Damián era un chico de complexión delgada, tenía una nariz prominente, única, con personalidad, y sus ojos eran de un marrón muy oscuro. En clase no paraba de comerse las uñas o incluso de morderse la manga de la camiseta, si es que era de manga larga, y casi siempre iba despeinado. Su pelo de color oscuro, le llegaba a cubrir las orejas y lo tenía liso. Era un chico muy perspicaz, astuto, precoz e inteligente. Devoraba libros en su tiempo libre como nadie en todo el colegio, los profesores lo consideraban un genio. Por otro lado los deportes no eran su fuerte y tampoco tenía muchos amigos. Era un chico extraño y algo solitario.
Damián vivía con su madre y su hermana mayor, Lidia. Su padre ahora no vivía con ellos, Damián lo odiaba profundamente y evitaba hablar de su padre. Algún día su padre pagaría lo que hizo. Muchas veces tenía pesadillas con su venganza y últimamente a Damián le costaba dormir, su hermana estaba preocupada por él. Lidia, la joven profesora del Akinas, era hermosa, su cabello era liso, brillante, castaño y muy largo. Su rostro era perfecto, su mirada calmaba al más iracundo y consolaba al más triste. Lidia era la profesora de música, era su segundo año como profesora y, por extraño que resultara, ya consiguió hacerse respetar. A pesar de que ella también tenía motivos para odiar a su padre no lo hacía, puede que fuera más madura en ese sentido que su hermano pequeño.
Dos semanas antes de que Néstor y Lara conversaran en el recreo con Iván y Vero, Damián volvía a su casa cuando algo le llamó la atención. Una voz, venía de su casa. Se acercó corriendo a la puerta y abrió la puerta de golpe. Había escuchado a su madre gritar y a su padre decir algo. ¿Qué hacía él allí? Su padre estaba de pie frente a su madre, ella estaba llorando. Damián invadido por un feroz sentimiento de ira sentía como sus ojos ardían, como sus puños se cerraban con fuerza y como su corazón palpitaba con violencia.
Corrió hacia su padre. Iba a darle un puñetazo, pero su padre se giró y lo inmovilizó sin pestañear. Su padre, que iba totalmente vestido de negro y con unas gafas de sol, le sujetaba su brazo izquierdo fuertemente. Damián sentía como su brazo izquierdo estaba tenso e inmóvil, el dolor le hizo postrarse de rodillas. Su padre iba a dejarlo inconsciente con golpe seco en la nuca cuando se fijó en el dibujo que tenía su hijo en el brazo. Aquel tatuaje parecía un número, el ocho. Entonces su padre tras vacilar un poco lo dejo inconsciente justo como iba a hacer antes.
Despertó en el frío suelo, se levantó y buscó en todas las habitaciones. Su madre no estaba y su hermana tampoco. ¿Les habría hecho algo su padre? De repente, escuchó la voz de su madre cerca de él.
-Damián, tu hermana se ha ido con tu padre. -Dijo ella. -Escucha tienes que...
-¡¿Qué os ha hecho?! ¡¿Por qué se la ha llevado?! -Gritó desesperado.
-¡Escucha y cálmate! -Gritó su madre. -No se la ha llevado, ella fue con él por propia voluntad. Pero no vayas como un loco tras ella, yo me encargaré de buscarla. Tú tienes que hacer algo más importante.
Damián quería seguir gritando y todavía sentía su sangre fluir violentamente por su cuerpo, pero delante de su madre no le gustaba mostrarse violento. Intentó calmarse. Su madre, una mujer joven, con el cabello dorado y rizado en bucles, se acercó y abrazó a su hijo. Su ropa estaba rasgada y tenía algunos cortes superficiales. ''¿Habrá peleado contra él?'' pensó Damián.
-Hijo. Tienes que buscar pronto personas que estén dispuestas a entrar en el juego. -Aquello sorprendió a Damián. -Sabes que no deben quedar apenas números libres, tienes que darte prisa. Llévalos al jardín de la Llave. Búscame cuando tengas la llave.
Damián asintió, lo había entendido perfectamente. Su madre, después de abrazarlo fuerte y besarlo en la mejilla, abandonó la casa. Damián se puso a disponerlo todo, subió a su habitación y buscó la orla donde estaban las fotos de todos sus compañeros. De entre ellos por lo menos debía encontrar dos que no tuvieran mucho que perder, se fijó en un tal Iván. Le sonaba que ese chico había tenido alguna experiencia traumática, algo como que sus padres se separaron o que alguno de sus padres había muerto. Lo que sí tenía claro es que Iván era un chico problemático, algo macarra a su parecer y con poca pasión por los estudios. No se le ocurría otro mejor, ya que lo ideal era escoger a alguien de su misma clase. Un adulto no le tomaría en serio y un total desconocido también, por eso se vio obligado a elegir a Iván. ''Si tuviera amigos no tendría que hacer esto.'' Pensó Damián.
Se dio cuenta de que Iván no se separaba de su amiga Vero y no quería seguirlo hasta su casa asique asumió que tendría que hablar con los dos. De todas formas, si Vero también aceptaba ser una jugadora más todo sería más fácil. Damián se acercó a ellos y empezó una conversación estúpida hasta que Vero dijo:
-Tú quieres algo de nosotros, pero no sabes como decirlo ¿no es verdad?
-Pues... Sí y es algo bastante complicado. -Contestó Damián.
-¡Da igual! Dispáralo Dam, sea lo que sea lo haremos. -Contestó enérgico Iván.
''Dam... Jamás nadie me ha llamado así...'' Pensó.
-Bien, sentémonos aquí mismo. -Se sentaron en un banco del parque ya que era parte del atajo entre la casa de Iván y el colegio. Dam empezó a hurgar en su mochila y sacó un pequeño cofre marrón, ligero y de madera, muy simple. Lo abrió y en él había una pluma estilográfica y un reloj de bolsillo. Luego se remangó y enseñó su tatuaje del número ocho. -Este tatuaje es mi número para jugar. Y en este reloj de bolsillo, si os fijáis, algunos de los números están de color rojo. Eso significa que no los podréis escoger, como veis podéis elegir entre el tres, el cuatro, el siete e incluso el cero. Aunque éste último no se vea en el reloj podréis escogerlo.
-¿Un juego? ¿Qué juego es éste? -Preguntó Iván.
-El juego de la Llave. Se juega en un laberinto inmenso, hay retos que superar para poder avanzar en él y lo que los jugadores buscan es la Llave. Con esa llave se pueden hacer muchas cosas, existen tres llaves iguales y una de ellas se consigue en este juego. Mi familia custodiaba una de ellas pero... la robaron. -Dam, por un momento, parecía dolido, frustrado. -Por eso he de evitar que las demás caigan en malas manos, por suerte una de ellas la protege otra familia pero de la que os he hablado está en aquel laberinto. Debo encontrarla y hacerme con ella, pero los demás jugadores también han estado esperando este momento. El juego empezará en cuanto haya doce jugadores y entonces no habrá marcha atrás para ninguno de ellos.
-Es... difícil de creer.. -Admitió Vero. -La verdad es que no he entendido mucho de lo que va todo esto y mucho menos creo que él se haya enterado de algo.
-¡Pero serás...! No me llames tonto ¿vale? -Se quejó burlonamente Iván. -Te he oído.
-Sería más fácil si pudieras enseñarnos algo, no sé, algo que pudiera hacernos saber que de lo que hablas es real. -Dijo Vero.
-Bueno... Sí que hay algo que puedo hacer, pero sólo si aceptáis jugar, y sabed que luego no podréis retractaros. Si intentaseis escapar del juego... Las consecuencias podrían ser fatales... El juez os lo impediría. -Dam dijo todo esto absorto en sus propias palabras, se notaba que aquello era algo muy serio para él. -Tened muy claro que una vez aceptéis no habrá marcha atrás. ¿Queréis?
-Sí. -Dijo Vero al instante.
Iván siguió callado, parecía estudiar la propuesta con mucho detalle.
-Bien, extiende un brazo, el que tu quieras, y dime cuál es el número que quieres como jugadora. -Dijo Dam con la pluma estilográfica en la mano.
-Tres. -Respondió Vero y extendió su brazo izquierdo.
Al instante Dam le dio tres pinchacitos en su brazo izquierdo con la pluma. Tres gotas de tinta estaban ahora en el brazo de Vero y por arte magia empezaron a deslizarse por su brazo hasta dibujar un tres perfecto. El tres se quedó imprimido en su piel en cuestión de segundos, parecía un tatuaje de por vida. Vero e Iván no salían de su asombro. ¿Cómo había sucedido aquello? Pero aún había más, en el reloj de bolsillo de Dam el tres se tiñó de rojo.
Después de calmarse un poco, Iván preguntó:
-Si no consiguiésemos la Llave... ¿Qué nos pasaría?
-Bueno, eso depende de nosotros. Aunque se la llevase otro, luego fuera del juego podríamos intentar arrebatársela pero... Sería casi imposible. Ciertamente entrar en este juego es jugarse la vida, si es eso lo que quieres saber.
Iván le dio una calada a su cigarrillo y siguió un rato callado pensando hasta que dijo:
-¿Conoces a Néstor? Es un año más pequeño que nosotros, así delgadete, con cara de niño, muy inocente y... está muy bueno la verdad.
Por primera vez la expresión del rostro de Dam cambió completamente, estaba entre sorprendido y a punto de descojonarse. Vero rió a grandes carcajadas al ver la situación.
-No, la verdad es que no lo conozco.
-Dam, ¿dejarás que sea él también un jugador? ¡Si le dejas, me apunto ahora mismo!
-No veo por qué no. -Respondió sonriente. ''Dam... le gustaba como sonaba...''
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