jueves, 16 de diciembre de 2010

Blue Guardian./ Capítulo 4: Los primeros retos.

Lara, número Cero.

Verónica, número Tres.

Néstor, número Cuatro.

Iván, número Siete.

Damián, número Ocho.

Trece participantes en total, numerados del cero al doce. Un Juez, el Laberinto Tarkanen y una Llave Legendaria escondido en él. El juego ha empezado.


Todos permanecían en silencio, de pie delante de aquel portón. Escuchaban atentos al Juez.

-Los trece jugadores habéis llegado. Os he estado esperando. La Llave Legendaria que guardo aquí merece un dueño digno de ella. El juego comienza ahora. -La voz del Juez, majestuosa, parecía llegar a todas partes y su pronunciación era perfecta. Algo difícil de describir. -Acompañadme. Os daré las instrucciones en el interior.

Sin haber hecho nada, el portón se abrió lentamente y los trece pasaron por él junto con el Juez una vez se abrió por completo. Una vez entraron en la sala a la que llegaron, el portón se cerró tras ellos. Aquella sala circular tenía un techo de bóveda y tanto las paredes como el suelo eran de piedra. Frente a ellos había seis puertas y en el centro de la sala, en el suelo, había pintado un enorme reloj con números romanos.

-¿Quién es el número Cero? -Preguntó el Juez.

Lara alzó tímidamente la mano y dijo ''Yo.'' de manera casi imperceptible.

-Bien, ocuparás el lugar central del reloj pintado en el suelo, y los demás el lugar correspondiente a su número. -Dicho esto el Juez, todos obedecieron. -Ahora todos cerrad los ojos.

Durante unos segundos no ocurrió nada, solo silencio, pero luego algo perturbó la mente de los trece participantes. Néstor, al igual que los demás, sintió un escalofrío que le recorrió todo el cuerpo y su corazón latió violento. En su mente algo se dibujaba pero no lograba saber qué era. Sin embargo, fue el único incapaz de adivinar qué era aquello; el resto vio en sus mentes un objeto, cada uno vio uno distinto, cada uno vio un arma distinta.

-No abráis los ojos aún. Mirad bien, esa será vuestra herramienta en el juego. -Dijo el Juez. -Un arma creada por el propio poder del Laberinto, un arma afín a vuestra personalidad. Ahora abrid los ojos.

Néstor estaba nervioso, él no había visto nada. Solo algo borroso. ¿Qué significaba aquello? ¿Él no tendría arma o qué? ¿Podría interrumpir al Juez para preguntar? No tenía valor para decir nada, esperaría a ver si a alguien se le ocurría preguntar lo mismo que él. Aunque esperar eso le parecía estúpido, empezó a sentirse muy incómodo. Mientras, el Juez seguía hablando.

-Cuando necesitéis vuestras armas, solo tendréis que imaginarlas con claridad y las invocaréis. -El Juez hizo una pequeña pausa. -Ahora os hablaré de los retos y de las batallas. Los retos son pruebas de habilidad, si ganáis en ellos podréis elegir entre una tarjeta blanca o hacerme una pregunta. Tened presente que ninguno de esos privilegios se podrán usar para conseguir de forma inmediata la Llave Legendaria de Tarkanen. Soy un Juez creado por el propio poder de la Llave; sería inútil intentar engañarme, solo conseguiríais vuestra inmediata expulsión.

Nés tendría que superar algún reto para poder preguntarle al Juez por su arma. Ojalá no tuviera que pelear antes de poder preguntarle, sino no podría invocar su arma en combate.

-Los combates servirán para expulsar al derrotado del juego. -Prosiguió el Juez. -También os hablaré de los descansos. Cada día dispondréis de doce horas de descanso en una habitación individual a la que seréis trasladados y allí dispondréis de lo necesario para continuar. Eso es todo. Ahora entrad en esas puertas de dos en dos, de manera que en la primera a la izquierda entréis el Cero y el Uno y en la última entréis el Diez, el Once y el Doce.

Dicho esto, el Juez desapareció como si en un par de segundos se hubiera vuelto totalmente invisible.

Lara y un hombre muy alto se dirigieron a entrar a la puerta que tenían asignada. El hombre era bastante delgado, solo llevaba unos pantalones blancos iguales a los de un kimono de kárate y un chaleco abierto sin mangas sobre su torso desnudo, también blanco. Su rostro era joven, sus ojos oscuros y su pelo oscuro era largo hasta llegar a las orejas. Sus marcados pectorales y abdominales demostraban su estupenda forma física. El número uno, lo llevaba tatuado en el brazo izquierdo.

En la segunda puerta entraron una mujer y Vero. El pelo de la mujer era largo y ondulado, recogido en una coleta, y era de color caoba. Su cuerpo era delgado e iba vestida como una mujer de negocios, muy elegante. También llevaba gafas. Las mangas de su chaqueta no dejaban ver sus brazos, pero debía ser la número dos.

En la tercera puerta Néstor, aún nervioso por el tema de su arma, entró junto a un niño de lo más extraño. El niño era pelirrojo, con el pelo más o menos corto pero de punta. Sus ojos azules no tenían cejas que los protegieran, ni tampoco pestañas. Los párpados los tenía pintados de negro y todo ello hacía que su mirada fuera indescriptiblemente aterradora. Su piel era muy blanca, como si apenas le hubiera tocado el sol. Su ropa era extraña, de un color rojo oscuro ceñida al cuerpo y en su espalda parecía llevar una enorme cruz envuelta en un vendaje blanco. El chico no debía llegar a los quince años y su número debía ser el cinco, aunque tampoco estuviese su tatuaje a la vista.

Una chica, cuyo número debía ser el seis, cruzó junto con Iván la cuarta puerta. Iván aún seguía relamiéndose los labios y cerrando los ojos recreando en su mente el dulce beso que Néstor le dio antes. La chica parecía casi una niña, su expresión era feliz. Tenía el pelo rubio recogido en dos coletas que le daban un aspecto adorable. La chica vestía de lo más normal y, al llevar manga corta, se le podía ver el número seis tatuado en el brazo derecho. No debía ser mayor que el misterioso chico pelirrojo que acompañaba a Néstor.

En la penúltima puerta, entraron Damián y un anciano. El anciano era alto y delgado, vestía un esmoquin y llevaba un monóculo. Tenía un simpático bigote del color de la ceniza, el mismo que el del pelo. La expresión de su cara era de lo más normal pero en sus verdes ojos se le veía impaciente por empezar, su número debía ser el nueve.

Damián se había fijado en casi todos aquellos individuos que entraron junto con sus amigos. Le llamó la atención dos de ellos: El chaval pelirrojo con la enorme cruz a cuestas, que entró con Néstor, y la niña de las coletas que estaba con Iván. Eran muy jóvenes saber de la existencia del juego ¿Pertenecerían ellos a la otra familia que custodiaba una de las tres Llaves Legendarias? Si era así, ¿les habrían robado a ellos también su Llave? Y aquella cruz que llevaba aquel chico, ¿podría ser que...? Dam, lo único que tenía claro es que a Néstor le había tocado un rival potencialmente peligroso, y que la niña de las coletas debía ocultar más de una sorpresa.

Los números, Diez, Once y Doce eran dos hombres y una mujer. Uno de los hombres parecía ser algo mayor que los otros dos, pero Damián no pudo fijarse mucho en ellos. Fueron los tres que entraron en la última puerta. De todas formas, ninguno de ellos los tendría como rivales en este primer reto.

Lara, tras pasar la puerta, se encontraba en un pasillo que parecía no tener fin. Ella y su rival contemplaron aquel pasillo, en el que las paredes eran filas de pinos y otra clases de árboles. Inexplicablemente el cielo se podía ver en aquel lugar. Aún era de día pero no debía quedar mucho para la noche.

De pronto, escucharon una voz en aquel lugar. ''Vosotros deberéis correr en este laberinto y llegar hasta el centro del mismo, donde hay una tarjeta blanca. Luego volved a esta misma puerta para regresar a la sala donde os expliqué las reglas. Quien cruce la puerta con la tarjeta, ganará.'' Estaba claro que aquella voz era la del Juez.

Vero y la mujer de negocios, estaban en un cementerio al aire libre tras cruzar la puerta. El cementerio estaba delimitado por unos enormes muros de piedra y lo cierto es que tampoco era demasiado amplio. Escucharon la voz del Juez. ''Debéis descifrar el mensaje que está escondido en este cementerio, pero mientras lo intentáis tendréis que defenderos del propio cementerio. Os aconsejo que cooperéis entre vosotras. El reto acabará una vez descifréis juntas el mensaje. La que mejor lo haya hecho será la que gane este reto.'' Vero y la mujer se miraron de reojo, tímidas. Luego la mujer le miró de frente.

-Soy Claudia Vila Aranda. -Dijo la mujer ofreciendo su mano. Vero se la estrechó algo tímida.

-Yo soy Verónica... -Durante un momento dudó en dar sus apellidos, pero ya que aquella mujer lo hizo... Por cierto, Vero se fijó en que los pechos de Claudia eran bien voluminosos. ¿Estaría operada? -...Verónica Cruz Vega.

Por otro lado, Néstor y el chico pelirrojo de la cruz llegaron a un acantilado impresionante. Frente a ellos parecía estar el mar, pero ¿podría ser eso así? Realmente este juego era sorprendente. El chico pelirrojo no cambió ni un ápice su expresión, solo clavó el crucifijo en el suelo. Néstor, sin darse cuenta, se estaba acercando al enorme crucifijo mirándolo con curiosidad y estuvo a punto de tocarlo.

-Ni se te ocurra tocarlo. -Dijo el chico pelirrojo. Su voz era ronca y terrorífica.

''Este reto consiste en que bajéis el acantilado. Cuando lo bajéis llegaréis a una playa donde enterrado en la arena hay un cofre, y dentro de él una tarjeta blanca. Conseguidla y luego subid para volver aquí. Quien de vosotros cruce la puerta por la que habéis venido con la tarjeta consigo será el ganador.'' Néstor empezó a lamentar su suerte.

Iván y la niña de las coletas llegaron a una habitación con el suelo de una tela negra plástica, como si fuera una enorme cama elástica. El techo de la habitación estaba muy alto y en él había montones de globos suspendidos en el aire. ''Dentro de uno de eso globos hay una tarjeta blanca. Cogedlos y pinchadlos, quien encuentre la tarjeta ganará. Para alcanzarlos saltad en el suelo.'' Iván estaba alucinado, la chiquilla también. Lo cierto es que ambos podrían ser hermanos, rubitos e igual de infantiles. Iván deseaba empear. ''¡Seguro que Néstor también se lo estará pasando bomba!'' Pensó Iván.

Por último, Dam y el anciano llegaron a una habitación con estanterías llenas de libros. En el centro había una mesa con dos sillas, y sobre la mesa un tablero de ajedrez. ''El ganador de la partida de ajedrez, será quien obtenga la tarjeta blanca de este reto.'' Anunció en sus mente la voz del Juez.

''Que cosa más simple. Aunque este abuelo puede ser un duro rival. En todo caso, aprovecharé la partida para averiguar cosas sobre él.'' Pensó Damián.

-¡Oh! Esto es un problema. -Dijo el anciano. -No sé jugar al ajedrez.

-¡¿Qué?!

-Lo que has oído, mozo.

''¿Mozo?'' Damián estaba perplejo, por lo que le dijo el anciano, y apunto de descojonarse. ''Mozo dice... Je, je, je...''

El reto que hicieron los números, Diez, Once y Doce. Solo lo conocen ellos y el Juez.

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