Verónica y Claudia observaron con detenimiento el cementerio. La tierra estaba cubierta de césped, había un total de cinco árboles y doce lápidas. ¿Dónde podría estar el mensaje escondido?
-¿Qué tenemos que buscar? Y ¿cómo deberíamos empezar? -Preguntó Vero pensativa.
-Bueno, el mensaje puede estar indicado de dos maneras. La más fácil sería que estuviese escrito de manera desordenada y separada por algún lugar, solo tendríamos que encontrar las palabras o letras que hubiera y ordenarlas. -Dijo Claudia. -O bien puede estar indicado de forma más indirecta y enrevesada. De manera que las letras o palabras hubiera que deducirlas de la posición de los objetos del cementerio, como sí los árboles vistos desde arriba formaran una letra u objeto.
''Menos mal que en esta prueba no somos rivales. Esta tía parece muy lista.'' Pensó Vero.
-Lo primero será organizarnos. Una de nosotras debería inspeccionar el cementerio en busca de inscripciones y la otra debería fijarse si la disposición de los árboles y las lápidas pudiera resultar sospechosa. -Continuó Claudia.
-Bien, yo miraré en las tumbas y en los árboles en busca de algo escrito que pudiera ser sospechoso. -Sugirió Vero.
-Conforme.
Claudia dio una vuelta completa al cementerio con paso lento, buscando alguna pista en la disposición de las cosas. Vero miró primero si los árboles tenían algo grabado en su corteza, comprobó que no había nada en ellos. Luego fue mirando las tumbas de una en una. Estaban ordenadas en tres filas de cuatro más otras dos que estaban un poco alejadas del resto, empezó con las más lejanas a la puerta.
En cada una de las tumbas había nombres de personas con sus fechas de nacimiento y muerte; parecían tumbas normales excepto porque solo ponían el nombre del muerto, los apellidos no. Entonces encontró una que llamó la atención. Una de las lápidas no tenía nombre, solo ponía la fecha pero no el nombre. Avisó a Claudia de ello.
-Es curioso. Una lápida sin nombre pero con fecha... -Claudia empujó sus gafas con un dedo mientras pensaba. -Sin duda, debe ser una pista.
Claudia llevaba una pequeña libreta en un bolsillo interior de su chaqueta. La sacó e hizo un esquema del cementerio con un bolígrafo que tenía. En el lugar de la lápida sin nombre hizo una señal. Se fijó en que una persona que tuviera esa lápida debería haber muerto a los sesenta años.
-Por favor, Verónica. Mira en las demás lápidas las fechas que tengan y también los nombres que tengan escritos. Quiero cada nombre con la edad a la que murieron. Yo me ocuparé de hacerlo con estas dos filas de lápidas. -Arrancó una hoja y le dio un bolígrafo a Vero.
Ella obedeció lo que le dijo la mujer y cuando estaba apuntando el último nombre escuchó un grito. Era Claudia.
Una putrefacta mano había agarrado su pie y había caído al suelo. Rápidamente surgió otra mano de la tierra, hasta que, en unos segundos, el cadáver de un hombre salió por completo a la superficie. El cadáver estaba erguido y no era el único en asomarse a la superficie. En un par de minutos, en los que Claudia no paró de chillar, estaban rodeadas de zombies. Vero sonrió, ella no tenía miedo. ''¡Hora de lucirse!'' Pensó Claudia.
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''No. No me creo que no sepa jugar al ajedrez.''
-¿Intentas poner a prueba mi inteligencia engañándome con algo como eso? -Preguntó Damián.
-¡No esperaba menos de un chico como tú! -Exclamó el viejo.
Se acercaron a la mesa y se sentaron.
-¿Blancas o negras?
-Blancas. -Dijo sin dudar Dam.
En los primeros turnos no pasó nada fuera de lo normal.
A veces los viejos ojos de aquel hombre se clavaban en los suyos y parecían ver dentro de él. El monóculo de aquel hombre era muy extraño, a la luz de aquella curiosa habitación el cristal del monóculo brillaba extraño. Tras el cristal se le veía el iris de un color distinto, un color grisáceo. No, no era gris, en su iris había un conglomerado de cuadritos blancos y negros. No podía despegar su mirada del ojo de aquel hombre, ya ni siquiera era consciente de dónde estaba ni de en qué estaba pensando. Damián cerró los ojos y sentado frente al tablero de ajedrez se quedó dormido.
Estaba de pie en un inmenso espacio en el que lo único que había era un suelo de cuadros blancos y negros. El horizonte no mostraba fin y el cielo era de pálido color azul. Frente a él reconoció al anciano con el que empezó a jugar al ajedrez. Éste sonreía.
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-¿Cómo te llamas niña? -Preguntó Iván con su característica naturalidad. -Yo soy Iván.
-¡Y yo Elisa! -Respondió la niña.
Ambos miraron el lugar donde se encontraban. En el techo no se veía a causa de la enorme cantidad de globos, todos blancos, que había. Las paredes eran de un color anaranjado y el suelo era una tela negra elástica. Elisa no se lo pensó dos veces y fue directa a saltar sobre aquella tela.
Salió impulsada hacia el techo y agarró uno de los globos. Iván hizo otro tanto. La niña le clavó las uñas al globo y éste reventó. Al hacerlo, una nube de polvo invadió la estancia. Iván aún no había explotado el globo que sostenía pues el polvo que flotaba en el aire le hacía toser como un poseso. Elisa también tosía.
Aterrizaron en el suelo despacio para dejar de saltar, en el techo estaba la nube de polvo. Iván al aterrizar sobre la tela elástica, aún con su globo en las manos, se fijó en que suelo y paredes no estaban pegadas. Tampoco lo estaban las paredes entre sí. Aunque él había parado de toser, la pequeña Elisa no.
-¿Estás bien? -Le preguntó Iván.
-Sí. -Respondió ella con voz ronca.
De repente un ruido de maquinaria empezó a sonar. Las paredes derecha e izquierda empezaron a moverse estrechando el espacio de la estancia. Los globos empezaron a apretujarse poniéndose unos bajo los otros. Elisa saltó a tal velocidad, y tan de repente, que una ráfaga de aire abofeteó el rostro de Iván. Era increíble la velocidad a la que se desplazaba Elisa en el aire.
Ella empezó a reventar un montón de globos, nubes de polvo contenidas en ellos llenaban el techo. Las paredes seguían estrechándose.
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Vero corrió hacia donde estaba Claudia. Un zombie tumbado bocabajo en el suelo arrastraba a la mujer cogida por el pie izquierdo. Después de esquivar a otros putrefactos zombies, llegó y le propinó una fuerte patada a la cabeza del zombie que agarraba a Claudia. La cabeza salió despedida. Liberó el pie de Claudia de la mano que la tenía apresada.
-Yo te cubriré. -Prometió Vero. Después le dio la hoja de papel donde apuntó los nombres y fechas de las lápidas. -Tú termina de descifrar el mensaje.
Claudia, temblorosa del pánico, cogió la hoja de papel y, después de leerla, empezó a garabatear nerviosa cosas en ella. Vero pateaba los estómagos de los zombies, que se acercaban a ellas, tirándolos al suelo con suma facilidad. Algunos se arrastraban por el suelo al perder alguna de sus piernas, eran fácilmente despedazables.
-¡Verónica! ¡Ya lo tengo! -Gritó triunfal Claudia. -Si coges la inicial de cada nombre y los ordenadas según la edad que tienen aparece un mensaje de dos palabras. La lápida sin nombre pero con fecha simbolizaba el espacio en blanco que hay entre las dos palabras del mensaje. El mensaje es... -Volvió a gritar, pero esta vez fue de dolor. Un zombie la había alcanzado y mordido en el hombro, mientras Vero forcejeaba con un zombie de cuerpo robusto y más alto que ella.
El hombro de Claudia sangraba mucho y los zombies del cementerio empezaban a rodearlas. Vero consiguió liberarse de su opresor con un certero cabezazo. ''Tengo que intentar invocar mis armas.'' Pensó Vero.
Se imaginó aquellos dos revólveres plateados que vio en su mente cuando estuvieron en la sala del reloj en el suelo. Extendió sus brazos con los ojos cerrados y abrió sus manos de forma intuitiva. Unas espirales de aire azuladas materializaron en sus manos unos descomunales revólveres plateados. Abrió los ojos y sintió como una increíble sensación de poder invadía su cuerpo. Con el revolver que sostenía en su mano izquierda acabó con el gordo zombie que la había estado molestando y con el otro revolver, sin girarse, disparó a la cabeza del zombie que mordía a Claudia.
Una precisión increíble y unos instintos casi premonitorios caracterizaban los disparos que realizaba Vero. Apenas girando sobre su posición, conseguía acertar en la cabeza a todos los cadáveres enemigos. Cabezas reventaban, trozos de cráneo y de carne putrefacta saltaban por todas partes. Claudia, alucinada, observaba aquello sentada en el suelo cubriéndose con su mano derecha la herida que tenía en el hombro y pensó ''Menos mal que en este reto somos aliadas, no me gustaría enfrentarme a ella.''
-No paran de salir. -Dijo Vero mientras disparaba a dos mujeres zombie que se acercaban. -Di ya cuál es el mensaje cifrado. Puede que así termine esto.
-El mensaje es... -Dijo Claudia colocándose las gafas. -Tarjeta blanca.
Una vez dicho esto, todos los zombies se evaporaron en una nube gris y la tumba sin nombre empezó a brillar. Vero ayudó a levantarse a Claudia, ésta no se lo esperaba. ''Es una chica de buen corazón.'' Pensó. ''Podría dejarme aquí tirada, después de todo ella acabó con los zombies.''
Lentamente, se acercaron a la dichosa lápida brillante. Ésta se desvaneció y en su lugar apareció un trozo rectangular del tamaño de una carta de poker. Claudia seguía sangrando y se le caían los párpados apunto de cerrar los ojos.
-La... tarjeta blanca... -Articuló moribunda.
-¡Claudia, aguanta! -Imploró Vero.
-Coge la tarjeta, te la mereces más que yo.
Vero obedeció.
-No, tú has descifrado el mensaje. -Le ofreció la tarjeta blanca. -Tómala.
-Una vez la has tocado es tuya. -Declaró el Juez. Éste estaba ante ellas, vestido con su armadura de caballero y su castaña melena hondeando tras él. Apareció sin que ellas se hubieran percatado. -Escribe en ella la ventaja que desees. Puedes hacerlo ahora o más tarde. -Le dijo el Juez a la vez que le ofrecía una pluma igual que la que utilizó Damián para tatuarle el brazo. -Pero recuerda que no se cumplirá nada que implique a La Llave Legendaria.
Claudia estaba desmayada, inconsciente en el regazo de Vero.
-Lo haré ahora. -Dijo Vero y escribió lo siguiente. ''Deseo que Claudia se recupere.'' y se la entregó al Juez. Éste leyó lo que ella había escrito y la tarjeta se desvaneció. Entonces, el Juez extendió su brazo hacia Claudia y alrededor de ella el aire se volvió violento. Unos haces de luz blanca rodearon a la mujer al son del violento aire y se encontraron en la herida de la mujer. Cuando aquel espectáculo de luz cesó, la herida del hombro estaba curada. No había cicatriz ni rastro alguno de la herida.
Claudia abrió los ojos, miró a los ojos de Vero y dijo ''Tonta.''
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De la enorme nube de polvo que había formado en el techo cayó la pequeña Elisa. Tumbada en el suelo no paraba de toser y su cuerpo estaba lleno de polvo. Iván la cogió en brazos y le limpió la cara. ''Se esfuerza demasiado para ser tan pequeña. ¿Por qué lo hará?'' Se preguntó Iván.
Elisa estaba débil y le costaba respirar, los globos contenían un polvo muy molesto. Ya solo quedaban unos cuantos que había flotando en el techo y sobre ellos llovían motas de polvo. Además la paredes se estrechaban con la amenaza de aplastarlos.
Iván soltó a la niña en el suelo de tela, y saltó. Explotó dos globos, uno con cada mano, y de ellos salió más polvo; aunque uno de ellos dejó caer algo más que polvo. Algo rectangular, que Iván no vio, cayó al suelo lentamente. Iván continuó rompiendo globos hasta que
no quedó ninguno, aguantando la respiración para no inhalar las partículas de polvo.
Cuando llegaba al suelo cogía aire, abajo no había tanto polvo. La habitación estaba tan blanca que las paredes no se veían pero Iván escuchaba perfectamente como se acercaban para aplastarlos. Y eso no podía estar pasando, había explotado todos los globos. La tarjeta debería haber aparecido ya y el reto haber terminado, sin embargo no encontraba la tarjeta porque antes no la vio caer.
Desesperado optó por esperar hasta que aquello acabara. Quizá solo tenían que aguantar un poco más, pero las paredes seguían acercándose. La habitación ahora era un pequeño pasillo. Elisa estaba acostada en el suelo respirando con dificultad y no podía moverse. Iván decidió parar aquel estrechamiento y proteger a ambos con su arma.
''Solo tengo que imaginarla'' Pensó Iván. Y en su mente dibujó aquellos guantes de color naranja, unos guantes sin dedos y con unos pequeños pinchos de hierro en la parte de los nudillos. Al imaginarlos, cerró sus ojos de forma instintiva. Sus manos fueron envueltas por un haz de luces de un tono rojizo y después desaparecieron dejándole puestos los guantes que vio en su mente.
Sentía como una fuerza y una energía increíble le poseían. Sin pensarlo, paró ambas paredes con las manos, ya habían llegado a estrecharse tanto que pudo hacer aquello con las dos paredes al mismo tiempo. Pensó en golpear alguna pared, quizá así conseguía destruir el mecanismo que la estuviese empujando y hacerlas parar. Asique con la pierna derecha sostuvo la pared derecha y apartó la mano derecha para cerrarla en puño. Con toda la fuerza de la que fue capaz en esa posición, golpeó la pared derecha.
La pared se agrietó y tras ella se escuchó un gran estruendo, como si se hubieran roto muchas piezas de metal y cayeran unas sobre otras. La pared derecha ya estaba parada, hizo lo mismo con la izquierda y también sucedió lo mismo. Ya estaban a salvo, a poco estuvieron de morir aplastados.
Iván sudaba tanto que cerró los ojos porque el sudor llegó a meterse en ellos. Cayó de rodillas con las piernas abiertas, entre sus rodillas estaba Elisa casi inconsciente. A ella le cayeron gotas de sudor sobre el rostro y se espabiló. Abrió los ojos y vio como Iván jadeaba sobre ella, vio también que las paredes estaban muy dañadas y que habían parado su avance. Entonces divisó algo que le llamó la atención. Era la tarjeta blanca que estaba en el suelo.
La cogió sin esfuerzo, ya que la tenía cerca, y la observó con curiosidad. Iván ya estaba algo recuperado y se puso en pie, le ofreció una mano para ayudarla. Él no se dio cuenta de que encontró la tarjeta. Fue en ese momento cuando el Juez apareció en aquel estrecho lugar. Le dio una pluma a Elisa y preguntó:
-¿Harás tu petición ahora o después?
-Después. -Dijo ella sin pensárselo.
Iván no entendió aquello, pero estaba contento de que aquello hubiera acabado. Aunque ahora que sabía lo duro que podía ser un reto no había terminado su sufrimiento. ¿Cómo le iría a Néstor?
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Aquel viejo se acercaba andando lentamente hacia Damián en aquel lugar tan extraño. En cuanto Dam le miró a la cara el viejo desapareció rápidamente y seguidamente apareció junto a él. Los ojos de Dam se abrieron hasta no poder más del asombro.
-Sabes cómo me he movido tan rápido ¿no? -Dijo el anciano inclinándose hacia Dam.
-¿Im... Im... Imnergía? -Articuló incrédulo Dam.
-Exacto. Y tú la conoces, pero no sabes utilizarla. -Dijo decepcionado el viejo. -Sin embargo, te enseñaré a cambio de algo.
-¿El qué? -Preguntó casi sin aliento Dam.
-Tendrás que dejarme perder.
Damián escuchó aquello pero casi sin darse cuenta de lo que le había dicho. ¿Aquel viejo conocía la Imnergía?
-¡Dígame! ¿Quién es usted? -Exigió Damián.
El anciano soltó una pequeña risotada y se alejó un poco de él. Le miró atentamente a los ojos.
-Yo soy Leopold Artemis. -Respondió el viejo. -Y tú, y no me equivoco, eres mi nieto Damián H. Artemis.
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