tambaleó y cayó. Damián estaba aún sobre él.

-Y... ¡tres! -Dijo victorioso Dam al tiempo que presionaba la punta de la nariz de su abuelo con un dedo índice.

''Increíble... No es muy fuerte ,pero es tan listo que en un par de segundos ha dado los tres golpes en mi único momento de distracción...'' Pensó Leopold.

Ambos se levantaron.

-Nieto... eres increíble, pero que no se te suba a la cabeza. -Le dijo Leopold.

-Volvemos al laberinto ¿no?

-¿No vas a preguntarme por qué quiero que ganes la partida de ajedrez cuando volvamos? -Inquirió el viejo.

-Oh, es verdad. Explica.

-Verás, después de superar el primer reto el Juez nos dará el descanso. Durará doce horas, en las que habrá que dormir, comer y evacuar si lo necesitamos. -Damián rió casi imperceptiblemente al escucharlo. -Puesto que durante los retos y batallas estamos todos separados no podrás ver a tus amigos y eso es un problema. Sois un objetivo fácil, deberíais estar juntos en los descansos por lo menos.

-Ya entiendo qué quieres decir. -Aventuró Damián. -Quieres que con la tarjeta blanca pida al juez un descanso común para mí y mis amigos ¿no?

-Exacto, lo has captado. Sería genial que vuestros descansos fueran en una misma habitación. -Luego se acarició el bigote, parecía que le picaba. -Yo soy un viejo que está perdiendo sus facultades y que tarde o temprano será eliminado del juego, no necesito la tarjeta blanca. Pero no me voy a rendir, os ayudaré a conseguir la Llave. Los Warheim no me hacen mucha gracia y aún peor sería que cayera en otras manos. Además...

-Con la Llave de Tarkanen tenemos que recuperar la de la familia. -Completó Dam. Su abuelo asintió con semblante serio.

Dicho esto, Leopold chasqueó los dedos y el sonido se metió en los oídos de Dam. Abrió los ojos, estaba sentado en la mesa donde estaba el tablero de ajedrez y su abuelo frente a él.

-Oye ¿cómo haces esos... teletransportes o lo que sean? -Preguntó el chico.

En repuesta, su abuelo señaló su monóculo. Lo cogió con la mano y lo sostuvo con los dedos.

-Es un Arma Noble de nuestra familia. -Dijo. -Igual que la enorme cruz que llevaba aquel niño pelirrojo. Los Artemis también creamos algunas de estas armas en nuestra época oscura. El Monóculo Artem potencia la Imnergía utilizada en acciones ilusorias por su poseedor.

Dam miraba el monóculo con curiosidad.

-Entonces ¿no nos hemos movido de aquí? ¿Todo ha sido mental?

-Así es. Bueno, ¿alguna pregunta más? -Dijo Leopold.

-¿Qué fue de... aquel que consiguió derrotar a las dos familias y al otro poseedor de la Llave Tarkanen sin utilizar si quiera una de las llaves? -Quiso saber Dam.

-Nadie lo sabe. Simplemente se marchó sin dejar rastro tras derrotarnos y encerrar la Llave de Tarkanen.

-¿Y... su nombre?

-Pues... Jamás lo dijo, pero todos lo llamamos de la misma manera... Sus ojos de un azul intenso eran el perfecto reflejo de su alma... Siempre decía que él solo era un humilde amante del mundo y que lo defendería del caos... -Leopold estaba abstraído en sus pensamientos por completo. -Lo apodamos como El Guardián Azul.

Blue Guardian./ Capítulo 5: Muertos y aplastados.

Verónica y Claudia observaron con detenimiento el cementerio. La tierra estaba cubierta de césped, había un total de cinco árboles y doce lápidas. ¿Dónde podría estar el mensaje escondido?

-¿Qué tenemos que buscar? Y ¿cómo deberíamos empezar? -Preguntó Vero pensativa.

-Bueno, el mensaje puede estar indicado de dos maneras. La más fácil sería que estuviese escrito de manera desordenada y separada por algún lugar, solo tendríamos que encontrar las palabras o letras que hubiera y ordenarlas. -Dijo Claudia. -O bien puede estar indicado de forma más indirecta y enrevesada. De manera que las letras o palabras hubiera que deducirlas de la posición de los objetos del cementerio, como sí los árboles vistos desde arriba formaran una letra u objeto.

''Menos mal que en esta prueba no somos rivales. Esta tía parece muy lista.'' Pensó Vero.

-Lo primero será organizarnos. Una de nosotras debería inspeccionar el cementerio en busca de inscripciones y la otra debería fijarse si la disposición de los árboles y las lápidas pudiera resultar sospechosa. -Continuó Claudia.

-Bien, yo miraré en las tumbas y en los árboles en busca de algo escrito que pudiera ser sospechoso. -Sugirió Vero.

-Conforme.

Claudia dio una vuelta completa al cementerio con paso lento, buscando alguna pista en la disposición de las cosas. Vero miró primero si los árboles tenían algo grabado en su corteza, comprobó que no había nada en ellos. Luego fue mirando las tumbas de una en una. Estaban ordenadas en tres filas de cuatro más otras dos que estaban un poco alejadas del resto, empezó con las más lejanas a la puerta.

En cada una de las tumbas había nombres de personas con sus fechas de nacimiento y muerte; parecían tumbas normales excepto porque solo ponían el nombre del muerto, los apellidos no. Entonces encontró una que llamó la atención. Una de las lápidas no tenía nombre, solo ponía la fecha pero no el nombre. Avisó a Claudia de ello.

-Es curioso. Una lápida sin nombre pero con fecha... -Claudia empujó sus gafas con un dedo mientras pensaba. -Sin duda, debe ser una pista.

Claudia llevaba una pequeña libreta en un bolsillo interior de su chaqueta. La sacó e hizo un esquema del cementerio con un bolígrafo que tenía. En el lugar de la lápida sin nombre hizo una señal. Se fijó en que una persona que tuviera esa lápida debería haber muerto a los sesenta años.

-Por favor, Verónica. Mira en las demás lápidas las fechas que tengan y también los nombres que tengan escritos. Quiero cada nombre con la edad a la que murieron. Yo me ocuparé de hacerlo con estas dos filas de lápidas. -Arrancó una hoja y le dio un bolígrafo a Vero.

Ella obedeció lo que le dijo la mujer y cuando estaba apuntando el último nombre escuchó un grito. Era Claudia.

Una putrefacta mano había agarrado su pie y había caído al suelo. Rápidamente surgió otra mano de la tierra, hasta que, en unos segundos, el cadáver de un hombre salió por completo a la superficie. El cadáver estaba erguido y no era el único en asomarse a la superficie. En un par de minutos, en los que Claudia no paró de chillar, estaban rodeadas de zombies. Vero sonrió, ella no tenía miedo. ''¡Hora de lucirse!'' Pensó Claudia.

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''No. No me creo que no sepa jugar al ajedrez.''

-¿Intentas poner a prueba mi inteligencia engañándome con algo como eso? -Preguntó Damián.

-¡No esperaba menos de un chico como tú! -Exclamó el viejo.

Se acercaron a la mesa y se sentaron.

-¿Blancas o negras?

-Blancas. -Dijo sin dudar Dam.

En los primeros turnos no pasó nada fuera de lo normal.

A veces los viejos ojos de aquel hombre se clavaban en los suyos y parecían ver dentro de él. El monóculo de aquel hombre era muy extraño, a la luz de aquella curiosa habitación el cristal del monóculo brillaba extraño. Tras el cristal se le veía el iris de un color distinto, un color grisáceo. No, no era gris, en su iris había un conglomerado de cuadritos blancos y negros. No podía despegar su mirada del ojo de aquel hombre, ya ni siquiera era consciente de dónde estaba ni de en qué estaba pensando. Damián cerró los ojos y sentado frente al tablero de ajedrez se quedó dormido.

Estaba de pie en un inmenso espacio en el que lo único que había era un suelo de cuadros blancos y negros. El horizonte no mostraba fin y el cielo era de pálido color azul. Frente a él reconoció al anciano con el que empezó a jugar al ajedrez. Éste sonreía.

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-¿Cómo te llamas niña? -Preguntó Iván con su característica naturalidad. -Yo soy Iván.

-¡Y yo Elisa! -Respondió la niña.

Ambos miraron el lugar donde se encontraban. En el techo no se veía a causa de la enorme cantidad de globos, todos blancos, que había. Las paredes eran de un color anaranjado y el suelo era una tela negra elástica. Elisa no se lo pensó dos veces y fue directa a saltar sobre aquella tela.

Salió impulsada hacia el techo y agarró uno de los globos. Iván hizo otro tanto. La niña le clavó las uñas al globo y éste reventó. Al hacerlo, una nube de polvo invadió la estancia. Iván aún no había explotado el globo que sostenía pues el polvo que flotaba en el aire le hacía toser como un poseso. Elisa también tosía.

Aterrizaron en el suelo despacio para dejar de saltar, en el techo estaba la nube de polvo. Iván al aterrizar sobre la tela elástica, aún con su globo en las manos, se fijó en que suelo y paredes no estaban pegadas. Tampoco lo estaban las paredes entre sí. Aunque él había parado de toser, la pequeña Elisa no.

-¿Estás bien? -Le preguntó Iván.

-Sí. -Respondió ella con voz ronca.

De repente un ruido de maquinaria empezó a sonar. Las paredes derecha e izquierda empezaron a moverse estrechando el espacio de la estancia. Los globos empezaron a apretujarse poniéndose unos bajo los otros. Elisa saltó a tal velocidad, y tan de repente, que una ráfaga de aire abofeteó el rostro de Iván. Era increíble la velocidad a la que se desplazaba Elisa en el aire.

Ella empezó a reventar un montón de globos, nubes de polvo contenidas en ellos llenaban el techo. Las paredes seguían estrechándose.

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Vero corrió hacia donde estaba Claudia. Un zombie tumbado bocabajo en el suelo arrastraba a la mujer cogida por el pie izquierdo. Después de esquivar a otros putrefactos zombies, llegó y le propinó una fuerte patada a la cabeza del zombie que agarraba a Claudia. La cabeza salió despedida. Liberó el pie de Claudia de la mano que la tenía apresada.

-Yo te cubriré. -Prometió Vero. Después le dio la hoja de papel donde apuntó los nombres y fechas de las lápidas. -Tú termina de descifrar el mensaje.

Claudia, temblorosa del pánico, cogió la hoja de papel y, después de leerla, empezó a garabatear nerviosa cosas en ella. Vero pateaba los estómagos de los zombies, que se acercaban a ellas, tirándolos al suelo con suma facilidad. Algunos se arrastraban por el suelo al perder alguna de sus piernas, eran fácilmente despedazables.

-¡Verónica! ¡Ya lo tengo! -Gritó triunfal Claudia. -Si coges la inicial de cada nombre y los ordenadas según la edad que tienen aparece un mensaje de dos palabras. La lápida sin nombre pero con fecha simbolizaba el espacio en blanco que hay entre las dos palabras del mensaje. El mensaje es... -Volvió a gritar, pero esta vez fue de dolor. Un zombie la había alcanzado y mordido en el hombro, mientras Vero forcejeaba con un zombie de cuerpo robusto y más alto que ella.

El hombro de Claudia sangraba mucho y los zombies del cementerio empezaban a rodearlas. Vero consiguió liberarse de su opresor con un certero cabezazo. ''Tengo que intentar invocar mis armas.'' Pensó Vero.

Se imaginó aquellos dos revólveres plateados que vio en su mente cuando estuvieron en la sala del reloj en el suelo. Extendió sus brazos con los ojos cerrados y abrió sus manos de forma intuitiva. Unas espirales de aire azuladas materializaron en sus manos unos descomunales revólveres plateados. Abrió los ojos y sintió como una increíble sensación de poder invadía su cuerpo. Con el revolver que sostenía en su mano izquierda acabó con el gordo zombie que la había estado molestando y con el otro revolver, sin girarse, disparó a la cabeza del zombie que mordía a Claudia.

Una precisión increíble y unos instintos casi premonitorios caracterizaban los disparos que realizaba Vero. Apenas girando sobre su posición, conseguía acertar en la cabeza a todos los cadáveres enemigos. Cabezas reventaban, trozos de cráneo y de carne putrefacta saltaban por todas partes. Claudia, alucinada, observaba aquello sentada en el suelo cubriéndose con su mano derecha la herida que tenía en el hombro y pensó ''Menos mal que en este reto somos aliadas, no me gustaría enfrentarme a ella.''

-No paran de salir. -Dijo Vero mientras disparaba a dos mujeres zombie que se acercaban. -Di ya cuál es el mensaje cifrado. Puede que así termine esto.

-El mensaje es... -Dijo Claudia colocándose las gafas. -Tarjeta blanca.

Una vez dicho esto, todos los zombies se evaporaron en una nube gris y la tumba sin nombre empezó a brillar. Vero ayudó a levantarse a Claudia, ésta no se lo esperaba. ''Es una chica de buen corazón.'' Pensó. ''Podría dejarme aquí tirada, después de todo ella acabó con los zombies.''

Lentamente, se acercaron a la dichosa lápida brillante. Ésta se desvaneció y en su lugar apareció un trozo rectangular del tamaño de una carta de poker. Claudia seguía sangrando y se le caían los párpados apunto de cerrar los ojos.

-La... tarjeta blanca... -Articuló moribunda.

-¡Claudia, aguanta! -Imploró Vero.

-Coge la tarjeta, te la mereces más que yo.

Vero obedeció.

-No, tú has descifrado el mensaje. -Le ofreció la tarjeta blanca. -Tómala.

-Una vez la has tocado es tuya. -Declaró el Juez. Éste estaba ante ellas, vestido con su armadura de caballero y su castaña melena hondeando tras él. Apareció sin que ellas se hubieran percatado. -Escribe en ella la ventaja que desees. Puedes hacerlo ahora o más tarde. -Le dijo el Juez a la vez que le ofrecía una pluma igual que la que utilizó Damián para tatuarle el brazo. -Pero recuerda que no se cumplirá nada que implique a La Llave Legendaria.

Claudia estaba desmayada, inconsciente en el regazo de Vero.

-Lo haré ahora. -Dijo Vero y escribió lo siguiente. ''Deseo que Claudia se recupere.'' y se la entregó al Juez. Éste leyó lo que ella había escrito y la tarjeta se desvaneció. Entonces, el Juez extendió su brazo hacia Claudia y alrededor de ella el aire se volvió violento. Unos haces de luz blanca rodearon a la mujer al son del violento aire y se encontraron en la herida de la mujer. Cuando aquel espectáculo de luz cesó, la herida del hombro estaba curada. No había cicatriz ni rastro alguno de la herida.

Claudia abrió los ojos, miró a los ojos de Vero y dijo ''Tonta.''

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De la enorme nube de polvo que había formado en el techo cayó la pequeña Elisa. Tumbada en el suelo no paraba de toser y su cuerpo estaba lleno de polvo. Iván la cogió en brazos y le limpió la cara. ''Se esfuerza demasiado para ser tan pequeña. ¿Por qué lo hará?'' Se preguntó Iván.

Elisa estaba débil y le costaba respirar, los globos contenían un polvo muy molesto. Ya solo quedaban unos cuantos que había flotando en el techo y sobre ellos llovían motas de polvo. Además la paredes se estrechaban con la amenaza de aplastarlos.

Iván soltó a la niña en el suelo de tela, y saltó. Explotó dos globos, uno con cada mano, y de ellos salió más polvo; aunque uno de ellos dejó caer algo más que polvo. Algo rectangular, que Iván no vio, cayó al suelo lentamente. Iván continuó rompiendo globos hasta que
no quedó ninguno, aguantando la respiración para no inhalar las partículas de polvo.

Cuando llegaba al suelo cogía aire, abajo no había tanto polvo. La habitación estaba tan blanca que las paredes no se veían pero Iván escuchaba perfectamente como se acercaban para aplastarlos. Y eso no podía estar pasando, había explotado todos los globos. La tarjeta debería haber aparecido ya y el reto haber terminado, sin embargo no encontraba la tarjeta porque antes no la vio caer.

Desesperado optó por esperar hasta que aquello acabara. Quizá solo tenían que aguantar un poco más, pero las paredes seguían acercándose. La habitación ahora era un pequeño pasillo. Elisa estaba acostada en el suelo respirando con dificultad y no podía moverse. Iván decidió parar aquel estrechamiento y proteger a ambos con su arma.

''Solo tengo que imaginarla'' Pensó Iván. Y en su mente dibujó aquellos guantes de color naranja, unos guantes sin dedos y con unos pequeños pinchos de hierro en la parte de los nudillos. Al imaginarlos, cerró sus ojos de forma instintiva. Sus manos fueron envueltas por un haz de luces de un tono rojizo y después desaparecieron dejándole puestos los guantes que vio en su mente.

Sentía como una fuerza y una energía increíble le poseían. Sin pensarlo, paró ambas paredes con las manos, ya habían llegado a estrecharse tanto que pudo hacer aquello con las dos paredes al mismo tiempo. Pensó en golpear alguna pared, quizá así conseguía destruir el mecanismo que la estuviese empujando y hacerlas parar. Asique con la pierna derecha sostuvo la pared derecha y apartó la mano derecha para cerrarla en puño. Con toda la fuerza de la que fue capaz en esa posición, golpeó la pared derecha.

La pared se agrietó y tras ella se escuchó un gran estruendo, como si se hubieran roto muchas piezas de metal y cayeran unas sobre otras. La pared derecha ya estaba parada, hizo lo mismo con la izquierda y también sucedió lo mismo. Ya estaban a salvo, a poco estuvieron de morir aplastados.

Iván sudaba tanto que cerró los ojos porque el sudor llegó a meterse en ellos. Cayó de rodillas con las piernas abiertas, entre sus rodillas estaba Elisa casi inconsciente. A ella le cayeron gotas de sudor sobre el rostro y se espabiló. Abrió los ojos y vio como Iván jadeaba sobre ella, vio también que las paredes estaban muy dañadas y que habían parado su avance. Entonces divisó algo que le llamó la atención. Era la tarjeta blanca que estaba en el suelo.

La cogió sin esfuerzo, ya que la tenía cerca, y la observó con curiosidad. Iván ya estaba algo recuperado y se puso en pie, le ofreció una mano para ayudarla. Él no se dio cuenta de que encontró la tarjeta. Fue en ese momento cuando el Juez apareció en aquel estrecho lugar. Le dio una pluma a Elisa y preguntó:

-¿Harás tu petición ahora o después?

-Después. -Dijo ella sin pensárselo.

Iván no entendió aquello, pero estaba contento de que aquello hubiera acabado. Aunque ahora que sabía lo duro que podía ser un reto no había terminado su sufrimiento. ¿Cómo le iría a Néstor?

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Aquel viejo se acercaba andando lentamente hacia Damián en aquel lugar tan extraño. En cuanto Dam le miró a la cara el viejo desapareció rápidamente y seguidamente apareció junto a él. Los ojos de Dam se abrieron hasta no poder más del asombro.

-Sabes cómo me he movido tan rápido ¿no? -Dijo el anciano inclinándose hacia Dam.

-¿Im... Im... Imnergía? -Articuló incrédulo Dam.

-Exacto. Y tú la conoces, pero no sabes utilizarla. -Dijo decepcionado el viejo. -Sin embargo, te enseñaré a cambio de algo.

-¿El qué? -Preguntó casi sin aliento Dam.

-Tendrás que dejarme perder.

Damián escuchó aquello pero casi sin darse cuenta de lo que le había dicho. ¿Aquel viejo conocía la Imnergía?

-¡Dígame! ¿Quién es usted? -Exigió Damián.

El anciano soltó una pequeña risotada y se alejó un poco de él. Le miró atentamente a los ojos.

-Yo soy Leopold Artemis. -Respondió el viejo. -Y tú, y no me equivoco, eres mi nieto Damián H. Artemis.

Blue Guardian./ Capítulo 4: Los primeros retos.

Lara, número Cero.

Verónica, número Tres.

Néstor, número Cuatro.

Iván, número Siete.

Damián, número Ocho.

Trece participantes en total, numerados del cero al doce. Un Juez, el Laberinto Tarkanen y una Llave Legendaria escondido en él. El juego ha empezado.


Todos permanecían en silencio, de pie delante de aquel portón. Escuchaban atentos al Juez.

-Los trece jugadores habéis llegado. Os he estado esperando. La Llave Legendaria que guardo aquí merece un dueño digno de ella. El juego comienza ahora. -La voz del Juez, majestuosa, parecía llegar a todas partes y su pronunciación era perfecta. Algo difícil de describir. -Acompañadme. Os daré las instrucciones en el interior.

Sin haber hecho nada, el portón se abrió lentamente y los trece pasaron por él junto con el Juez una vez se abrió por completo. Una vez entraron en la sala a la que llegaron, el portón se cerró tras ellos. Aquella sala circular tenía un techo de bóveda y tanto las paredes como el suelo eran de piedra. Frente a ellos había seis puertas y en el centro de la sala, en el suelo, había pintado un enorme reloj con números romanos.

-¿Quién es el número Cero? -Preguntó el Juez.

Lara alzó tímidamente la mano y dijo ''Yo.'' de manera casi imperceptible.

-Bien, ocuparás el lugar central del reloj pintado en el suelo, y los demás el lugar correspondiente a su número. -Dicho esto el Juez, todos obedecieron. -Ahora todos cerrad los ojos.

Durante unos segundos no ocurrió nada, solo silencio, pero luego algo perturbó la mente de los trece participantes. Néstor, al igual que los demás, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y su corazón latió violento. En su mente algo se dibujaba pero no lograba saber qué era. Sin embargo, fue el único incapaz de adivinar qué era aquello; el resto vio en sus mentes un objeto, cada uno vio uno distinto, cada uno vio un arma distinta.

-No abráis los ojos aún. Mirad bien, esa será vuestra herramienta en el juego. -Dijo el Juez. -Un arma creada por el propio poder del Laberinto, un arma afín a vuestra personalidad. Ahora abrid los ojos.

Néstor estaba nervioso, él no había visto nada. Solo algo borroso. ¿Qué significaba aquello? ¿Él no tendría arma o qué? ¿Podría interrumpir al Juez para preguntar? No tenía valor para decir nada, esperaría a ver si a alguien se le ocurría preguntar lo mismo que él. Aunque esperar eso le parecía estúpido, empezó a sentirse muy incómodo. Mientras, el Juez seguía hablando.

-Cuando necesitéis vuestras armas, solo tendréis que imaginarlas con claridad y las invocaréis. -El Juez hizo una pequeña pausa. -Ahora os hablaré de los retos y de las batallas. Los retos son pruebas de habilidad, si ganáis en ellos podréis elegir entre una tarjeta blanca o hacerme una pregunta. Tened presente que ninguno de esos privilegios se podrán usar para conseguir de forma inmediata la Llave Legendaria de Tarkanen. Soy un Juez creado por el propio poder de la Llave; sería inútil intentar engañarme, solo conseguiríais vuestra inmediata expulsión.

Nés tendría que superar algún reto para poder preguntarle al Juez por su arma. Ojalá no tuviera que pelear antes de poder preguntarle, sino no podría invocar su arma en combate.

-Los combates servirán para expulsar al derrotado del juego. -Prosiguió el Juez. -También os hablaré de los descansos. Cada día dispondréis de doce horas de descanso en una habitación individual a la que seréis trasladados y allí dispondréis de lo necesario para continuar. Eso es todo. Ahora entrad en esas puertas de dos en dos, de manera que en la primera a la izquierda entréis el Cero y el Uno y en la última entréis el Diez, el Once y el Doce.

Dicho esto, el Juez desapareció como si en un par de segundos se hubiera vuelto totalmente invisible.

Lara y un hombre muy alto se dirigieron a entrar a la puerta que tenían asignada. El hombre era bastante delgado, solo llevaba unos pantalones blancos iguales a los de un kimono de kárate y un chaleco abierto sin mangas sobre su torso desnudo, también blanco. Su rostro era joven, sus ojos oscuros y su pelo oscuro era largo hasta llegar a las orejas. Sus marcados pectorales y abdominales demostraban su estupenda forma física. El número uno, lo llevaba tatuado en el brazo izquierdo.

En la segunda puerta entraron una mujer y Vero. El pelo de la mujer era largo y ondulado, recogido en una coleta, y era de color caoba. Su cuerpo era delgado e iba vestida como una mujer de negocios, muy elegante. También llevaba gafas. Las mangas de su chaqueta no dejaban ver sus brazos, pero debía ser la número dos.

En la tercera puerta Néstor, aún nervioso por el tema de su arma, entró junto a un niño de lo más extraño. El niño era pelirrojo, con el pelo más o menos corto pero de punta. Sus ojos azules no tenían cejas que los protegieran, ni tampoco pestañas. Los párpados los tenía pintados de negro y todo ello hacía que su mirada fuera indescriptiblemente aterradora. Su piel era muy blanca, como si apenas le hubiera tocado el sol. Su ropa era extraña, de un color rojo oscuro ceñida al cuerpo y en su espalda parecía llevar una enorme cruz envuelta en un vendaje blanco. El chico no debía llegar a los quince años y su número debía ser el cinco, aunque tampoco estuviese su tatuaje a la vista.

Una chica, cuyo número debía ser el seis, cruzó junto con Iván la cuarta puerta. Iván aún seguía relamiéndose los labios y cerrando los ojos recreando en su mente el dulce beso que Néstor le dio antes. La chica parecía casi una niña, su expresión era feliz. Tenía el pelo rubio recogido en dos coletas que le daban un aspecto adorable. La chica vestía de lo más normal y, al llevar manga corta, se le podía ver el número seis tatuado en el brazo derecho. No debía ser mayor que el misterioso chico pelirrojo que acompañaba a Néstor.

En la penúltima puerta, entraron Damián y un anciano. El anciano era alto y delgado, vestía un esmoquin y llevaba un monóculo. Tenía un simpático bigote del color de la ceniza, el mismo que el del pelo. La expresión de su cara era de lo más normal pero en sus verdes ojos se le veía impaciente por empezar, su número debía ser el nueve.

Damián se había fijado en casi todos aquellos individuos que entraron junto con sus amigos. Le llamó la atención dos de ellos: El chaval pelirrojo con la enorme cruz a cuestas, que entró con Néstor, y la niña de las coletas que estaba con Iván. Eran muy jóvenes saber de la existencia del juego ¿Pertenecerían ellos a la otra familia que custodiaba una de las tres Llaves Legendarias? Si era así, ¿les habrían robado a ellos también su Llave? Y aquella cruz que llevaba aquel chico, ¿podría ser que...? Dam, lo único que tenía claro es que a Néstor le había tocado un rival potencialmente peligroso, y que la niña de las coletas debía ocultar más de una sorpresa.

Los números, Diez, Once y Doce eran dos hombres y una mujer. Uno de los hombres parecía ser algo mayor que los otros dos, pero Damián no pudo fijarse mucho en ellos. Fueron los tres que entraron en la última puerta. De todas formas, ninguno de ellos los tendría como rivales en este primer reto.

Lara, tras pasar la puerta, se encontraba en un pasillo que parecía no tener fin. Ella y su rival contemplaron aquel pasillo, en el que las paredes eran filas de pinos y otra clases de árboles. Inexplicablemente el cielo se podía ver en aquel lugar. Aún era de día pero no debía quedar mucho para la noche.

De pronto, escucharon una voz en aquel lugar. ''Vosotros deberéis correr en este laberinto y llegar hasta el centro del mismo, donde hay una tarjeta blanca. Luego volved a esta misma puerta para regresar a la sala donde os expliqué las reglas. Quien cruce la puerta con la tarjeta, ganará.'' Estaba claro que aquella voz era la del Juez.

Vero y la mujer de negocios, estaban en un cementerio al aire libre tras cruzar la puerta. El cementerio estaba delimitado por unos enormes muros de piedra y lo cierto es que tampoco era demasiado amplio. Escucharon la voz del Juez. ''Debéis descifrar el mensaje que está escondido en este cementerio, pero mientras lo intentáis tendréis que defenderos del propio cementerio. Os aconsejo que cooperéis entre vosotras. El reto acabará una vez descifréis juntas el mensaje. La que mejor lo haya hecho será la que gane este reto.'' Vero y la mujer se miraron de reojo, tímidas. Luego la mujer le miró de frente.

-Soy Claudia Vila Aranda. -Dijo la mujer ofreciendo su mano. Vero se la estrechó algo tímida.

-Yo soy Verónica... -Durante un momento dudó en dar sus apellidos, pero ya que aquella mujer lo hizo... Por cierto, Vero se fijó en que los pechos de Claudia eran bien voluminosos. ¿Estaría operada? -...Verónica Cruz Vega.

Por otro lado, Néstor y el chico pelirrojo de la cruz llegaron a un acantilado impresionante. Frente a ellos parecía estar el mar, pero ¿podría ser eso así? Realmente este juego era sorprendente. El chico pelirrojo no cambió ni un ápice su expresión, solo clavó el crucifijo en el suelo. Néstor, sin darse cuenta, se estaba acercando al enorme crucifijo mirándolo con curiosidad y estuvo a punto de tocarlo.

-Ni se te ocurra tocarlo. -Dijo el chico pelirrojo. Su voz era ronca y terrorífica.

''Este reto consiste en que bajéis el acantilado. Cuando lo bajéis llegaréis a una playa donde enterrado en la arena hay un cofre, y dentro de él una tarjeta blanca. Conseguidla y luego subid para volver aquí. Quien de vosotros cruce la puerta por la que habéis venido con la tarjeta consigo será el ganador.'' Néstor empezó a lamentar su suerte.

Iván y la niña de las coletas llegaron a una habitación con el suelo de una tela negra plástica, como si fuera una enorme cama elástica. El techo de la habitación estaba muy alto y en él había montones de globos suspendidos en el aire. ''Dentro de uno de eso globos hay una tarjeta blanca. Cogedlos y pinchadlos, quien encuentre la tarjeta ganará. Para alcanzarlos saltad en el suelo.'' Iván estaba alucinado, la chiquilla también. Lo cierto es que ambos podrían ser hermanos, rubitos e igual de infantiles. Iván deseaba empear. ''¡Seguro que Néstor también se lo estará pasando bomba!'' Pensó Iván.

Por último, Dam y el anciano llegaron a una habitación con estanterías llenas de libros. En el centro había una mesa con dos sillas, y sobre la mesa un tablero de ajedrez. ''El ganador de la partida de ajedrez, será quien obtenga la tarjeta blanca de este reto.'' Anunció en sus mente la voz del Juez.

''Que cosa más simple. Aunque este abuelo puede ser un duro rival. En todo caso, aprovecharé la partida para averiguar cosas sobre él.'' Pensó Damián.

-¡Oh! Esto es un problema. -Dijo el anciano. -No sé jugar al ajedrez.

-¡¿Qué?!

-Lo que has oído, mozo.

''¿Mozo?'' Damián estaba perplejo, por lo que le dijo el anciano, y apunto de descojonarse. ''Mozo dice... Je, je, je...''

El reto que hicieron los números, Diez, Once y Doce. Solo lo conocen ellos y el Juez.

Blue Guardian./ Capítulo 3: ¿Quieres más?

Néstor necesitaba un respiro. ¿Un juego, una llave, números tatuados y... Damián?
Aquella mañana en el recreo tuvo un encuentro de lo más extraño con Iván, quién le habló de un misterioso juego en el que estaba... ¿atrapado? Vero, inseparable de Iván, le había dicho tres cuartos de lo mismo a Lara, su mejor amiga. Fueron al parque aquella misma tarde, pues allí les explicarían de qué iba aquello.

Quedaron los cuatro con Damián, un chico de la clase de Iván. Un chico muy raro que, según Iván, fue el que les pidió participar en el misterioso juego. Dam, como lo había llamado Iván, explicó una extraña historia.

Según Néstor había entendido, desde tiempos inmemoriables existían tres llaves iguales. Tres llaves que al poseedor de una de ellas lo convertían casi en un dios. Bien, pues para evitar que cayeran en malas manos, dos familias se comprometieron a custodiar dos de ellas, una cada familia. Damián pertenecía a una de esas familias y la llave que guardaban fue robada. Por otro lado, estaba la tercera llave encerrada como premio en un complicado juego. Debían ir a por esa llave, ya que la que custodiaba la familia de Dam fue robada.

-Solo con el poder de la llave del juego podré recuperar la que mi familia tenía. -Explicó Damián.

Después explicó cómo funcionaba el juego. En el juego había un total de trece concursantes, que no podrían renunciar a participar una vez aceptado. La prueba de esto era un número tatuado en el cuerpo del participante, un número elegido por el propio individuo entre 0 y 12, y que no desaparecería hasta que el juego hubiese terminado. El lugar donde deberían jugar sería en un enorme laberinto oculto en un bosque cercano al pueblo, donde librarían retos y batallas. Los retos darían ventaja al participante ganador y las batallas serían combates entre los participantes para ser eliminados. Quiénes participarían en los retos y batallas, sería decidido al azar; según creía Dam.

-En caso de que en una batalla tengamos que enfrentarnos entre nosotros, yo me encargaré de evitarla. Encontraré la forma. -Declaró Dam.

Otro detalle que Dam puntualizó fue la existencia de un juez en el juego. No conocía del todo la función de éste pero Dam aseguró su existencia. Algo más que añadió fue la importancia de no delatar al resto de jugadores que ellos cinco eran amigos, eso podría ponerles en peligro ya que el resto de participantes intentarían separarlos a toda costa. Ahí terminaron las explicaciones.

Néstor había escuchado todo aquello con suma incredulidad, estaba anonadado, y lo que más le sorprendía era que parecía ser el único sorprendido de verdad. Lara, lo había escuchado todo como quién escucha llover o eso le había parecido a Nés. Por otro lado, Iván y Vero ya venían convencidos de antes. Ese Damián le parecía un loco y Nés tenía un par de preguntas:

-Bueno y ¿Por qué nos lo pides a nosotros? Si tu familia protegía la llave que fue robada ¿Por qué no te acompañan a conseguir esa otra llave del juego? -Dijo algo irritado Nés.

-Os lo pedí a vosotros porque quedan cuatro números disponibles. Es decir, el juego solo empieza cuando todos los que van a participar tienen su número grabado. Yo no esperaba encontrar cuatro personas que estuviesen dispuestas a ayudarme, yo me conformaba con solo una. Pensé en Iván y, cuando se lo dije, Vero estaba delante y se decidió antes que él. Iván me puso una condición. -Nés, miró a Iván. Sus ojos se encontraron e Iván se sonrojó. -Él solo participaría si tu lo hacías también y Vero pensó que avisar a Lara tampoco sería mala idea, ya que sois tan amigos. Y... la razón por la que mi familia no me ayuda, es porque ahora estoy solo. Pero no hablaré más de eso.

Aquello desconcertó totalmente a Nés. ¿Solo? ¿Qué le habría pasado a Damián con su familia? Pero a Nés también le rondaba algo en la cabeza que lo ruborizaba y desquiciaba: ''Otra vez ese apego de Iván por mí... pero ¿qué es lo que pasa?''

-¿Y cuanto dura el juego? -Preguntó Lara.

-Solo sé que acaba una vez la llave sea encontrada por un jugador. Lo que tenemos que conseguir es que ese jugador sea uno de nosotros. -Respondió Dam.

-Pero ¿Acaso el juego puede durar más de un día?

-Es más que probable. Y creo que una de las funciones del juez es garantizar un descanso a todos los jugadores cada día. No conozco muchos detalles de cómo es ese laberinto ni de los poderes del juez, pero sé que estaremos bien durante esos descansos. Correremos peligro solo en las batallas, basta dejar fuera de combate al jugador contrario para que abandone automáticamente el juego pero eso no asegura nuestra supervivencia.

-Y ¿Cómo sabes todo eso Dam? -Preguntó Nés.

-Así me lo explicó mi madre cuando me hice este tatuaje. -Señaló su brazo donde tenía tatuado el número ocho. -Debíamos asegurarnos que por lo menos alguien de la familia fuera a participar en el juego, yo me ofrecí para ello.

-¿Que números quedan? -Preguntó Lara.

-El cero, el cuatro y el siete. -Respondió Dam.

-Bien, pues quiero el cero.

Dam cogió la pluma estilográfica que utilizó con Vero la otra vez y de la misma manera hizo que en el brazo derecho de Lara apareciera un cero tatuado. Néstor no dio crédito a lo que veía, inexplicablemente tres gotas de tinta negra se habían deslizado por la piel de Lara hasta dibujar un cero en su brazo. Se asustó bastante al principio, más incluso que Lara, pero después ardía en deseos de ser el siguiente. Aun así no conseguía decidirse.

-Bueno, ahora solo quedáis vosotros dos. Pero entenderé perfectamente si no queréis participar. -Anunció Dam.

Iván miró ansioso a Nés, estaba nervioso jugando con sus propios dedos con las manos entrelazadas y miraba a los ojos de Nés transmitiendo una mezcla de impaciencia y deseo. Nés, que veía como le miraba Iván esperando su respuesta, se molestó y dijo:

-¿Por qué estás tan empeñado en insinuar que te gusto? ¿De qué vas? No lo entiendo, ¿es una broma? Sí es una broma para ya... y sigo sin entender por qué queréis ayudar a Damián.

-Le queremos ayudar porque nos lo ha pedido a nosotros, algo tendremos que le habrá inspirado confianza y no queremos dejarle a su suerte. Ya hemos visto que lo que dice es verdad y si luego le pasara algo nos sentiríamos responsables. -Contestó Vero decidida. Sus palabras inundaron la mente de Nés. No, más bien fue su actitud lo que lo dejó sorprendido aunque no más que Damián el cual había susurrado ''Gra... gracias'' de manera casi imperceptible.

-Néstor, lo que dice Vero es verdad. Ella lo tuvo así de claro en cuanto vio la desesperación en Damián. Yo, sin embargo, a pesar de haber visto como le tatuaba el tres a Vero, de haber presenciado ese hecho inexplicable para cualquiera, no estaba seguro de qué hacer. -Iván se expresaba con un tono distinto al habitual, sus palabras iban cargadas de sinceridad. -Entonces, a punto de decidirme, recordé algo que dijo Dam ''...entrar en este juego es jugarse la vida...'' Por lo que pensé que si perdía la vida en el juego no volvería a verte.

A Néstor le dio un vuelco el corazón y se le hizo un nudo en la garganta. Parecía que, al fin y al cabo, a Iván le gustaba de verdad y mucho. Iván siguió explicándose.

-Estaba en el dilema de dejar colgados a Damián y Vero para así asegurarme estar contigo o irme con ellos y arriesgarme a no verte más. Néstor, me gustas. No sé por qué, bueno sí lo sé, cuando entras en mi mente no puedo sacarte. Yo solo quiero saber si quieres acompañarles, yo quiero hacerlo pero tampoco quiero separarme de tí. -Mientras Iván le hacía esta declaración a Nés, Damián y las chicas simulaban no escuchar jugando con un yo-yo de manera infantil y exagerada, somo si ver aquel juguete fuera más alucinante que un tatuaje mágico.

Néstor, estaba ardiendo, sentía como si todo su cuerpo soltara vapores y se imaginaba totalmente sonrojado, de pies a cabeza. Luego se relajó, cerró los ojos y analizó lo que le dijo Iván. Torció los labios mostrando una sonrisa maléfica y... pegó un salto y de manera espectacular le dio un puñetazo en la cara a Iván estrellándolo contra un árbol del parque.

-¡¿Cómo se te ocurre soltarme semejante perorata delante de ellos?! ¡La gente suele declararse en privado! -Empezó a acercarse a zancadas hacia Iván, apretando los dientes y pisando tan fuerte que la tierra parecía temblar. Iván que estaba respaldado medio K.O. en el árbol y con el labio sangrando empezó a cubrirse la cara con los brazos y gemir de miedo. Nés se sentó sobre él, cara a cara le apartó los brazos y lo agarró del cuello de la camiseta. -¡Te lo has ganado, idiota! -Iván hizo un amago con sus brazos para cubrirse y sus ojos se cerraron fuertemente esperando un golpe terrible. Néstor le plantó un tremendo beso en los labios.

Iván sorprendido no, de piedra tampoco sino lo siguente, abrió sus ojos azules y luego los entrecerró con ternura. Sus labios, sangraban, pero ahora eran la parte de su cuerpo más afortunada; estaban siendo tocados por los de Nés. Nés con los ojos totalmente cerrados, dejó su calor fluir libre por su cuerpo y abrió los labios para que su lengua abrazara la de Iván; éste vivía un éxtasis, primero un hermoso y tremendo golpe del chico que tanto le gustaba y luego... un apasionado y tremendo beso. Iván alargó sus brazos para abrazarlo pero Néstor se separó rapido de él y se puso de pie.

-¿Quieres más? -Preguntó Nés de forma lasciva.

-S.. ss.. sí -Susurró tartamudeando Iván.

Dam, Vero y Lara se quedaron mirando durante una décima de segundo, dejaron sus mandíbulas caer y sus ojos ponerse como platos para luego volver a recomponerse para disimular. Esta vez, en vez de estar disimulando con un yo-yo, lo hacían jugando con una pelota inchable de playa.

-Pues si quieres más... -Prosiguió Nés con un tono muy elevado. -Tendrás que acompañarnos y conseguir esa llave para Dam. ¡Ahora somos amigos y tenemos que ayudarle!

Los ojos azules de iván se abrieron hasta no poder más, su boca era una sonrisa llena de felicidad y tenía un brillo en los ojos intenso.

-¡Eras tú al que había que convencer! -Respondió riéndose Iván. -¡Pero mejor así, cuenta conmigo! ¡Damián! -El aludido se dio la vuelta. -¡Tatúanos ahora mismo! ¿Cual quieres Nés, el cuatro o el siete?

-¡El cuatro!

Damián procedió a tatuarle un cuatro en el brazo izquierdo a Néstor, con la pluma de tinta mágica que usaba para ello.

-Antes de ponerte el siete, Iván, habéis de saber que al ser el último número que queda por poner, los trece jugadores seremos trasladados a la puerta del laberinto del juego. El laberinto de Tarkanen. Es que hasta ahora no os dije el nombre del laberinto... -Se excusó Dam. -Bueno, ¿estáis preparados?

-¡Sí! -Gritaron las chicas.

-¡Por supuesto! ¡Estoy deseando entrar en el laberinto! Me muero de curiosidad. -Declaró Néstor.

-¡Cuando quieras! -Dijo Iván ofreciendo su brazo derecho a Dam.

Damián procedió y una vez el número siete quedó grabado en el brazo de Iván y
su reloj de bolsillo tuvo todos los números coloreados de rojo, empezaron a brillarles los tatuajes. Luego empezaron a brillar sus cuerpos y tras pasar unos segundos con los ojos cerrados aparecieron en un extraño lugar.

Estaban en una explanada de piedra semicircular enorme y, en el centro de la curva del semicírculo, frente a ellos se alzaba un portón gigantesco lleno de grabados extraños. A los lados del portón había enormes paredes de piedra que al terminar de rodear la curva de la plaza seguían en línea recta hacia los lados, dejando a la vista un frondoso bosque tras ellos. El bosque era increíblemente frondoso, no como una selva, pero con tantísimos árboles y vegetación que apenas llegaba la luz; toda la vegetación tras ellos era exuberante.

Damián tenía su mente distraída en otra cosa, algo Nés había dicho hace rato: ''...ahora somos sus amigos...'' ''Mis amigos.'' Pensó Dam eufórico de alegría. Y entonces algo llamó la atención de todos. Los demás jugadores empezaron a aparecer también en aquella entrada, de la misma manera que ellos. Ocho desconocidos, a cual más extraño y siniestro. Parecián más expertos que Damián y algunos eran más altos que Iván. De pronto se escuchó una voz.

-Bienvenidos. -La voz provenía del portón, frente a él había lo que parecía un caballero medieval de altura y complexión considerables. No se le veía ningún rasgo físico, su armadura cubría completamente su cuerpo; sólo por atrás le caía una larga cabellera de color castaño. -Yo soy el Juez de Tarkanen.

Blue Guardian./ Capítulo 2: "Dam."

Damián era un chico de complexión delgada, tenía una nariz prominente, única, con personalidad, y sus ojos eran de un marrón muy oscuro. En clase no paraba de comerse las uñas o incluso de morderse la manga de la camiseta, si es que era de manga larga, y casi siempre iba despeinado. Su pelo de color oscuro, le llegaba a cubrir las orejas y lo tenía liso. Era un chico muy perspicaz, astuto, precoz e inteligente. Devoraba libros en su tiempo libre como nadie en todo el colegio, los profesores lo consideraban un genio. Por otro lado los deportes no eran su fuerte y tampoco tenía muchos amigos. Era un chico extraño y algo solitario.

Damián vivía con su madre y su hermana mayor, Lidia. Su padre ahora no vivía con ellos, Damián lo odiaba profundamente y evitaba hablar de su padre. Algún día su padre pagaría lo que hizo. Muchas veces tenía pesadillas con su venganza y últimamente a Damián le costaba dormir, su hermana estaba preocupada por él. Lidia, la joven profesora del Akinas, era hermosa, su cabello era liso, brillante, castaño y muy largo. Su rostro era perfecto, su mirada calmaba al más iracundo y consolaba al más triste. Lidia era la profesora de música, era su segundo año como profesora y, por extraño que resultara, ya consiguió hacerse respetar. A pesar de que ella también tenía motivos para odiar a su padre no lo hacía, puede que fuera más madura en ese sentido que su hermano pequeño.

Dos semanas antes de que Néstor y Lara conversaran en el recreo con Iván y Vero, Damián volvía a su casa cuando algo le llamó la atención. Una voz, venía de su casa. Se acercó corriendo a la puerta y abrió la puerta de golpe. Había escuchado a su madre gritar y a su padre decir algo. ¿Qué hacía él allí? Su padre estaba de pie frente a su madre, ella estaba llorando. Damián invadido por un feroz sentimiento de ira sentía como sus ojos ardían, como sus puños se cerraban con fuerza y como su corazón palpitaba con violencia.

Corrió hacia su padre. Iba a darle un puñetazo, pero su padre se giró y lo inmovilizó sin pestañear. Su padre, que iba totalmente vestido de negro y con unas gafas de sol, le sujetaba su brazo izquierdo fuertemente. Damián sentía como su brazo izquierdo estaba tenso e inmóvil, el dolor le hizo postrarse de rodillas. Su padre iba a dejarlo inconsciente con golpe seco en la nuca cuando se fijó en el dibujo que tenía su hijo en el brazo. Aquel tatuaje parecía un número, el ocho. Entonces su padre tras vacilar un poco lo dejo inconsciente justo como iba a hacer antes.

Despertó en el frío suelo, se levantó y buscó en todas las habitaciones. Su madre no estaba y su hermana tampoco. ¿Les habría hecho algo su padre? De repente, escuchó la voz de su madre cerca de él.

-Damián, tu hermana se ha ido con tu padre. -Dijo ella. -Escucha tienes que...

-¡¿Qué os ha hecho?! ¡¿Por qué se la ha llevado?! -Gritó desesperado.

-¡Escucha y cálmate! -Gritó su madre. -No se la ha llevado, ella fue con él por propia voluntad. Pero no vayas como un loco tras ella, yo me encargaré de buscarla. Tú tienes que hacer algo más importante.

Damián quería seguir gritando y todavía sentía su sangre fluir violentamente por su cuerpo, pero delante de su madre no le gustaba mostrarse violento. Intentó calmarse. Su madre, una mujer joven, con el cabello dorado y rizado en bucles, se acercó y abrazó a su hijo. Su ropa estaba rasgada y tenía algunos cortes superficiales. ''¿Habrá peleado contra él?'' pensó Damián.

-Hijo. Tienes que buscar pronto personas que estén dispuestas a entrar en el juego. -Aquello sorprendió a Damián. -Sabes que no deben quedar apenas números libres, tienes que darte prisa. Llévalos al jardín de la Llave. Búscame cuando tengas la llave.

Damián asintió, lo había entendido perfectamente. Su madre, después de abrazarlo fuerte y besarlo en la mejilla, abandonó la casa. Damián se puso a disponerlo todo, subió a su habitación y buscó la orla donde estaban las fotos de todos sus compañeros. De entre ellos por lo menos debía encontrar dos que no tuvieran mucho que perder, se fijó en un tal Iván. Le sonaba que ese chico había tenido alguna experiencia traumática, algo como que sus padres se separaron o que alguno de sus padres había muerto. Lo que sí tenía claro es que Iván era un chico problemático, algo macarra a su parecer y con poca pasión por los estudios. No se le ocurría otro mejor, ya que lo ideal era escoger a alguien de su misma clase. Un adulto no le tomaría en serio y un total desconocido también, por eso se vio obligado a elegir a Iván. ''Si tuviera amigos no tendría que hacer esto.'' Pensó Damián.

Se dio cuenta de que Iván no se separaba de su amiga Vero y no quería seguirlo hasta su casa asique asumió que tendría que hablar con los dos. De todas formas, si Vero también aceptaba ser una jugadora más todo sería más fácil. Damián se acercó a ellos y empezó una conversación estúpida hasta que Vero dijo:

-Tú quieres algo de nosotros, pero no sabes como decirlo ¿no es verdad?

-Pues... Sí y es algo bastante complicado. -Contestó Damián.

-¡Da igual! Dispáralo Dam, sea lo que sea lo haremos. -Contestó enérgico Iván.

''Dam... Jamás nadie me ha llamado así...'' Pensó.

-Bien, sentémonos aquí mismo. -Se sentaron en un banco del parque ya que era parte del atajo entre la casa de Iván y el colegio. Dam empezó a hurgar en su mochila y sacó un pequeño cofre marrón, ligero y de madera, muy simple. Lo abrió y en él había una pluma estilográfica y un reloj de bolsillo. Luego se remangó y enseñó su tatuaje del número ocho. -Este tatuaje es mi número para jugar. Y en este reloj de bolsillo, si os fijáis, algunos de los números están de color rojo. Eso significa que no los podréis escoger, como veis podéis elegir entre el tres, el cuatro, el siete e incluso el cero. Aunque éste último no se vea en el reloj podréis escogerlo.

-¿Un juego? ¿Qué juego es éste? -Preguntó Iván.

-El juego de la Llave. Se juega en un laberinto inmenso, hay retos que superar para poder avanzar en él y lo que los jugadores buscan es la Llave. Con esa llave se pueden hacer muchas cosas, existen tres llaves iguales y una de ellas se consigue en este juego. Mi familia custodiaba una de ellas pero... la robaron. -Dam, por un momento, parecía dolido, frustrado. -Por eso he de evitar que las demás caigan en malas manos, por suerte una de ellas la protege otra familia pero de la que os he hablado está en aquel laberinto. Debo encontrarla y hacerme con ella, pero los demás jugadores también han estado esperando este momento. El juego empezará en cuanto haya doce jugadores y entonces no habrá marcha atrás para ninguno de ellos.

-Es... difícil de creer.. -Admitió Vero. -La verdad es que no he entendido mucho de lo que va todo esto y mucho menos creo que él se haya enterado de algo.

-¡Pero serás...! No me llames tonto ¿vale? -Se quejó burlonamente Iván. -Te he oído.

-Sería más fácil si pudieras enseñarnos algo, no sé, algo que pudiera hacernos saber que de lo que hablas es real. -Dijo Vero.

-Bueno... Sí que hay algo que puedo hacer, pero sólo si aceptáis jugar, y sabed que luego no podréis retractaros. Si intentaseis escapar del juego... Las consecuencias podrían ser fatales... El juez os lo impediría. -Dam dijo todo esto absorto en sus propias palabras, se notaba que aquello era algo muy serio para él. -Tened muy claro que una vez aceptéis no habrá marcha atrás. ¿Queréis?
-Sí. -Dijo Vero al instante.

Iván siguió callado, parecía estudiar la propuesta con mucho detalle.

-Bien, extiende un brazo, el que tu quieras, y dime cuál es el número que quieres como jugadora. -Dijo Dam con la pluma estilográfica en la mano.

-Tres. -Respondió Vero y extendió su brazo izquierdo.

Al instante Dam le dio tres pinchacitos en su brazo izquierdo con la pluma. Tres gotas de tinta estaban ahora en el brazo de Vero y por arte magia empezaron a deslizarse por su brazo hasta dibujar un tres perfecto. El tres se quedó imprimido en su piel en cuestión de segundos, parecía un tatuaje de por vida. Vero e Iván no salían de su asombro. ¿Cómo había sucedido aquello? Pero aún había más, en el reloj de bolsillo de Dam el tres se tiñó de rojo.

Después de calmarse un poco, Iván preguntó:

-Si no consiguiésemos la Llave... ¿Qué nos pasaría?

-Bueno, eso depende de nosotros. Aunque se la llevase otro, luego fuera del juego podríamos intentar arrebatársela pero... Sería casi imposible. Ciertamente entrar en este juego es jugarse la vida, si es eso lo que quieres saber.

Iván le dio una calada a su cigarrillo y siguió un rato callado pensando hasta que dijo:

-¿Conoces a Néstor? Es un año más pequeño que nosotros, así delgadete, con cara de niño, muy inocente y... está muy bueno la verdad.

Por primera vez la expresión del rostro de Dam cambió completamente, estaba entre sorprendido y a punto de descojonarse. Vero rió a grandes carcajadas al ver la situación.

-No, la verdad es que no lo conozco.

-Dam, ¿dejarás que sea él también un jugador? ¡Si le dejas, me apunto ahora mismo!

-No veo por qué no. -Respondió sonriente. ''Dam... le gustaba como sonaba...''

Blue Guardian./ Capítulo 1: Atrapados.

En el patio del recreo el sol de fin de curso abrasaba a los estudiantes del Colegio Akinas. La luz del día era cegadora y las chicas vestían minifaldas y camisetas enseñando el ombligo, los chicos camisetas de tirantes y pantalones cortos o piratas. Néstor, en cambio, tenía un estilo algo emo, llevaba unas convers, un pantalón vaquero de color oscuro y una camiseta a rayas negras y blancas. Tenia el pelo liso, castaño, y además se planchaba el flequillo, era alto, delgado y en sus ojos marrones se podía ver como se sentía en su interior. Su amiga Lara tenía un estilo que contrastaba bastante con el suyo. Era rubia con el pelo liso y largo hasta el pecho, vestía una camiseta azul claro y unos pantalones vaqueros de los más normales. Tenía una cara angelical y su voz era suave, era una chica dulce e inocente.

Por otro lado, en un banco cercano a ellos estaba otra pareja de amigos mucho más llamativa. Era un chico y una chica. Ella se llamaba Verónica. Tenía el pelo corto y oscuro, su maquillaje su ropa también de colores oscuros le hacían parecer gótica. El chico sentado a su lado era Iván. Él era un chico popular entre las chicas. Tenía el pelo corto y rubio, ojos azules y un físico envidiable y más alto que Néstor. Tenía su propio estilo para vestir, muchas veces llevaba un pañuelo de color naranja en el cuello, una camiseta blanca corriente y unos pantalones beis. También solía llevar pulseras y un colgante militar pero lo más característico de él era su forma de fumar que lo hacía tan interesante.

Iván y Vero eran un año mayores que Néstor y Lara. Apenas se conocían pero a Néstor no le gustaba Iván, pues éste muchas veces había protagonizado peleas y follones en el patio. Vero por el contrario, era una chica casi desconocida para la mayoría, se le veía poco por el colegio y por sus buenas notas se llegó a extender el rumor de que era superdotada. Sin embargo, a Iván le atraía ese aire de desconfianza que desprendía Néstor, le gustaba su mirada y hasta su forma de moverse. Lara al ser la chica nueva del colegio no tenía una opinión definida casi para nadie, solo de Néstor porque éste había sido su primer amigo en el pueblo; no conocía a Iván ni a Vero. Lara se sentía embargada por su nueva vida y todo lo que ello suponía nuevos amigos, desconocidos e interesantes.

Iván no pudo dejarlos pasar frente a ellos sin decirles algo.

-¡Ey! Néstor. Me gustan tus convers.

-¿Qué? -A Néstor se le veía molesto. Lara y él se pararon frente a los otros dos.

-Lo que quiero decir es que vas muy guapo. Me gusta tu estilo. -Dijo mientras jugueteaba con su colgante.
Néstor abrió la boca para decir algo al mismo tiempo que se sonrojaba, pero estaba paralizado. Aquello le dejó el corazón latiendo a mil y su cuerpo ardiendo, pero desde luego no pensó que aquello tuviera algo de verdad.

-Tú eres Lara ¿no? -Dijo Verónica de repente.

-Sí. -Apenas se la escuchó responder, ya que Vero se hubiera dirigido a ella le dejó fuera de combate.

-Quizás no te acuerdes de mí pero nos conocimos hace dos años. Por entonces mi hermano era tu novio. -Explicó Vero.

-¡¿Isaac?!... Es cierto, recuerdo que nos presentó pero entonces tenías un aspecto diferente, y apenas hablamos. -Dijo Lara casi para sí misma. -Yo te recuerdo rubia y con el pelo largo aunque claro solo nos vimos una vez.

Vero rió al recordar aquello y dijo:
-Sí, sí. Entonces yo tenía el pelo como tú pero tiempo después cambié. Ahora me he pinto el pelo oscuro y me gusta tenerlo corto.

-En otras palabras, tomó un ligero toque gótico, de la misma manera que Nés. -Dijo Iván.

-¡¿Nés?! ¿Qué te pasa hoy conmigo? -Dijo molesto Néstor.

-Lo que me pasa hoy contigo me pasa siempre... o por lo menos desde hace unas cuantas semanas. -Dijo Iván con total naturalidad. Sus ojos azules se clavaban en los de Nés con un brillo de deseo cada vez que se encontraban sus miradas. Y a pesar de lo lanzado que estaba aquella mañana daba la sensación de que se estaba conteniendo.

Nés estaba nervioso, la tensión era demasiada. Aquello parecía real pero no podía evitar pensar que seguramente le estaba tomando el pelo. Harto, tomó una decisión.

-Vámonos Lara, que llegaremos tarde a biología.

-¿Tenéis esa clase en el aula 24? -Preguntó Vero. Lara asintió. -Nosotros tenemos Física ahora y la clase está cerca de la vuestra. Os acompañaremos.

Nés no dijo nada, simplemente deseaba llegar a clase y relajarse un poco. Iván le había puesto muy nervioso y aprovechó que éste estaba distraído hablando con las dos chicas para alejarse unos metros de él. Pero pronto Iván se acercó agil al lado de Nés y le puso una mano sobre su hombro derecho.

-¡Nés! ¡Nos dejabas atrás!

-No entiendo por qué estás así ¿Cuándo nos hicimos amigos? -Se quejó Nés.

-Lo siento, perdóname no quería molestarte. -Respondió Iván, que se había despegado de su hombro.

-Y encima pide perdón... Esto se pasa de raro. -Dijo para sí Nés.

De repente el rostro de Iván estaba a unos centímetros del suyo, y los labios de Iván casi rozaban la oreja izquierda a Nés.

-Cierto, todo esto es muy raro. Y más raro es lo que te voy a decir. -Susurró Iván.

-Vero y yo estamos jugando y necesitamos dos jugadores más.

Nés aterrado se paró en seco y miró de frente a Iván. Su cara ahora parecía algo seria y sus ojos seguían igual de azules y ansiosos. Al mirarlo de frente también se dio cuenta de que Lara y Vero se habían parado y que su amiga también parecía sorprendida. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Qué se supone que hay que decirle a un pirado como Iván? ¿Acaso se había vuelto loco? Desde luego sería lo único que daría sentido a la repentina atracción que Iván sentía por él. Y a pesar de todo, sentía como todo él empezaba a desear toda aquella locura, empezó a sentir una curiosidad indescriptible por aquello que le había dicho Iván.

-¿Juego? ¿Qué quieres decir?

-Un juego en el que estamos atrapados.