''Descanso en el mismo lugar que los participantes Cero, Tres, Cuatro, Siete y Nueve.'' Escribió Dam. El Juez, que estaba allí desde hace unos segundos, cogió la tarjeta y la leyó.
-Quieres que el lugar de descanso sea el mismo para éstos participantes y compartirlos con ellos, ¿no? -Quiso saber el Juez. Dam asintió.
Todo desapareció en un fugaz destello y volvieron a estar en la extraña habitación circular donde estaba aquel reloj dibujado en el suelo sobre el que antes todos ocuparon sus lugares. El lugar donde vieron en sus mentes la imagen de sus armas. Todos estaban allí.
Los ojos de Iván se clavaron en Néstor en cuanto lo vio. Su corazón latía deprisa y se calmó al verlo sano y salvo, no pudo evitar sonreír. Néstor cuando se dio cuenta de cómo lo miraba; se sonrojó ligeramente, aún no se había acostumbrado.
El resto de participantes estaban en silencio, esperando durante unos segundos escuchar al Juez.
-Ahora que los retos han terminado es hora de que obtengáis vuestro descanso. -Anunció el Juez. -Pasadas doce horas volveréis aquí para anunciaros con quién lucharéis. El que pierda esa batalla será expulsado del juego, prepararos bien ahora si queréis continuar. -Tras decir esto, desapareció como si se hubiera borrado y de igual forma todos desaparecieron de aquel lugar.
Damián, Néstor, Lara, Iván, Vero y el viejo Leopold aparecieron en una habitación amplia. Las paredes eran de madera, al igual que el suelo, y había una cama para cada uno y un par de puertas. La habitación tenía forma rectangular y también tenía un par de ventanas, cada una en una pared frente a la otra. Tras ellas entraba la luz lunar de la noche ayudando a la luz que arrojaba una pequeña lámpara colgada en el techo.
Leopold fue el primero en moverse, se acercó a una de las puertas y la abrió.
-Éste debe ser el baño de las señoritas. -Dijo tras echar un vistazo con la puerta medio abierta. -La otra puerta debe ser la del nuestro.
Todos, a excepción de Damián, pegaron un pequeño saltito al ver al viejo Leopold. Ninguno de ellos sabía quién era y, en cuanto se dieron cuenta de que estaba allí con ellos, no le quitaron la vista de encima.
-¿Quién es este viejo? -Preguntó Iván espontáneo.
-Oh, perdonad. No me he presentado. -Se excusó el aludido. -Mi nombre es Leopold Artemis y soy el abuelo de Damián.
Una vez los demás se hubieron presentado al anciano y dejaron de sorprenderse tras saber que era el abuelo de Damián, exigieron saber por qué estaba con ellos. Damián explicó el extraño encuentro con su abuelo y luego éste explicó la historia de las Llaves Legendarias y el guardián azul.
-Menos mal que no me enfrenté al niño pelirrojo. -Dijo aliviado Néstor. -No solo resulta que anda por las paredes, sino que además tenía un Arma Noble de esas.
-Pero puede que luego sí que tengas que enfrentarte a él... Sería bueno que entrenases antes con tu Arma Carácter. -Dijo Leopold.
-¿Arma Carácter? -Preguntó Lara.
-Sí. Tienen ese nombre porque es particular de cada persona, no hay una igual a la vuestra en el mundo. -Explicó Leopold. -Están echas de pura Imnergía y solo pueden ser invocadas cuando el propietario la ha visto en su mente. Eso puede suceder de muchas formas, pero para asegurarse de que todos pudieran usar un arma el Juez forzó las mentes de todos nosotros. Aunque evidentemente algunos de los participantes ya conocíamos las nuestras.
-Te refieres a los Warheim ¿no? -Dijo Vero.
-Efectivamente. Aunque como os he dicho antes, puede que también haya más que vayan tras la Llave Tarkanen y que sean tan hábiles como yo.
-Oye viejo, entonces ¿existen dos tipos de armas? -Preguntó Iván. -Las Nobles y las Carácter.
-Tú lo has dicho, joven. Por cierto, podéis llamarme Leo.
-Pero ¿qué diferencia hay entre ellas? -Continuó Iván.
-Las Nobles son armas artificiales hechas para hacerse combinar con la propia Imnergía del usuario, suelen ser muy poderosas y únicas en sus acciones. -Explicó Leopold. -Y las Carácter pueden ser más o menos poderosas, depende del individuo. Pueden evolucionar según la experiencia de su poseedor y pueden llegar a ser devastadoras.
Fue entonces cuando Nés se acordó de la gran duda que le atormentaba desde que vio aquello borroso en su mente, aquello que debería ser su Arma Carácter.
-Perdone, señor Artemis. -Dijo Nés. Iván, al oírle dirigirse tan correcto al abuelo de Dam, carcajeó levemente. -No conozco mi Arma Carácter, no pude verla bien en mi mente. Solo vi algo borroso.
-¿En serio? Nunca había escuchado algo así. -Meditó unos segundos mirando al suelo y mesándose el bigote. -Bueno... Quizás descubras qué es si piensas más en esa imagen, intenta concentrarte en ella. Hazlo al acostarte, te será más fácil si la ves en sueños. En los sueños es donde deberéis entrenar, en vuestros sueños podréis invocar vuestras armas. La Imnergía que ha despertado en vosotros hará vuestros sueños más reales y a vosotros más conscientes de ellos.
-Esto... -Dijo Lara. -Tengo una tarjeta blanca. -La chica no había dicho nada hasta el momento y no había visto oportunidad para hablar sobre la tarjeta blanca que tenía.
-¡Oh! Claro, se me olvidaba. -Dijo el anciano al escuchar a Lara. -Quiero que me digáis cada uno lo que ha ocurrido en vuestros retos y con cada una de las tarjetas.
-Yo la gané, aunque de forma extraña. -Dijo Vero. -El Juez dijo que se la ganaría aquella que más méritos consiguiera, sin embargo la tarjeta apareció en el cementerio donde jugué el reto. Y al acercarme y tocarla el Juez me declaró vencedora.
-Umm... Eso puede deberse a que las dos os lo merecierais por igual y decidió que la primera en tocarla sería la vencedora. -Conjeturó Damián.
-Yo también lo creo así. -Añadió Leopold. -Y ¿Qué hiciste con ella?
-Claudia, mi rival, acabó mal herida por el mordisco de un zombie. Escribí en la tarjeta blanca que el Juez la sanara. -Respondió Vero. Se quitó la punta de un mechón de pelo que se le posó en los labios. -Me sentí obligada a ello.
''Otra vez esa actitud tan generosa de Vero...'' Pensó Nés.
-Bueno. No importa, aunque habría estado mejor que en la tarjeta hubieras escrito algo así como que ese mordisco jamás hubiera existido. Pero no tiene importancia. -Dijo Leopold.
-Yo perdí, fue la niña pequeña de las coletas la que consiguió la tarjeta. -Dijo Iván. -Además recuerdo que la niña le dijo al Juez que por ahora no quería usarla. Ella se llamaba Elisa.
-Interesante. -Comentó el anciano.
-Yo... yo... -Musitó Néstor avergonzado. -Yo también perdí, hice el ridículo y además no sé nada del crío pelirrojo. -Estaba algo cabizbajo y hablaba casi en susurro. De repente se acordó de lo que hablaron el niño pelirrojo y el Juez. -¡Ah! Sí, se me olvidaba que el niño aquel renunció a la tarjeta.
-¿Renunció a la tarjeta? -Inquirió Dam.
-Sí. Le preguntó algo a cambio de renunciar. -Continuó Nés. -Quiso saber por qué el Juez había aparecido nada más tocar la tarjeta y declararlo vencedor, de manera contraria a cómo nos anunció el Juez que debíamos superar el reto. El Juez le respondió que así se le ordenó actuar bajo ciertas condiciones.
-Eso es una prueba definitiva de que aquel niño no es el único Warheim. -Dedujo Dam en voz alta. -Hacer eso se le debió de ocurrir nada más ver que el Juez apareció ante él. Lo que quiere decir que confiaba en que alguien más relacionado con él consiguiera una tarjeta blanca.
El abuelo de Damián asintió satisfecho por la deducción de su nieto.
-A mí me paso igual. -Dijo Lara. -El reto acabó antes de que cruzaramos la puerta por dónde entramos, tal y cómo nos dijo el Juez que debíamos acabar el reto.
-En nuestro reto no lo notamos porque el nuestro fue una simple partida de ajedrez. Me di cuenta de que el tiempo no había pasado mientras estuve atrapado en tus ilusiones. -Dijo Damián a su abuelo.
-Sí... -Dijo distraído el anciano. -Pero lo más importante es qué le hizo comportarse así al Juez. Teniendo en cuenta que aquello que le motivó fue algo que tuvo que pasar durante los retos descartaremos que tenga que ver con alguno de los rivales que habéis tenido. Lo que nos deja con los únicos participantes con los que no hemos tenido contacto.
-Los números Diez, Once y Doce. Dos hombres y una mujer. -Dijo Dam recordando cómo aquellos tres entraban en la última puerta de los retos.
-Exacto. Ellos deben de haber hecho algo que ha alertado al Juez. -Continuó Leopold. -Realmente creo que son individuos muy peligrosos. No sé explicarlo bien, pero no me gustan.
-¡Ey mirad! -Dijo Iván señalando al suelo.
Un rectángulo del suelo de madera se había hundido y deslizado hacia un lado, del fondo surgía algo de buen aspecto. Tuvieron que apartarse para no caer por la apertura. Lo que subía era una amplia mesa rectangular con comida para seis personas, dos platos para cada uno, carne y pescado. Una gran ensalada central para acompañar la comida, una bandeja de patatas fritas y dos enormes jarras de agua. Por supuesto también había pan.
-¿¡Y esto!? -Preguntó Lara asombrada.
-Bueno, el Juez no nos iba a dejar con el estómago vacío. -Dijo Leopold. -Después de todo estaremos aquí días.
Empezaron a acercarse algo temerosos a la mesa. No había sillas donde sentarse. Leopold se acercó sin miedo y, al estar a unos centímetros de la mesa, a su espalda aparecío una silla de la nada. Los demás lo imitaron.
-Es increíble. -Dijo Nés. -Hay de todo.
Al lado de Nés se habían sentado las dos chicas y frente a él estaba Iván entre Damián y el anciano. De repente Iván se dio cuenta de algo, estaba en el sitio equivocado.
-Vero ¿Me cambias el sitio? -Preguntó Iván. -No es que no esté cómodo a vuestro lado... -Se excusó a Damián y a Leopold.
-Sí, claro. -Respondió su amiga al instante.
Néstor la agarró de la manga y le susurró:
-¡No! No me dejes al lado de éste, seguro que me quiere meter mano o algo...
-No va a hacer nada de eso. Además a ti te gusta ¿no? Fuiste tú el que le besó la otra vez. -Dijo Verónica susurrando también.
-¿Me cambias el sitio o no? -Preguntó Iván impaciente.
-Sí, sí.
Iván se levantó de un salto de su silla, una tan alto y preciso que pasó al otro lado de la mesa aterrizando perfectamente en la silla que antes Vero ocupaba. Néstor se había hecho a un lado temeroso de chocar, y tenía los brazos alzados para protegerse; aparte él y todos tenían los ojos como platos y la boca abierta de la semejante valía y precisión demostrada por Iván. Bueno, todos menos Leopold que reía agusto de lo graciosa que le resultaba la situación.
-¡Este chico combina muy bien su Imnergía con su cuerpo! -Dijo Leopold aún riendo.
-Es que soy un hacha. -Dijo Iván con voz infantil.
-Que pavo tienes... -Murmuró Néstor.
-Esto... Señor Leopold. -Dijo Lara. -¿Cuando volveremos a casa? Nuestras familias estarán preocupadas por nosotros. Nos estarán buscando por todas partes.
De repente se hizo el más incómodo de los silencios en la estancia. La expresión del viejo Leopold se tornó seria. Abrió la boca para responder.
-Dije... ¡que me llamaseis Leo! Pero bueno da igual. -Tosió. -Bueno respecto a eso... Hay algo que no os he contado, pero no lo he hecho porque creo que no serviría de nada.
-¿El qué? -Exigió saber su nieto.
-No os lo he dicho también porque es posible que no sea cierto pero... En caso de que lo que me temo no se vaya a dar, tened muy presente que la preocupación de vuestras familias por vosotros ahora es lo de menos. -Se aclaró la garganta. -Entre todos debemos conseguir la Llave Tarkanen, si no lo hacemos no podremos defendernos de aquel que robó la llave Ludunen de los Artemis. Porque quién lo ha hecho puede esclavizar el mundo si no es detenido o incluso destruirlo, ahora ese ladrón tiene el poder de crear el caos a diestro y siniestro. Y si lo hace, no habrá persona viva que se preocupe por vosotros.
-Esperaba que dijeses algo del estilo. -Dijo Iván. -Eres el Gandalf de nuestra aventura. Tu misión es acojonarnos y prevenirnos pero no te preocupes. Con o sin la Llave de Tarkanen le patearé el culo al que se atreva a hacer algo como eso.
-¡Y yo! -Gritó Nés de repente. -Yo también lucharé aunque perdiésemos la oportunidad de ganar este juego.
-Todos pensamos así. -Dijo Lara.
-Sí. -Dijeron al unisono Damián y Vero. Se sonrojaron al darse cuenta de que lo habían hecho al mismo tiempo.
-¡Confía en nosotros abuelo! -Dijo Damián.
-Ya vale, ya vale. -Dijo Leopold. -Vamos a disfrutar la cena de una vez o el Juez pensará que no nos gusta comer.
Se pusieron a comer mientras contaban anécdotas del colegio y demás. Leopold quiso saber más de ellos, de qué se conocían y cómo fue que se lanzaron a la aventura. Le contaron todo al detalle, sobre todo Iván que estaba muy enérgico esa noche. Contó incluso la escena del beso que le plantó Nés en los labios, lo que hizo que el anciano no parase de reír un buen rato y aporrear la mesa con el puño cerrado.
Durante la cena Nés vio algo muy curioso. A pesar de que entre Damián y Vero estaba Leopold, ambos intentaban buscarse con la mirada en algunas ocasiones pero jamás coincidían. ¿Se gustarían Damián y Verónica? De repente Nés vio un trozo de pollo clavado en un tenedor frente a su nariz.
-Abre la boca que viene el avión. -Dijo Iván con tono infantil y sonriente.
-Cómete esto. -Le respondió Nés al tiempo que le daba un puñetazo en la cara. Iván salió disparado de la mesa y volvió a sentarse de un salto.
-Jo, que malo eres conmigo. -Dijo estrechando los labios poniendo morritos y entrecerrando los ojos. Parecía un animalillo.
-Dios mío... ¡Qué cruz! -Decía Nés para sí. -Te comportas como si fueramos pareja y aún no te enteras de que no quiero nada contigo. Eres un plasta.
-Sí, sí, claro... -Respondía Iván balanceando su silla hacia Nés. -Lo que pasa es que no quieres admitir que te pongo cachondo, sé que un día me sorprenderás con otro beso. Sabes que me deseas. ¡Y además, tienes que comer que estás muy delgadito!
-¡Qué más quisieras! -Respondió Nés. Estaba sonrojado porque en el fondo lo que Iván decía era verdad pero no sabía porque aún se negaba a admitirlo.
Terminó la cena, todos se levantaron y la mesa y las sillas desaparecieron. Cada uno se fue a su cama, Leopold aconsejó a sus jóvenes compañeros dormir todo lo posible para estar al cien por cien para el día siguiente. Luego el viejo se acercó a una de las dos ventanas y la abrió, apoyó los codos en el borde y miró melancólico el extraño horizonte selvático que rodea el laberinto de Tarkanen. La luz de la luna se colaba en aquel oscuro bosque.
-¿Dónde estás ahora hija mía? -Murmuró para sí derramando una pequeña lágrima por uno de sus viejos ojos.
En la otra ventana estaba Iván, la había abierto y se estaba encendiendo un cigarro. Se dio la vuelta al dar la primera calada y miró a Nés.
-¿Has visto que he juntado nuestras camas? -Dijo Iván. Néstor acaba de ver su cama que estaba pegada a la de Iván, había estado hablando un ratito con Lara. Néstor le dedicó una mirada asesina a su enamorado.
Néstor se acercó y le cogió el cigarro, lo apagó y lo tiró por la ventana.
-Si esperas que alguna vez muestre el más mínimo interés por tí de berías de dejar de fumar. -Le espetó a Iván. -Los rubios de ojos azules os lo tenéis muy creído.
Iván carcajeó ante eso último.
-Está bien, dejaré de fumar. -Prometió Iván.
-Haz lo que te dé la gana, solo era un consejo. -Mientras decía esto separaba las camas de ambos.
-¿Te doy yo otro? No separes las camas y verás como te quito esa mala leche que tienes.
-Néstor volvió a cabrearse tanto como aquella vez en el parque y de la misma manera le iba a propinar un puñetazo a Iván. El rubio lo esquivó y Nés rompió el marco derecho de la ventana y parte de la pared que era de madera.
-Éste también es fuerte. -Dijo Damián que observaba la escena con disimulo.
Después por sí sola la madera volvió a su sitio. Antes de dormir Néstor e Iván elaboraron lo que parecían coreografías, Iván esquivaba y Nés atacaba. Al final se calmaron y una vez se metieron todos en sus respectivas camas la luz del techo se apagó sola.
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Mientras tanto los participantes Diez, Once y Doce compartían una habitación similar a las de Damián y los demás pero adaptada para tres personas.
Los tres, dos hombres y una mujer, se conocían entre sí y utilizaban nombres falsos entre ellos. Era una estricta norma que tenían entre ellos y violar esa norma no se tomaría a broma. Cualquiera podría escucharles y era vital que no se supieran sus nombres reales.
El más joven de los dos hombres, vestía una larga túnica negra. El cuello de aquella extraña túnica le tapaba parte de la cara, sus manos estaban escondidas bajo las mangas y sus ojos verdes eran tapados por el flequillo rojizo que le caía. No era tan pelirrojo como el niño que fue rival de Néstor, su tono era más suave, más cercano al castaño quizá. Pero lo más característico de este muchacho era un corte que le cruzaba el ojo izquierdo. Una extraña cicatriz. Su nombre en clave era Aero. Él era el número Once
La mujer era una chica de una edad aproximada a la de Aero. Ocultaba su rostro tras una máscara blanca con forma de conejito. Llevaba una túnica igual a la de Aero pero abierta enseñando el escote. Sus pechos eran voluminosos, su figura en resumen era perfecta, curvilínea e inexplicablemente atractiva a pesar de ocultar su rostro. Aparte de su escote se le veía su castaño cabello caer por la espalda, reluciente y majestuoso. Su nombre en clave era Aqua y su número el Diez.
El número Trece era un hombre mayor que ellos. Vestía igual que Aero, su pelo era corto, gris y su rostro era perfecto. Tenía algo de barba pero poca. Su mirada era pura paz, no mostraba emoción alguna. Su apodo era Electro.
Estaban sentados cada uno en su cama. Hablando.
-Si él te dejó que fueras con esa máscara supongo que es porque de tí no puede dudar, Aqua. -Dijo Electro. -O mejor dicho, que ante todo no quiere que no seas asesinada en caso de que tú no seas el Sentenciador.
-Él lo quiso así. Yo no lo decidí. -Se defendió la mujer. -¡Sabes perfectamente que las probabilidades de que el Sentenciador esté en nuestro grupo son mínimas! Así que deja de sospechar de mí. Aunque te pones muy guapo cuando lo haces.
-No le piropees Aqua. -Interrumpió Aero. -Llevando la máscara no podrás besarle y él te ordenó que la llevases en todo momento. Por cierto, aún no me he acostumbrado a llamarnos por estos apodos.
-¡Y que lo digas Isaac! -Coincidó Aqua. -Espera no habré dicho tu nombre por casualidad ¿no? -Dijo temerosa.
-Sí, lo has hecho. -Dijo Electro mientras se levantaba remangándose la manga. -Y ya sabes lo que pasa si lo haces...
Aqua temblaba despavorida, le esperaba algo terrible. Electro se acercó a ella y... empezó a hacerle cosquillas.
-¡Para, ji ji ji para, por favor! -Lloriqueaba riéndose Aqua. Electro se acercó a su oído.
-La próxima vez será en serio, y te cortaré la lengua. Tenemos que acostumbrarnos a llamarnos por nuestros alias.
Aero, Isaac, sangraba por la nariz y sus mejillas estaban rosadas. Sus ojos absortos en algo.
Electro y Aqua lo miraron extrañados, luego Aqua bajó la vista y lo entendió todo. Se le había salido un pecho y tenía una de sus tetas al aire. Las cosquillas le hizo moverse demasiado. Rápidamente se tapó. Aero se relajó, Electro también aunque la vio tarde.
-Uuhh... Así que después de todo sois hombres corrientes ¿no? -Dijo Aqua lascivamente con la punta del dedo índice metido en la boca y las piernas cruzadas. -A ver... voy a hacerlo una cosa a ver qué pasa... -Abrió el cieere de su túnica y enseñó por completo sus pechos.
Aero y Electro dejaron caer sus mandíbulas al suelo y llenaron el suelo de babas. Tenían los ojos desorbitados. Electro luchó contra sí mismo y espabiló. Guanteó a Isaac y cerró la túnica de Aqua.
-¿¡Eres idiota!? -Gritó Electro a Aqua. -¡Esta noche debemos estar relajados y dormir bien si queremos entrenar en nuestros sueños!
-Y ahora que las estás rozando... -Susurró Aqua. - ¿Son blanditas?
Electro no pudo evitar sonrojarse, pero con mucho esfuerzo hizo lo que creía oportuno. Propinó un fuerte puñetazo a la máscara de Aqua, así por lo menos no era como pegar directamente a una mujer pensó para sí. Aqua salió volando y chocó contra la pared, luego se levantó como si nada y anunció que se iba a dar un baño.
-Oye Electro. -Dijo Isaac. -He visto a mi hermana aquí en el juego. Está cambiada, se ha cortado el pelo y teñido de negro; pero no cabe duda es ella.
-¿Tu hermana? ¿Estás seguro, Aero? -Inquirió Electro.
-Y no solo ella. -Se quedó pensativo unos segundos con expresión melancólica. -También está... Lara.
-¿Lara? ¿Y quién es?
-Fue mi novia... -Dijo Isaac. -¿Mi hermana y Lara reclutadas por el viejo Artemis? ¿Es posible?
-Puede que no fuera Leopold quien les convenció, puede que fuera un Warheim. -Aventuró Electro. -O puede que hayan sido convencidas cada una por una familia distinta. Lo que está claro es que o los Artemis o los Warheim tienen un buen número de aliados. -Se levantó de donde estaba y se echó en su cama. -Pero no te preocupes, cumpliremos la misión sin hacerles daño. No se nos dijo nada de que ellas fueran a estar aquí.
-Verónica será mi hermana pero no me importa en absoluto. -Dijo Isaac. -A la única que quiero al margen es a Lara. No soportaría que le ocurriese algo.
-Cuenta conmigo. -Dijo Electro.
Isaac, abrió una ventana y apoyó los brazos en el borde. Miró la noche estrellada.
-Todo sería más fácil si Aqua no hubiese metido la pata con el Juez, pero no tuvo más remedio. -Dijo Electro mirando al techo. -Ahora el Juez sospecha y terminó con el reto en cuanto pudo. Posiblemente también lo haya hecho con los demás.
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En un lugar, lejos del laberinto Tarkanen por el que se jugaba la posesión de una Llave Legendaria, la luz de la luna bañaba un mar de olivos próximo al pueblo donde vivían Dam y los demás. El viento soplaba con fuerza y helaba los huesos de quién rozaba. Gobernaba el silencio en aquella noche de verano en la que una tormenta había decidido aproximarse lentamente.
En el suelo se marcaban las pisadas de un animal que corría a velocidad pasmosa. Los troncos de los olivos temblaban, al posarse sobre ellos con fuerza los pies de mujer. Esa mujer era el animal ,que corriendo en mitad de la noche, perturbaba la tranquilidad del lugar. Una mujer de cabello dorado rizado en bucles, una madre, una mujer joven con el corazón roto. Su nombre, Ainhoa Artemis.
En su mente había solo tenían cabida tres de las personas más importantes de su vida. Sus dos hijos, Lidia y Damián, y su marido Guillermo. Iba en busca de este último, había de encontrarlo pronto y persuadirlo. Aunque era consciente de que eso último sería imposible, puede que ni si quiera lo intentase.
Siguió corriendo a saltos y zancadas, volviendo su imagen borrosa y fugaz en la noche. Levantaba la arenilla que cubría la tierra allí donde pasaba, los pájaros y pequeños animales que se cruzaban con ella huían despavoridos. Gotas de sudor le recorrían la frente, sus ojos funcionaban a pleno rendimiento en busca de cualquier pista del hombre que tanto amaba.
Poco a poco empezó a reducir su velocidad y entristecida caminó despacio entre la oscuridad. Apoyó una mano en el tronco de un olivo que tenía a su izquierda, luego dejó su cuerpo caer de rodillas y a los pies del olivo se abrazó las piernas. Empezó a llorar.
Entonces una figura junto a ella se agachó ofreciéndole un pañuelo. Ella alzó la vista.
Era él. El hombre a quién buscaba, su marido, Guillermo H. El hombre al que aún amaba.
-No llores. -Le dijo él. -Estás mucho más guapa cuando sonríes.
Ella de un salto se levantó y le apartó de un golpe la mano con la que le ofrecía el pañuelo. El trozo de tela se soltó de la mano del hombre y salió volando en la oscura noche, llevado por el fresco viento de aquella noche de verano. Ainhoa no sonreía, se secaba las lágrimas con el reverso de su mano y lanzaba una mirada de concentración y odio al hombre que la miraba sonriente con unos ojos brillantes del color de la miel.
Él tenía el pelo corto y oscuro, como siempre, un rostro jovial y unos labios seductores. Varios mechones de pelo se balanceaban sobre la frente de él, de la misma manera que lo hacían los tirabuzones dorados de su mujer. Vestía un traje negro inmaculado, llevaba corbata y unos zapatos elegantes; ella una camisa de tirantes blanca, unos pantalones piratas verdes e iba descalza. Él aún seguía con la mano extendida en el aire, ella estaba en postura amenazante.
-¿Por qué no te has arreglado para la ocasión? -Preguntó Guillermo. -Yo al saber que vendrías quería sorprenderte vistiendo de etiqueta. Sé que es así como más te gusto.
-¿Sabes a qué he venido? -Espetó Ainhoa con la voz cargada de ira.
-No. -Apoyó su espalda contra el olivo. -No lo sé. Puedo imaginarlo pero no lo sé. Solo sabía que vendrías a buscarme en cuanto me dí cuenta de lo que Damián tenía tatuado en el brazo.
-Siempre te creí. -Balbuceó ella. -Te dí mi corazón sin preguntar, confiaba en ti. Pero... me has engañado llegado el momento.
-¿Confiabas en mí? -Preguntó él molesto. -¿Tatuaste a nuestro hijo con el número ocho a mis espaldas y dices que confiabas en mí?
-¡Yo confiaba en ti, es verdad! -Gritó ella. -Pero aquello fue algo distinto. Era mi padre quién aún temía que volvieses a lo que fuiste y me pidió que tatuara a Damián como precaución. -Ella entornó sus ojos con melancolía. -Discutí con él durante años tras nacer Lidia y conseguí defender mi ciego amor por ti... Cuando Damián cumplió un mes vino a mí de nuevo y volvió a insistirme en que debía hablarle a Lidia de ti y de tu pasado.
>>Yo me negaba. Yo quería pasar página a tu lado y darte una familia. Pero tampoco podía discutir continuamente con mi padre, llegué a decirle cosas horribles por defenderte. Él vio que jamás desconfiaría de ti, asique me prometió dejarme en paz si por lo menos tatuaba a Lidia y a Damián. Yo no quería, pero Damián nos escuchó a escondidas. Tenía solo diez años y pidió que dejáramos de discutir.
>>Él lo había escuchado todo. Sabía que mi padre y yo discutíamos, no soportaba pensar que desconfiaba de ti y asumió ser tatuado y participar en el juego de Tarkanen llegado el momento. Dijo que lo haría por su hermana y por nosotros, asumiría todos los riesgos. Solo quería que su abuelo y su madre dejaran de pelearse. Así defendería tu nombre, le dolía que mi padre te insultara.
>>Por supuesto me negué, pero te sorprenderías de lo listo que es tu hijo. Consiguió averiguar cómo se había uno de tatuar el número y le robó a su abuelo la pluma que se necesita para ello. Lo pillamos justo cuando ya lo había hecho, no había marcha atrás. Todo porque mi padre dejara de prevenirme sobre ti y yo insultarle.
>>Fui injusta con mi padre. Debí haberle escuchado... Luego descubrimos la verdad... Más tarde tuviste el descaro de volver y llevarte a Lidia... Has de saber que jamás convencerás a Damián, él te odia.
-El viejo Leopold... -Dijo pensativo Guillermo. -Debí haberlo matado cuando tuve ocasión, siempre ha sido un incordio.
-¡Cállate! -Gritó Ainhoa intentando golpearle. Él lo esquivó y el puño de la mujer dio en el tronco del olivo destrozándolo y partiéndolo horizontalmente.
-Vamos a hacer esto más cómodo. -El hombre puso su mano derecha abierta en el suelo y un haz de luz negra recorría su cuerpo. La tierra se abrió en todas direcciones y enormes grietas engulleron toda la vegetación que había en un kilómetro a la redonda. Ahora estaban en un círculo de tierra agrietada. -Así podremos luchar más cómodos.
Ella invocó con su Imnergía su Arma Carácter, una katana de filo inmaculado e increíblemente alargada. Parecía imposible que su delgadas manos pudieran sostener semejante arma, su longitud era descomunal.
Él también invocó la suya, una espada de lo más extraña. La hoja tenía forma de cuchillo de carnicero, ancha y afilada, y de longitud igual a la katana de su rival pero con un mango mucho más largo. Él tan solo la sostenía con una mano apoyando el peso sobre su hombro derecho.
Moviéndose a increíble velocidad chocaban sus armas. Sonidos indescriptibles hacían al golpearse aquellos metales y una enorme cantidad chispas brotaban de los choques. A veces Guillermo saltaba a gran altura y bajaba blandiendo su arma contra el lugar donde su mujer se hallaba. Fallaba en el ataque y agrietaba aún más el suelo.
Ainhoa describía círculos corriendo al rededor de él y luego atacaba en el momento que más oportuno le parecía. Él paraba su golpe alzando su enorme hierro y durante segundos se quedaban separados unos centímetros solo por sus armas. Otras veces optaban por lanzar sus armas cuáles boomerangs, ya que sus armas volvían a ellos. En cierto momento del combate chocaban sus armas en infinidad de latigazos estando ambos de perfil y sosteniendo sus armas solo con una mano.
Estaban totalmente igualados. Una batalla que no parecía tener fin, porque cuando ella le conseguía herir un poco él también, pero siempre de manera superficial. Se hicieron en total un par de rasguños en brazos y mejillas.
-Acabaré con esto de una vez. -Dijo cansado Guillermo. Alzó la mano que tenía libre y conjuró unas palabras que resultaron inaudibles a causa del fuerte viento que soplaba en los oídos de Ainhoa. Un aura de oscuridad empezó a rodearlo y luego salió de él, luego a su lado empezó a moverse. Esa masa oscura empezó a tomar forma, y pronto se convirtió en lo que parecía un oso de dimensiones bíblicas.
El oso tenía el pelaje de color negro y los ojos rojos como la sangre. Sus colmillos no eran los de un oso, eran más afilados y descomunales y sus zarpas se asemejaban a manos humanas. Cinco dedos con tremendas uñas y unos pies también más parecidos a los de una persona que a los de un oso. Todo en él era descomunal, oscuro y aterrador; su rugido escalofriante. Guillermo estaba sentado con las piernas cruzadas sobre la cabeza del oso.
Ella hizo igual, conjuró algo y con un haz de luz blanquecina invocó otra criatura. Un oso polar, pelaje blanco y manos humanoides también. Sus ojos también rojos, sus colmillos temibles y su rugido semejante al de su adversario. Ainhoa también estaba sobre la cabeza de la enorme criatura que invocó.
Empezaron ambos osos a propinarse zarpazos y sangrar, también se mordían mutuamente el cuello y al mismo tiempo que herían a su rival provocaban un curioso efecto en el mismo. En cada ataque dejaban parte de su esencia, por lo que de las heridas salía un haz de energía oscura o blanca, según el caso, e invadían el pelaje de su presa. Los colores se mezclaban y ambos osos iban siendo rodeados por un color grisáceo que los debilitaba. En abrazo se mordían.
Marido y mujer peleaban intercambiando golpes en el aire con sus armas. Tras realizar unos cuantos choques se volvían a posar sobre su criatura.
Guillermo lanzó su espada contra la frente del oso blanco con la intención de acabar rápido con la criatura. Ainhoa se colocó rápida sobre el hocico de su enorme oso y con la katana algo alzada, sosteniéndola fuerte con ambas manos, bloqueó el avance de la enorme espada cargada de energía oscura. Pero fue inútil, la espada cayó deslizándose contra la katana por su propio peso y se clavó al caer en la carne del oso blanco. La energía oscura se extendió por el cuerpo de la criatura a través de esa nueva herida, tornando el color de su cara parcialmente en gris.
Por desgracia para Ainhoa, el cuerpo del oso blanco repleto de heridas, que le llenaban de aquella extraña energía nociva, se volvió totalmente gris. Con la postura de su último rugido ahora estaba convertido en piedra, pero por poco segundos pues al instante se deshizo en arena. Ainhoa saltó al comprender que su criatura ya no sería más un soporte y que había perecido. La arena gris, del difunto oso invocado, formó una nube molesta frente al oso negro mal herido y su dueño, que estaba de pie sobre su cabeza con la gran espada ya en su mano.
Una increíble sensación de dolor invadió a Guillermo en aquel momento, justo en su brazo derecho que sujetaba la espada. A la altura del biceps vio su manga sesgada y un círculo rojo de su propia sangre. No sentía el brazo, solo lo veía caer agarrando su enorme espada sobre la cabeza de su criatura. Aulló de dolor hasta no poder más. Ainhoa estaba detrás, sudorosa y cansada. Se había manchado con la sangre de su marido y antes de que él pudiera contraatacar desapareció en un salto.
Guillermo hundió su mano izquierda, con los dedos rectos y tensos, en la cabeza de la criatura sobre la que estaba. El oso negro se materializó en aquella energía oscura que usaba Guillermo y la concetró toda en su mano. Cayó levitando sobre el suelo, la nube de polvo gris seguía frente a él. Se aplicó la energía oscura, concentrada en su mano izquierda, en el muñón que ahora tenía por brazo izquierdo. Su herida se cerró y dejó de sangrar, pero ya no tenía brazo derecho.
Ainhoa troceaba con su katana el brazo amputado de su marido y lanzó los trozos una vez los pinchaba. Repartió el brazo en todas direcciones, solo quedaba la mano que agarraba la gran espada de Guillermo.
-Venía a decirte dos cosas, pero solo te repetiré la que ya te dije. -Dijo la mujer. -Damián, tu hijo, te odia profundamente y te lo mereces.
Guillermo se dio la vuelta, primero miró su mano derecha que agarraba su espada tirada en el suelo, luego a los ojos de su mujer.
-Yo también te diré algo... -Dijo Guillermo jadeando. -Lidia, tu hija, te odia profundamente y no te lo mereces. -Rió a carcajadas tras decir esto último.
Ainhoa corrió con la katana en alto para darle el golpe de gracia, pero antes de llegar sintió un enorme impacto en su costado derecho. Guillermo hábilmente había movido su mano izquierda como si con hilos invisibles hubiera podido desplazar su mano derecha, tirada en el suelo, e, instantes antes de que su mujer fuera a alcanzarlo, la atravesó de costado a costado con aquella enorme espada.
Una mujer, atravesada por una espada anchísima sostenida por una mano amputada, caía de rodillas frente a un hombre que acaba de perder su brazo derecho.
-Antes de morir. -Dijo al oído de Ainhoa. -Quiero saber qué es esa otra cosa que venías a decirme.
Ella escuchó aquello perfectamente. Su muerte había llegado. En su mente se recrearon los recuerdos que la marcaron de por vida, muchos de ellos los protagonizaba un joven y apuesto Guillermo. Un hombre sonriente y lleno de amor, que siempre la sorprendía en sus citas. Un hombre que le decía ''te quiero'' todas las mañanas al amanecer juntos, un hombre que la abrazaba con ternura, uno capaz de leer sus pensamientos más profundos y hacerla feliz. El marido perfecto a ojos de todos, alguien trabajador, amante de su familia y amable hasta hartar. Para ella, había sido su príncipe azul, su caballero andante, su héroe y su amante más atento.
-Dime. -Exigió en un susurro Guillermo. Sostenía a su mujer como podía y la miraba a los ojos. -¿Qué es lo otro que me ibas a decir?
-Siempre te he amado.
Sus párpados se cerraron por última vez y su cuerpo dejó de temblar. La noche soplaba el rostro de la mujer de tirabuzones dorados que moría a manos y en brazos de su marido. Él tenía una expresión que era una mezcla entre asombro, tristeza y amor en sus ojos. Permaneció sosteniendo el cuerpo de su mujer toda la noche hasta que el sol de la mañana bañó el campo de batalla donde terminó su historia de amor.
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