La habitación hacía rato que estaba a oscuras y Néstor aún no se había dormido. Tenía los ojos abiertos mirando en dirección a donde dormía Iván. En su cabeza le daba vueltas a todo lo que le había pasado en un par de días, no solo había vivido cosas increíbles de imaginar sino que además Iván estaba loco por él. Todo le asustaba tanto que no podía evitar desear despertarse en su casa, como si no hubiese pasado nada.
Pensando en estas cosas se quedó dormido.
''No... Esto está mal...'' Escuchó el eco de su voz diciendo aquellas palabras en mitad de la oscuridad de su sueño, abrió los ojos despacio y ante él su mente dibujó un hermoso y familiar paisaje. Estaba en la cumbre de la montaña de su pueblo, el cual se extendía desde la falda de la misma hasta el horizonte. El cielo mostraba un color anaranjado que en el sueño era un atardecer infinito.
''Está mal... Lo sé...'' Esta vez esas palabras no venían de su mente, la voz no era suya. En lo alto de la montaña estaba sentado, y giró la cabeza para buscar alguien que pudiera haber dicho aquello. De inmediato, vio a su lado el cabello corto y rubio de Iván mecerse al viento. Los ojos del chico rubio miraban al horizonte y parecía no darse cuenta de tener al lado a Néstor. Sí, tenía que ser él quien dijo aquello.
Nés movió su mano frente a los ojos de Iván, que parecía hipnotizado, pero no observó cambio alguno en su rostro. ''¡Iván!'' Le dijo un par de veces, pero no obtuvo respuesta alguna. Intentó tocar su mejilla alargando sus dedos hacia él pero, justo antes de lograrlo, Iván se deshizo en pequeños puntos de colores que se llevó el viento. Luego miró al pueblo que estaba abajo y al sol que se escondía detrás de la lejana sierra que se veía al fondo. Todo se deformó en una espiral y se creó una nueva imagen.
Ahora estaba en el patio de una casa. Reconoció el lugar al instante a pesar de haber estado allí solo una vez, era la casa de un compañero de clase del que no recordaba el nombre. La casa era bastante grande, el patio era bastante amplio y tenía piscina y dos grandes jardines. El cielo estaba oscuro, era de noche, y en aquel patio empezaron a aparecer mesas con refrescos y adolescentes con bebidas en las manos. Todos eran conocidos del colegio Akinas, muchos de su clase. Aquello era el recuerdo de una fiesta de cumpleaños, una que Néstor recordaba bien.
Todos los chicos y chicas que allí estaban empezaron a tomar vida recreando con exactitud lo que hicieron aquel día, Néstor se vio a sí mismo sentado en un columpio que había. De la fiesta hacía casi un año y no había cambiado mucho físicamente, sostenía un vaso de plástico vacío en su mano derecha y hablaba con una amiga que estaba sentada en el columpio de al lado. Era una compañera con la que se llevaba muy bien pero con la que perdió poco a poco la amistad.
Un chico pasó delante del columpio y le dijo algo a la que fue su amiga en aquella época, ésta se levantó y se fue con él dejando a Néstor solo. Se fijó en que se quedó allí sentado un buen rato, lo cierto es que entonces no tenía muchos amigos y cuando alguno de sus pocos amigos se iban, él se quedaba solo. Si tuviera entonces la mentalidad que tenía ahora, se habría levantado a hablar con quien fuera, nunca hay que marginarse. Sin embargo, el Néstor del recuerdo miraba por todas partes y jugueteaba algo nervioso con el vaso que tenía entre las manos.
Entonces se acercó él. El chico que más había bebido alcohol aquella noche, Iván. Se sentó en el columpio que había dejado libre la chica de antes. El chico rubio iba bastante arreglado con una camisa blanca y bebía, cada dos por tres, de una lata de cerveza. Fue entonces cuando por primera vez hablaron. El Néstor del presente se acercó a presenciar por segunda vez aquel encuentro, esta vez sin ser el protagonista. Por supuesto su presencia era totalmente ignorada, aquello era un recuerdo en un sueño.
-¿Tú... -Decía Iván con una ceja exageradamente levantada. -... eres... te llamas...? Tienes un nombre raro ¿no?
Nés, vergonzoso, se agarraba fuerte a las cadenas del columpio.
-Me llamo Néstor. -Respondió. -Sí, es raro.
-Bueno... A mí me conoces ¿no? -Preguntó Iván señalándose a sí mismo de manera ridícula.
-Pues no. -Al oír esto el chico rubio abrió los ojos como platos sorprendido.
-¡Pero si todos me conocen! -Dejó la lata de cerveza en el suelo, parecía que se acercaba lo peor de su borrachera. -¡Soy Iván! Uug... -Se llevó una mano a la boca y dio un pequeño bote como si le hubiera dado hipo. Luego se la quitó y suspiró algo agobiado. -Creo que será mejor que vaya al baño... -Se levantó torpemente del columpio y cayó de cara al suelo, como estaban bastante alejados del resto solo Néstor se dio cuenta.
Nés se acercó y se agachó junto a él dejando el vaso que tenía en el suelo. Agitó el hombro de Iván que estaba bocabajo en el suelo, éste alzó levemente el rostro y lo miró con un ojo cerrado. Iván sonreía y le dijo ''Estoy bien.'' Se levantó por sÍ solo torpemente, pero al estar de pie se tambaleaba. Nés se levantó también y lo miraba con desaprobación. Iván volvió a tropezar pero cayó sobre Nés abrazándolo por encima de los hombros. Él aguantó su peso y evito una nueva caída, sentía la suave piel de Iván tras la fina camisa y olía colonia de hombre en su cuello. Durante unos segundos la poca barba del chico rubio rozó la mejilla imberbe de Nés, algo delicioso al tacto.
Iván cerró los ojos sonriendo, parecía estar agusto dejando el cuerpo muerto sobre Nés. Éste lo desenganchó de él y le cojió el brazo izquierdo para ponerlo sobre su sus hombros y puso su brazo derecho sobre él. De esta manera caminaron hacia la puerta trasera de la casa con andares torpes. Néstor, que sabía dónde estaba el baño, lo condujo hasta allí. Abrió la puerta y lo sentó en el inodoro, luego se dio la vuelta para salir del baño. Iván abría los ojos un poco de vez en cuando y miraba a Nés irse por la puerta.
''No te vayas, por favor.'' El interpelado se dio la vuelta. ''Por favor, no me dejes solo. Quédate conmigo.''
No tenía por qué hacerlo. En parte no quería, pero por otro lado no podía dejarlo así. Pensó que Iván se merecía quedarse allí por emborracharse, y que además ya había sido suficientemente amable con él. Tenía la mano en el picaporte y miró a los ojos de Iván. El chico rubio se enderezó todo lo que pudo y abrió los ojos con esfuerzo para mantenerlos abiertos. Su mirada estaba clavada en Néstor, unos ojos azules enrojecidos que se arrepentían e imploraban compasión.
Cerró la puerta quedándose dentro y echó el pestillo. Iván sonrió y relajó su postura.
-¿Tienes ganas de vomitar? -Preguntó Néstor.
-No. Solo necesito reposar un poco. -Parecía decir la verdad.
-Entonces... ¿Quieres volver a tu casa?
-No sería capaz. Ahora mismo no me siento capaz, pero sí quiero echarme. -Se levantó y se acercó hasta estar a dos pasos de Néstor. Iván sonreía mientras se le acercaba y, de nuevo, se caía al suelo. Nés lo agarró antes de que se golpeara y se sentó manteniendo su cabeza acostada en su regazo. Iván le miró a los ojos, con un tono de ternura dijo ''Gracias. Me cuidas muy bien.''
-No te lo mereces. -Dijo Nés, que de manera insconciente empezó a acariciarle el pelo. Iván cerraba los ojos y esbozaba una enorme sonrisa cuando Nés lo acariciaba. Con sus brazos rodeó el delgado cuerpo de su cuidador.
-Me he puesto esta camiseta para estar guapo. -Empezó a decir el rubio. -Pero no sé para quién, no le gusto a nadie ni nadie me gusta. Pero me gustaría que le gustara a alguien o que alguien me gustase.
-Parece que estuvieses diciendo un trabalenguas. -Le dijo Nés sonriendo. Paró de acariciarlo. -A mí me pasa igual.
-¡No dejes de pasarme la mano por el pelo! -Se quejó Iván. Le cogió la mano a Néstor pero no pudo moverla. La mano que había agarrado abrazó la suya con fuerza y luego entrelazó los dedos con ella. Iván cambió la expresión de su cara, aquello lo descolocó aunque no soltó su mano. -¿Eres marica?
A Néstor le dio un vuelco el corazón, soltó la mano de Iván y se levantó con cuidado para que el chico rubio no se golpease contra el suelo. Éste se levantó y le agarró la muñeca.
-No te he preguntado si eres gay. -Le aclaró Iván. -Te he preguntado si eres un gay cobarde, porque yo sí.
-¿Cobarde tú? -Le preguntó Nés. -Bueno, en verdad no me extraña que quieras ocultar tu orientación sexual, yo también tengo miedo.
Iván lo abrazó por detrás.
-El valor para abrazarte solo lo tendré estando bebido como ahora. -Dijo Iván. -Me conozco y sé que es así. Jamás tendré el valor para demostrarte lo que en verdad me gustaría.
-Me hablas como si yo te gustase desde hace mucho. -Se quejó Nés.
-Y así es. -Lo abrazó más fuerte. -Me fijé en ti el primer día de clase de este curso. Cuando los de primero teníais educación física en el patio, te miraba desde la ventana de mi clase. No te sacaba de mi cabeza y deseaba que algún día te volvieses para mirarme.
Néstor suspiró.
-Me cuesta creerlo. -Dijo.
-Pues te lo demostraré. -Iván le dio la vuelta y agarró su barbilla, lo besó acariciándole con la otra mano su pelo castaño. Luego soltó su barbilla una vez Néstor se dejó llevar y llevó esa mano a su espalda. Sus labios estaban pegados y sus lenguas se tocaban con suavidad. Compartieron con sus cuerpos la pasión del beso y se pegaron todo lo que pudieron el uno al otro.
Iván despegó sus labios y empezó a besarle el cuello, a veces tan fuerte que podía dejarle marca. Néstor se estremecía, coló sus manos bajo la camisa de Iván. Recorrió sus abdominales y luego su pecho, para hacerlo más fácil Iván se desabrochó la camisa. Por su parte Iván hizo lo mismo sin dejar de besarle el cuello y la clavícula, le quitó la camiseta a Néstor y continuó besándole el pecho. Nés se separó de golpe, habían llamado a la puerta. Le hizo señas a Iván para que estuviera quieto y callado.
Tras un par de minutos en silencio dejaron de llamar a la puerta, ya se habían vestido.
-Aprovechemos para irnos ahora. -Dijo Néstor.
Salieron de allí. Ya estaban en el patio.
-Bueno... -Empezó a decir Néstor. -Es hora de que vuelva a casa, iré a despedirme.
Iván volvió a los columpios, que estaban cerca, y se sentó en uno de ellos.
-Yo aún no me encuentro del todo bien. -Confesó Iván. -Me gustaría... que me acompañases de vuelta a casa. No me apetece despedirme, así que te esperaré aquí sentado.
Solo con una mirada que no quería decir nada Néstor se dio la vuelta y buscó al chico del cumpleaños. Una vez se hubo despedido de aquel compañero y de otros conocidos volvió con Iván, estaba casi dormido sentado en el columpio. Aquel aspecto de cansancio en Iván le pareció hermoso.
-Vámonos. -Dijo Néstor tendiéndole una mano. Iván la cojió y se levantó del columpio. Luego soltó su mano y salieron de la casa.
El Néstor real siguió a los protagonistas del recuerdo, iba al lado del Néstor de entonces y lo observaba atentamente. ''¿¡Tan delgado soy!?'' Pensó para sí. Los dos chicos que acababan de salir de la fiesta aún no habían intercambiado palabra alguna, solo iban enganchados con un brazo en los hombros del otro. Iván seguía caminando con dificultad, más que nada por cansancio. De repente el Néstor espectador observó algo extraño al lado de aquel Iván, el aire parecía moverse desdibujando la pared de la calle por la que pasaban. Luego aquello paró, no tenía ni idea de qué podría ser eso.
-¿Es aquí?
-Sí, es aquí donde vivo. -Respondió Iván señalando con el índice al portal número doce. -Mi piso es el segundo derecha.
Néstor lo sentó en el potal y de pie frente a él se despidió con la mano, se notaba que se contenía las ganas de besarle.
-Ven, acércate por favor. -Pidió el chico rubio. -Necesito... -Antes de poder terminar Néstor se volvió y le plantó un beso en los labios, uno muy cortito pero inmensamente dulce.
Luego le dedicó una sonrisa a Iván y se dio la vuelta para marcharse.
-Hay algo que no puedo sacarme de la cabeza. -Dijo Iván. -No paro de preguntarme si esto esta bien... Besar a otro chico.
-¿Eres religioso? -Preguntó Néstor. Iván negó con la cabeza.
-No, es solo que... -Suspiró. -Que siento como si... Estuviera deseando lo contrario a lo que debo.
-Sé lo que es eso. -Lo miró a sus ojos azules. -Pero no puedo darte una respuesta que te quite ese pesar, eso es algo que deberás solucionar tú mismo.
-Pero... Yo siempre he intentado explicarlo todo... científicamente, y desde ese punto de vista...
-Está mal. -Sentenció Nés.
-Está mal, sí, y lo sé...
-Lo que has de descubrir es qué te importa más, si hacer daño a lo que crees correcto, a tus creencias sean cuales sean, o si hacerte daño a ti mismo. -Néstor sonrió. -Piénsalo, yo decidí que lo más importante soy yo, aunque suene sacado de un libro de autoestima es eso lo que me dije. Estoy contento así.
-No, no... No me creo que estés contento. Te he visto muchas veces solo en el recreo o hablando con alguna chica. Me cuesta creer que estés contento. -Aquello fue como una puñalada en el corazón a Nés. -Además... Se meten conmigo. Lo siento... me niego a perder amigos solo por algo que también puede hacerme sentir una chica.
-¡¿Pero de qué estas hablando?! -Gritó Nés con los puños cerrados. -¡Sabes bien que lo que has sentido hoy no lo puedes sentir con una chica! y... ¡¿tú qué sabrás sobre mi vida?!
-Lo siento mucho Néstor, pero no quiero verme como tú.
-¡Eres gilipollas! -Le gritó Nés. -Te acompaño a tu casa, cuido de ti, nos besamos y ahora me vienes con esto. ¿Qué clase de cobarde eres?
-Soy un cobarde, vale, pero ¿de verdad esperabas que fuera a pensar igual que tú? -Se levantó y se puso frente a Nés. -¿Crees que acaso me gustas? Para mí eres un chico con el que he pasado un buen rato, pero no tienes nada que ver conmigo ¿¡Te queda claro!?
-¿¡Y todo aquello que decías, eso de que te fijaste en mí?!
-¡Lo dije porque estaba borracho! -Chilló Iván. -Así que olvídalo, lárgate. Soy un cobarde, un cabrón, una mala persona, el que se inventaba los motes de los demás, el más chulo y el más gilipollas. No soy buen estudiante, soy la oveja negra de mi familia y a todos les caigo mal, aunque digan ser mis amigos les caigo mal. Soy lo peor y no pienso cambiar. No tuviste que traerme aquí, tendrías que haberme dejado en el suelo. ¡Olvídate de mí!
-¡Ya sé que eres de lo peor! Me lo has demostrado. Y yo debería ser el que dijera que me olvidases, te contradices y te cabreas sin más. Arregla tu vida, aclárate y vete a la mierda un rato. -Néstor se dio la vuelta y se fue.
-¡Maricón de mierda! No me gustas ¿vale? Un marginado como tú no me tiene que decir cómo pensar. -Néstor ya estaba casi al final de la calle, solo veía su espalda alejarse en la oscuridad de la noche. A Iván le dolía haberle dicho todo aquello, pero era la mejor forma de alejarlo de un imbécil como él. Lágrimas recorrían su rostro una vez Néstor desapareció en la oscuridad. -Nunca tendré el valor suficiente... Lo siento.
El Néstor verdadero observaba entristecido el final de aquél recuerdo olvidado de su memoria, miraba las cristalinas lágrimas que brotaban de tan hermosos ojos. Entonces volvió a ver algo extraño junto a Iván, ese aire que se movía distorsionado colores y formas. Una silueta se creó de aquel extraño aire, una casi idéntica a la del Iván que estaba allí. La silueta adquirió rostro y cuerpo, era Iván. El Iván real con el que se aventuró en el laberinto de Tarkanen.
-¿Iván?
-¿Néstor? -Se giró sorprendido al escuchar como el chico de pelo castaño lo llamaba. El Iván del recuerdo se deshizo en polvo de colores, igual que el resto del escenario de aquella noche. Ahora en mitad de un espacio gris ambos chicos se miraban.
-¿Te estoy soñando? -Murmuró Nés.
-No, debo de ser yo el que sueña... -Respondió Iván con ojos como platos.
Estuvieron un rato en silencio. ¿Sería un sueño de los dos? ¿Soñaban lo mismo? ¿Era real Iván, era ese Iván que confesaba su amor?
-Aunque esto sea un sueño... -Dijo de repente Iván. -Necesito decir algo.
Néstor alzó la cabeza y lo miró a los ojos.
-Perdóname.
Nés continuó en silencio.
-Quería que me odiaras. Nos habíamos besado esa noche, pero yo sabía que no podría corresponderte como debía de ser. Tuve que darme cuenta antes, tuve que haber esperado a madurar para besarte. -Dijo el chico de ojos azules.
-Madurar... -Néstor se rió. -Llamas madurar a no tener ni un poquito de vergüenza, pero... me vale. -Luego sonrió. -Perdóname tú a mí también. -Añadió. -Perdóname por odiarte todo este tiempo.
Se acercaron sin pensarlo, querían juntar sus labios en un cálido beso. Sin embargo, un ruido estridente, parecido a interferencias radiofónicas, les interrumpió en mitad de aquella nada. Miraron en dirección al origen y vieron como a lo lejos aparecía el viejo Leopold.
-¡¿Iván?! -Exclamó Leopold. -Esperaba encontrarme tan solo a Néstor pero imagino que habéis de tener facilidad para coincidir en un mismo sueño.
El anciano vestía una extraña capa blanca sobre la ropa que llevaba cuando le conocieron.
-En fin, no importa. -Continuó el anciano. -Mejor así, además creo que sería bueno traer también a las chicas. Esperad con Damián, ahora vengo. -Chasqueó los dedos y desapareció. Se formó un nuevo paisaje alrededor de ellos, una explanada de tierra estéril y un par de montañas, y a unos metros estaba Damián con una expresión algo confusa en el rostro. Leopold Artemis volvió a aparecer, esta vez junto con Verónica y Lara.
-¿Qué es lo que quieres hacer abuelo? -Preguntó Damián.
-Veréis, es que no pude quitarme de la cabeza aquello que decía Néstor de que no conoce su Arma Carácter. -Dijo cual detective de novela. -Y... si él sigue sin conocerla... -Miró a Nés con las cejas arqueadas. Éste asintió confuso. -... podría ayudarle a ello.
-¡¿En serio?! -Exclamó pletórico Nés. - ¿Cómo la podré invocar? ¿Qué tengo que hacer?
-Bueno... -Siguió el anciano con tono divertido. -Damián tampoco la ha invocado hasta ahora, pero sí la vio en su mente... Estaría bien que viésemos ambas en acción. ¿No? -Gesticulaba de manera ridícula y sonreía orgulloso de la genialidad que se le había ocurrido. -Quiero que tú y mi nieto os enfrentéis.
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Algo curioso, o quizá no tanto, sobre los participantes del juego que se libraba en el laberinto, era el hecho de que casi todos estaban agrupados e intentaban esconderlo. Bueno, hay que decir que tanto Electro, Aero como Aqua no disimulaban mucho en ocultar su complicidad, ya que los tres vestían de forma similar. Y tampoco todos los participantes estaban aliados en grupos; el hombre de aspecto atlético, que fue rival de Lara en el reto inicial, participaba por su cuenta. Claudia, la que coincidió con Vero en el cementerio, Elisa, la niña de las coletas que conoció Iván, y el niño pelirrojo que lleva a cuestas una enorme cruz envuelta en vendajes, el que compartió reto con Néstor, dormían en una misma habitación gracias a la tarjeta blanca que obtuvo Elisa.
Por lo tanto, se podría decir que cuatro frentes distintos compiten por la Llave Legendaria de Tarkanen: El trío de túnicas negras, participantes Diez, Once y Doce; otro liderado por Claudia y secundado por los dos participantes más jóvenes, números Dos, Cinco y Seis; después Leopold Artemis, su nieto y sus amigos, Cero, Tres, Cuatro, Siete, Ocho y Nueve; por último el curioso hombre de aspecto atlético. Éste último era un hombre sencillo, un hombre corriente al que la vida le cambió en unos segundos y que no se detendría ante nada para conseguir la Llave Legendaria. Su nombre Enrique, su número el Uno.
Enrique descansaba desnudo y destapado sobre la cama que había en la habitación que se le había proporcionado para el descanso. Había cenado en soledad, el silencio le acompañaba y su corazón roto le atormentaba. Aún no había conseguido conciliar el sueño y se pasaba la mano por su corto pelo moreno de manera compulsiva pero lenta a la vez. La otra mano descansaba sobre sus marcados abdominales. Cerró los ojos y repasó sus últimos días fuera del juego de Tarkanen, las últimas semanas antes de llegar.
Un mes antes de que su vida cambiara solía pasar los días en casa de su hermana. Vivían en un piso de lo más corriente, apto para que vivieran cuatro personas pero que en el tiempo en el que él estuvo allí solo estaban ellos dos. Su hermana era más joven que él, dos años. Ella era una chica sencilla, enamorada de su novio que estudiaba en el extranjero y aplicada estudiante de tercer año de medicina. Salá, responsable y amable. Él es muy parecido a ella, pero más desconfiado y algo más frío pero, como ella, divertido.
Él no estudiaba, él era delantero en el equipo de fútbol de su comunidad autónoma. Famoso pero solo para los seguidores de su equipo, un deportista corriente en un punto de su trayectoria de lo más estable y feliz. También estaba prometido, como su hermana, con una joven madre soltera, una poco conocida actriz que se dejaba ver en películas independientes que amaba y defendía a su hijo y, al mismo tiempo, la mejor amante que pudo conocer Enrique. Su nombre es Paz, y el de su hijo Pablo.
Paz acompañaba las mañanas de los sábados y domingos a su prometido por el parque haciendo footing. Ambos derrochaban vergüenza ajena esas mañanas, lanzándose sonrisas llenas de felicidad y caras de burla. Cuando Paz se cansaba disminuía su velocidad, siempre en una zona cubierta de césped, y Enrique por detrás llegaba corriendo a embestirla y tumbarla en un abrazo. Luego peleaban sobre el verde césped haciéndose cosquillas e intentando no molestar a los jóvenes de pinta emo u otaku que había sentados reunidos a la sombra de algún árbol. Eran inmensamente felices y hacía ya unas semanas que él le pidió matrimonio. La boda sería en Agosto, aún faltaban meses.
Pablo era un chico de catorce años muy avispado, salao, y de amigo de aquellos que iban al mismo parque que Enrique y Paz, es decir, también tenía un estilo algo emo y otaku. Un piercing en forma de aro la parte izquierda del labio inferior, otro en la parte derecha de la nariz, pequeñito y brillante, y uno más en el lóbulo de su oreja derecha que tenía forma de puñal, plateado y en miniatura. Su pelo oscuro era liso, no, lo siguiente, mitad del flequillo le caía en la cara tapándole el ojo izquierdo y el resto lo llevaba algo despeinado, no de punta, despeinado de manera que le hacía un niño de aspecto gracioso y dulce por muchos piercings que llevara. No se maquillaba en absoluto, sus labios y sus ojos verdes lo hacían inmensamente atractivo con su piel blanquita pero no en exceso; Damián en comparación es más blanquito. A fin de cuentas, un pequeño chaval que resultaba una ricura, sobre todo porque además era risueño y muy optimista al contrario que sus amigos.
-¡Oye, oye! Enriquecido quédate en casa ahora que ella se va y juguemos a la play. -Pablo se llevaba genial con el novio de su madre y estaba feliz de que fuera a convertirse en su padrastro, no se cortaba en decirlo.
-¡¿Enriquecido?! -Se quejaba Enrique abrazado a Paz junto a la puerta principal. Ella reía ante la ocurrencia de su hijo y acostaba su cabello oscuro y corto, un estilo a Vero, sobre la clavícula de su prometido. -Vale, está bien. Ve poniéndola y me despido de tu madre, después de jugar he de volver con mi hermana. Ya sabes que esta viviendo en mi piso una temporada.
-¡Pero si vivís al lado! -Protestó Pablo. Paz y su hijo vivían en el tercero derecha del edificio, Enrique y su hermana en el tercero izquierda. La pareja se conoció años atrás cuando ella se mudó al piso en el que ahora vive con su hijo. -Lo justo sería que te trajeras a tu hermana y cenáramos todos aquí pizza.
-Pero es que ella se encuentra algo enferma, mejor que pase toda la noche con ella por si le necesita. -Explicó Paz a su niño.
-Bueno, da igual. Lo único que quiero es echar una partida con Enriquecido. -Respondió el niño con tono gracioso. Enrique emitió un gruñido infantil y, en cuanto Pablo se metió en el salón, besó apasionadamente a su prometida un buen rato ante la puerta. Luego entró al salón donde estaba Pablo poniendo la consola.
- Vaya pavo que tienes ¿Cuándo dejarás de llamarme ''enriquecido'', eh, Pablito? -Dijo Enrique.
-Cuando tú dejes de llamarme Pablito. -Respondió el niño haciendo una mueca y poniendo énfasis en la última palabra. Mientras encendía la tele y buscaba el canal para jugar.
Entre los canales que pasó Pablito estaba el local de la ciudad en el que echaban un informativo, solo vieron a una reportera en la calle y de fondo una humareda gris y gente corriendo.
-A ver, espera. Deja este canal. -Dijo Enrique.
Se trataba de una conexión en directo. Por lo visto había explotado algo en una de las plazas más conocidas, no se sabía aún de qué se trataba a causa de la enorme cantidad de humo. La reportera intentaba preguntar a la gente que salía corriendo desde el lugar de los hechos. Un hombre gordito y con un pequeño bigote fue uno de los pocos que dijo algo ''¡Es enorme! ¡Es imposible!'' luego le aconsejó a la reportera abandonar el lugar y salió corriendo. El humo se disipaba y la joven reportera de espaldas a la cámara esperaba divisar algo en aquel lugar.
Una silueta enorme y alargada se dibujaba tras el humo cada vez más disipado, parecía un enorme muelle. La silueta se movía doblando su alargado cuerpo como una serpiente. Se escuchó un rugido estridente que hizo que la reportera se tapase los oídos con ambas manos, era un rugido que helaba los huesos al oírlo. Enrique y Pablo giraron sus cabezas hacia el balcón que tenía las cortinas echadas, también escucharon el rugido venir de allí. Pablo corrió hasta el balcón y abrió las cortinas y desplazó el cristal, salió al balcón. Enrique le siguió pasmado.
Allá en la lejanía un monstruo de dimensiones bíblicas se erguía en el centro de la ciudad. Era un gusano enorme, no, un gusano no. Una criatura jamás vista, terrorífica se manifestaba en mitad de la ciudad.
-Paz... -Murmuró Enrique. Con un nudo en la garganta pensó rápido que podía hacer. -Pablo, vamos a por tu madre y huyamos de la ciudad. -Pablo asintió sin dejar de mirar la bestia que ahora se entretenía en atravesar edificios como un gusano en una manzana.
Corrieron hacia la puerta y cuando pasaron por delante del televisor Pablo se fijó durante unos segundos en la pantalla. La reportera ya no estaba, el cámara retrocedía nervioso sin dejar de filmar aquel enorme bicho. Enfocó la cabeza de la criatura, seis ojos rojos a cada lado y en fila, una fila de dientes pequeños torcidos y afilados hasta el último ojo, piel negra y escamosa desde la mandíbula superior que cubría toda la mitad trasera de su cilíndrico cuerpo, el resto era una masa grisácea, una carne de aspecto asqueroso. Sobre la cabeza de la criatura se divisaba algo alargado, como si llevara algo sobre ella, Pablo no pudo adivinar qué era pero apostaba a que se trataba de una persona.
Una vez en el coche, que estaba aparcado en la calle cerca del portal del edificio, huyeron en la misma dirección que otros tantos que abarrotaban la carretera. Parecían vivir una película de catástrofes. En cuanto pudieron salieron del atasco en el que estaban y Enrique condujo en dirección al monstruo.
-¿Mi madre está allí? -Preguntó el niño. Enrique no respondió, solo pensaba en llegar a tiempo.
Pararon en una calle donde el suelo estaba partido y formaba una enorme pared de escombros frente a ellos. La criatura les daba la espalda unos kilómetros más allá. Ahora estaba quieta, solo movía la cabeza de un sitio a otro como si con sus doce ojos buscase algo. Habían bajado del coche y se acercaron a una puerta del edificio de la derecha, Enrique llevaba a Pablo cogido del brazo. Antes de llegar a tocarla, la puerta se abrió. Un grupo de gente salió corriendo de aquella puerta, algunos empujando a Enrique. Paz salió corriendo por aquella puerta.
-¡Paz! -Gritó Enrique.
-¡Enrique! -Gritó ella.
Se juntaron en un fuerte abrazo, Pablo también. Un rugido de la bestia que arrasaba la ciudad les hizo separarse y girar mirando hacia ella. La criatura se acercaba hacia donde ellos estaban, en concreto hacia el edificio de donde había salido paz. En consecuencia corrieron hasta el coche y subieron los tres, Enrique conducía. Esta vez saldrían de la ciudad.
Al principio no hubo dificultad avanzar por las calles, pero luego el horizonte se llenaba de coches parados y abandonados, otros en marcha que intentaban salir y algunos estrellados. Una mujer se acercó a la ventanilla del coche, donde estaba Enrique.
-¡No sigáis, moriréis si abandonáis la cuidad! -La mujer continuó alertando a otros que conducían en la misma dirección.
Siguieron avanzando despacio al igual que otros tantos vehículos, pero cada vez más gente que huía despavorida les aconsejaba no continuar. Entonces en el cielo del horizonte divisaron piezas metálicas que levitaban hacia el cielo y se desintegraban en cenizas, decidieron bajar del coche y acercarse a pie. Multitud de personas abandonaba sus coches y huía en dirección contraria a la que vinieron. ¿Qué estaría pasando?
Una barrera en el límite de la ciudad, un espejismo rojizo con forma de cúpula que envolvía la ciudad y que impedía toda comunicación y paso de materia. Todo lo que tocaba ese aire rojizo se desintegraba en trocitos, luego en ceniza y la ceniza en nada. Era espectacular ver como los vehículos de aquellos incrédulos se lazaban de lleno contra aquella barrera airosa y el automóvil se despedazaba, carbonizaba y desaparecía al igual que sus ocupantes.
La terrible criatura en el centro de la ciudad y en los límites una muerte instantánea. Paz y Pablo, eran su responsabilidad salvarlos como fuera. A Enrique solo se le ocurrió esconderse en algún lugar seguro dentro de la ciudad y esperar a que todo acabara sin más, porque aquello tenía que acabar no podía ser real, debía ser una pesadilla. Sintió como una bocanada de aire caliente le golpeó la espalda y se giró para mirar, tras ellos estaba la enorme bestia con su hocico a unos metros de ellos.
Esta ves Pablo pudo verlo bien, era un hombre. La persona que estaba sobre la cabeza de aquella bestia era un hombre de mediana edad, vestido con traje y corbata, parecía todo un caballero. Su rostro jovial mostraba una hermosa sonrisa y su cabello corto y oscuro se dejaba balancear por el viento. Por supuesto desconocían su nombre, Guillermo H.
-Muy buenas. -Saludó el hombre trajeado a los tres que tenía enfrente. Se bajó de la criatura de un salto y ésta permaneció inmóvil tras su amo.
-¿Qué... quién...? -Balbuceó Enrique.
-Guillermo H. -Dijo el misterioso caballero tendiéndole una mano que Enrique tardó en estrechar. -Mucho gusto.
-¿Hache? ¿El apellido es... -Preguntó Pablo espontáneo.
-No. -Lo cortó Guillermo. Miró a los ojos del niño con expresión seria. -El apellido no debe ser ni pronunciado ni escrito, solo su inicial. La hache. -Luego se dirigió a Enrique con una expresión más relajada. -¿Eres Enrique, cierto? -Éste respondió asintiendo. -Bien, he venido a borrar esta ciudad, a destruirla, a hacerla desaparecer, pero antes necesito tu ayuda, quiero que me hagas un favor.
-¿Por qué? ¿Por qué dices... eso de destruir la ciudad? ¿Controlas a esa cosa? -Preguntó Paz abrazada a su marido. -¿Eres el responsable de todo esto?
-Sí, todo eso es cierto. -Dijo Guillermo con una sonrisa. -Aunque no os explicaré los motivos de por qué destruyo esta ciudad. Simplemente, os aburriría escucharlas ahora. -Tras decir esto carcajeó levemente. -Dejaré que ellos dos vivan a cambio de que me prestas tu fuerza y agilidad.
-¡¿Por qué yo?! ¡¿Por qué esta ciudad?! -Enrique alzó su pierna derecha desprendiéndose de su mujer para golpear a Guillermo al mismo tiempo que gritaba aquello. El hombre esquivó con facilidad aquella patada y las demás que le intentó dar el futbolista. -¡Te voy a matar cabrón! ¡No vas a negociar sus vidas y no vas a destruir esta ciudad! ¡Me da igual lo grande que sea tu mascota y los motivos que tengas! -Seguía intentando golpear a su objetivo incluso practicando técnicas capoeiras pero resultaba inútil ante la increíble gracilidad de Guillermo. Pablo observaba la situación emocionado y su madre no paraba de implorar a su prometido que parase. Guillermo reía a cada movimiento. Su risa era increíblemente molesta y cabreaba aún más a su agresor.
-Bueno, para ya ¿no? -Dijo Guillermo al hacerle una llave paralizadora cogiéndole del brazo derecho. - ¿Vas a cooperar sí o... sí?
-Dices que quieres mi fuerza y agilidad, pero tú eres mejor que yo. -Dijo jadeando Enrique. -Eres más rápido, físicamente eres perfecto. ¿Por qué quieres mi ayuda?
-Porque necesito que consigas algo, que a mí por ser quién soy no se me permite.- Respondió. -No te importa el motivo, tú debes hacerlo si quieres que tu prometida y su hijo vivan. ¿Aceptas?
Tras unos segundos de silencio, Enrique aceptó. El hombre trajeado, Guillermo H., estuvo entrenándole en el uso de la Imnergía y le habló del juego que se libraría en el Laberinto de Tarkanen una vez le tatuó el número uno. Los días los pasaban en la calle, en el mismo sitio derruido donde estuvieron al conocer al misterioso hombre; solo iban a casa para lo estrictamente necesario, Guillermo los tenía vigilados constantemente. La ciudad en esos días se fue quedando inhabitada, la gente se suicidaba ante la desesperación de no poder escapar de una criatura que debía saciar su hambre cada día.
-Hay algo que quiero aclararte, se me había olvidado. -Dijo un día su oscuro entrenador. -En el juego participará un anciano llamado Leopold Artemisy es posible que tenga aliados, localízalos y acaba con ellos pero no con el viejo.
Siempre que entrenaba, Paz y Pablo lo observaban todo sentados unos metros más allá. Así lo exigía Guillermo. La joven prometida perdía peso y no dormía, Pablo también estaba afectado aunque menos. Paz lloraba los primeros días pero luego pasó a un estado desconcertante en el que ni sonreía ni se asustaba, solo miraba. Pablo no cambió como su madre, pero al verla en ese estado y al contemplar como Enrique día tras día se sacrificaba por ellos su ira iba creciendo. Deseaba la muerte a Guillermo y a su enorme mascota. Aquella situación estaba desintegrando sus corazones.
El día en que empezó el juego, el día en que Guillermo fue de golpe trasladado al laberinto, sucedió algo que le tenía con un nudo en la garganta y le hacía llorar. Fue durante un entrenamiento.
-Mi enhorabuena. -Decía Guillermo. -Por fin has conseguido rozarme, te ha costado tres semanas pero lo has hecho. -Enrique lo miraba con una cara impasible que contenía el mayor odio que jamás en su vida pudo soportar.
-¿Puedo ahora abrazar a mi prometida? -Preguntó Enrique con su tono más correcto. Deseaba poder tener algo de contacto físico con ella, pues Guillermo no se lo había permitido en aquellas tres semanas. Paz tenía sus tristes pupilas clavadas en su marido y sus ojos llenos de lágrimas. Pablo miró con detenimiento el rostro de su madre.
-Verás... -Guillermo se acercó a su querida criatura y acarició su escamoso hocico. -Si te lo permitiera no estarías lo suficientemente motivado para obedecerme. Es por eso que además de no tocarles retendré a tu querida y a su retoño hasta que me traigas la Llave Llegendaria de Tarkanen.
-¡¿Y eso que coño quiere decir?! -Gritó Pablo. -¡No tienes derecho a hacernos esto!
-Quiere decir... no. -Aclaró el hombre trajeado.
Enrique dejó caer sus rodillas al suelo, aún con una expresión que no denotaba emociones. Una lágrima recorrió su rostro y la mujer a la que amaba gritó mostrando el dolor más desgarrador que sufría su corazón. Pablo se levantó de donde estaba sentado y corrió hacia Guillermo con un puño amenazante. La enorme bestia se interpuso entre su amo y el niño, un fuerte puñetazo de aquella pequeña mano golpeó las duras escamas.
Una enorme fuerza de rechazo surgió de la escamosa piel e impulsó el brazo de Pablo y todo su cuerpo. Salió disparado, sus pies se levantaron del suelo y todo él fue impulsado a volar sobre los edificios de la ciudad.
-¡Pablo! -Gritó Paz. Corrió en dirección siguiendo la estela de su hijo en el cielo.
Enrique giró la cabeza, sus pupilas seguían al niño y sus ojos temblaban de incredulidad. Pero algo lo distrajo, su cuerpo empezó a brillar.
-Oh, parece que ya es la hora. -Dijo complacido Guillermo. -Ya sabes, consigue la Llave, destroza a cualquier aliado de Leopold, a él no. Entonces los volverás a ver.
Antes de desaparecer de allí, veía como el brazo derecho de Pablo rozaba la masa de aire rojizo. Un chico de catorce años que amenaza con desintegrarse por haberse revelado contra Guillermo H.
Esos eran los recuerdos de Enrique, un hombre atormentado con la imagen más tétrica del caos y atormentada del amor.
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Era inútil discutirlo. Damián y Néstor debían enfrentarse si querían descubrir el Arma Carácter de Néstor. Lepold estaba empeñado en que era la mejor forma y más inmediata. Lara y Verónica no se mostraron reacias por mucho tiempo, aunque también reaccionaron como sus amigos en un principio. Vero parecía más preocupada por Damián, propuso buscar una manera de que Néstor lo consiguiera sin tener que pelear contra Damián. Iván fue más radical en ese aspecto, no quería que Néstor se arriesgara a salir herido; sobran explicaciones.
-Tranquilos, tranquilos. -Imploró el anciano. -Sabéis de sobra que no permitiré que se lastimen. Es decisión de ellos si pelear entre ellos, solo será una forma de entrenar y ayudar a Nés.
¿Nés? ¿Por qué lo había llamado así? Qué enrollado el anciano ¿no?
-Yo estoy dispuesto si esto me ayuda. -Dijo Nés. -Me siento algo marginado siendo el único que no sabe invocar su Arma Carácter.
-Por mí no hay problema. -Añadió Dam.
-Bien, en ese caso yo estaré aquí cerca de vosotros. -Dijo Leopold. -Vosotros echaos atrás. -Dijo al resto. Obedecieron. -Empezad una pelea física con la ayuda de vuestra Imnergía, luego Damián invocará su arma y Néstor debería llegar a ser capaz de hacerlo también. Después despertaremos en la habitación, no nos queda mucho tiempo de descanso.
Nés tragó saliva y se colocó frente a Damián. Éste por otro lado se remangó y se metió las manos en los bolsillos, tranquilamente frente a Néstor. Leopold sonreía de la impaciencia, Iván se mordía las uñas de los nervios, Vero miraba algo resignada y Lara estaba expectante por ver lo que sucedería.
-¿Listos? -Irrumpió el viejo.- ¡Ahora!
Damián en un movimiento fugaz se colocó junto a Néstor con el pie derecho tocándole la mejilla izquierda. Nés tragó saliva de nuevo y miraba asustado a Dam.
-¿No quieres pelear? -Preguntó Damián.
-¿Cuándo... te has movido? -Tartamudeó Nés.
-No te cortes en golpearle Damián. -Dijo Leopold. -¡Que espabile!
-¡Pero será... ! -Gritó Iván. Vero le sujetó ambos brazos para impedirle llegar hasta el anciano.
-Vale. -Damián sonrió y bajó la pierna. -Espabila tío. -Le dijo a Nés.
Néstor apretó los dientes y cerró los puños cabreado. Intentó golpear en la cara a Damián con su puño derecho, no lo consiguió. Con gracilidad, el chico de pelo oscuro esquivó sus ataques. De manera fortuita, Nés conseguía esquivar alguna patada de su rival y aveces corría huyendo de él. Cuando hacía esto, el abuelo de Damián lo miraba con el entrecejo fruncido.
Buen parte del combate transcurrió de aquella manera, un tanto cómica, hasta que ocurrió por fin el milagro. Nés consiguió acertarle de lleno en la mejilla izquierda a Damián de un codazo. Hacía rato que entendía que la Imnergía la empleaba Damián momentos antes de atacar o esquivar, de manera que la combinación movimiento-Imnergía fuese más espontánea y efectiva. Pronto se volvió tan bueno como Dam.
Ambos chicos empezaron a cogerle gusto a recibir y dar golpes, se les veía contentos. Parecían dos bailarines sincronizados que se entendían a la perfección, lo que hizo sentir celos a Iván de manera infantil. Aquello podría haberse hecho más largo de no ser por Leopold.
-Por favor Damián es hora de que invoques tu Arma Carácter. -Dijo su abuelo.
Damián asintió y saltó unos metros más atrás de donde se encontraba.
-Prepárate Nés. -Anunció el chico. -Ahora viene lo bueno. -Cerró los ojos y recordó la imagen que vio en el vestíbulo del laberinto. El Arma Carácter que desveló en su mente el Juez, algo alargado, casi infinito y plateado. Extendió sus manos y un haz de luz grisácea se acumuló en sus palmas. De sus mangas también salieron unas corrientes de aire o luces grisáceas, que se encontraron con la energía posada en ambas manos.
Aquello tomó forma. Dos cadenas plateadas que salían de sus mangas y obedientes descansaban sobre sus manos. Damián las sujetó con fuerza. Sus cadenas terminaban en unos largados y finos prismas plateados.
Todos se quedaron boquiabiertos ante aquello, todos menos Leopold.
-Ataca. -Ordenó Leopold.
Damián giraba cuales ventiladores ambas cadenas antes de lanzarlas en línea recta contra Nés. Éste las esquivaba de salto en salto, sin embargo conseguían rozarle y rasgarle su camiseta de rayas negras y blancas. Intentó concentrarse en su arma, quizá si vio algo borroso fuese porque no se tratase de algo sólido. Pensar en ello le distrajo y Damián lo aprisionó con sus cadenas rodeándole el cuerpo, por suerte su brazo derecho quedó libre.
Tenía que ser algo que no había imaginado hasta ese momento pero ¿qué? Con los ojos cerrados dibujó en su mente aquella nube borrosa que vio en el vestíbulo del laberinto. Aquella nube no paraba de moverse haciendo formas, no parecía que ninguna tuviese sentido. Sin darse cuenta la nube formó en su mente un rostro de ojos y labios diabólicos, torcidos y con forma de sierra. Al principio aquello lo asustó, pero durante un segundo le hizo sentir pletórico y echó a reir a carcajadas.
De repente despertó de su ensoñación, paradójicamente dentro aún de aquel sueño común para todos, y se encontró a sí mismo riendo de forma psicópata enredado aún en las cadenas plateadas. Calló y miró a todos sus amigos, incluido Leopold, absolutamente todos estaban paralizados. Estaban con la misma cara, una de real asombro y desconcierto.
-¿Qué... es tan... gracioso? -Preguntó tartamudo Iván.
-No lo sé. -Respondió avergonzado Nés.
-Es una risa realmente diabólica e inquietante. -Murmuró para sí Damián.
- Pero ¡¿Qué cojones ha sido eso?! -Blasfemó Leopold. Luego se frotó la cara con sus arrugadas manos. -En fin... ¡Invoca de una vez tu Arma Carácter!
Néstor intimidado por la orden del anciano obedeció y al instante pensó en invocarla. ''Un momento... ¿Por qué la veo ahora tan clara?'' Se preguntó en su fuero interno. Sí, ahora la veía con claridad.
Ya sabía qué era. Abrió los ojos con decisión y un haz de energía negra rodeó sus pies. El viento se levantó en aquella explanada desértica soñada y un torbellino majestuoso de color oscuro lo envolvió. Metros por encima de su cabeza la energía oscura se acumuló formando un enorme prisma rectangular. En mitad de una de la cara inferior del prisma se formaba un fino cilindro retorcido con la energía oscura que volaba a su alrededor, así hasta que su mano derecha abrazó el final de lo que parecía la retorcida empuñadura del más tétrico de los martillos.
Los ojos de Nés eran más marrones que nunca, su expresión era de alivio a más no poder y en su mano sujetaba su Arma Carácter. Sí, un increíble martillo de color negro cuya empuñadura se retorcía con dibujos grabados en ella hasta soportar la rectangular y amenazante cabeza prismática.
Se deshizo de las cadenas de Damián de un parpadeo que liberó una enorme cantidad de energía oscura. Agarró el alargado y oscuro mango con ambas manos.
-Empecemos. -Pidió sonriente Néstor.
En un instante desapareció y volvió a aparecer en el aire unos metros por encima de Damián, blandió el martillo con intención de aplastarlo. Damián lo esquivó con facilidad pero aquel golpe destrozó y agrietó el suelo. Nés posó la punta de su pie izquierdo sobre el final del mango, aguantando el martillo su propio peso. Reía feliz, pero con su voz habitual.
Dam lanzó una de sus cadenas hacia la pierna de Nés apoyada en el martillo, la otra hacia el larguísimo mango. Ambas formaron una espiral alrededor de sus objetivos antes de abrazarlos. Sin embargo, Nés consiguió escapar a tiempo, su martillo quedó preso de una de las cadenas. Luego de un salto se trasladó a unos palmos de Damián. El chico de pelo castaño casi flotaba bocabajo frente a Dam, sonriendo y con los ojos fuertemente cerrados de inmensa felicidad. Con una pirueta tan fugaz como imperceptible golpeó el estómago de Dam de una patada y lo mandó a volar. Rápidamente lo alcanzó abrazándolo por detrás y con su mano izquierda agarró su mano izquierda. Damián por un momento se sonrojó ante el contacto, pero supo al instante que lo que quería Nés era agarrar la cadena que salía de su manga izquierda. Así tirar de ella y traer directo hacia ellos el martillo que sujetaba la cadena para golpear a Damián con él.
El chico de pelo oscuro cerró los ojos asustado al ver la cercanía entre el martillo y su rostro. Nada ocurrió, abrió los ojos. Nés había tirado de la cadena solo para traer su martillo y sujetarlo por el mango, no para golpearle. Dam suspiró de alivio.
-Muy bien, es suficiente. -Dijo de repente Leopold. -El entrenamiento ha terminado. Es hora de despertar. -Dio una palmada y todos despertaron. Estaban de nuevo en la habitación, cada uno en su cama. Todos miraban a Néstor, que al principio aún sonreía contento pero al ver las expresiones de los demás cambió su expresión a desconcierto y vergüenza. Sabía que se había pasado un poquito, pero solo un poquito ¿no?
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Aqua, Aero y Electro despertaron. Habían estado entrenando en sueños pero por separado.
-Espero que hayáis descansado. -Dijo Electro a sus compañeros. -Hoy nos esperan los combates eliminatorios, y además debemos acabar con el Juez sin armar demasiado follón.
Aero, cuyo verdadero nombre es Isaac, asintió. Esperaba no tener que enfrentarse a Lara. Aqua se estaba poniéndo la máscara de conejito de espaldas a ellos.
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En otra habitación despertaban Claudia, Elisa, la niña rubia de las coletas, y el niño pelirrojo.
Claudia se sorprendió al ver que la herida que le provocó el mordisco de aquel zombie en el reto junto a Vero le había vuelto a aparecer, y que además sangraba. Elisa se acercó a ella.
-Mami, y ¿esa herida? -Preguntó la niña. -Antes no la tenías ¿verdad?
-Este Juez no se chupa el dedo en absoluto. -Declaró el niño pelirrojo.
-¡Deja de decir cosas raras, Héctor! -Se quejó Elisa. -¿No ves que mamá está herida?
-Perdona hermanita, a veces se me olvida de que vas directa a lo que realmente importa. -Dijo Héctor con su característica voz ronca. -¿Estás bien madre?
Claudia empezaba a sudar y en su rostro se dibujaba el dolor de la herida.
-No os preocupéis, los Warheim somos más duros de lo que parece.
-Por cierto, fue innecesario mentir a aquella chica con apellidos falsos. -Dijo Héctor. -Leopold descubriría tarde o temprano nuestro apellido.
Los hijos de Claudia Warheim se esmeraron por ayudar a su madre todo lo posible antes de comenzar las batallas eliminatorias, no les quedaba mucho tiempo para curarle esa herida.
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Enrique despertó en su particular soledad y se vistió con el kimono tan extraño que le dio Guillermo H. en su entrenamiento en aquellas semanas de caos y destrucción en su ciudad. Se ató con fuerza y decisión el cinturón del kimono blanco, pelearía hasta el final por aquellas dos personas a quienes tanto amaba.
Pablo, el niño de catorce años, puede que hubiese muerto en una horrible desintegración o haber sobrevivido por misericordia de Guillermo H. y su madre Paz salió con el corazón más atormentado tras su hijo. ¿Cuales serían sus destinos? Enrique anhelaba desesperadamente volver a verlos.
''Pablo... Paz... Esperadme.'' Dijo en su mente con la vaga e inútil esperanza de que pudieran escuchar sus pensamientos kilómetros allá, en lo que una vez fue una hermosa ciudad.
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