Lara y el hombre de aspecto atlético estaban en el laberinto de pinos, aunque también
hay que decir que había otros tipos de árboles. El hombre ni si quiera miró a Lara, tampoco dijo
palabra alguna. Ella no sabía qué hacer ni qué decir pero, antes de que ella pudiera hacer algo, el
hombre se puso a cuatro patas. Tenía la misma postura que un corredor olímpico antes de empezar a correr.
El hombre salió disparado, sus largas piernas se movían demasiado rápido. En un par de segundos desapareció del campo de visión de Lara. Ella estaba parada, sorprendida de la velocidad de aquel hombre.
Sin pensarlo más, corrió con todas sus fuerzas pero desde luego no podía moverse tan rápido como él. Pronto llegó a un punto donde el camino se bifurcaba. ¿Que camino tomar? Sin pensárselo mucho cogió el izquierdo y después de doblar unas cuantas esquinas llegó a un callejón sin salida. Allí no había nada, tendría que desandar su camino y tomar el de la derecha como tuvo que haber hecho antes.
Entonces volvió a la bifurcación y cogió el camino que debió haber tomado, pero su rival ya llevaría una gran ventaja, estaba destinada a perder. Anduvo despacio por los pasillos llenos de vegetación del laberinto, estaba demasiado cansada como para seguir corriendo. Observando el entorno se dio cuenta de que tras los pinos y demás había una tapia blanca no muy alta. Se le ocurrió subirse a ella con la ayuda de las ramas, pero ¿sería eso hacer trampa? Por lo menos así podría ver desde arriba cómo era el laberinto y quizás tomar un atajo. Lo que estaba claro, era que debía darse prisa porque no tardaría en oscurecer.
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Néstor observaba aterrorizado al niño del pelo rojizo y después echó un vistazo a la enorme cruz cubierta en vendajes que dejó clavada en el suelo. Era enorme, ¿qué podría ser aquello?
-¿No vas a ir a por la tarjeta blanca? -Dijo el niño pelirrojo con su ronca voz.
-Em... sí, claro. -Respondió Nés.
Nés se acercó al borde del acantilado, no tenía ni idea de cómo iba a bajar sin matarse. Él se consideraba un torpe y tampoco creía que aquel niño fuese capaz de bajar hasta allí, aquello era trabajo de profesionales.
Mientras miraba hacia abajo, a la playa que había en el fondo del acantilado, vio la espalda del niño pelirrojo. Estaba andando sobre la pared del acantilado con las manos en los bolsillos en dirección a la playa. Nés se abofeteó la cara esperando despertar de un sueño. No, estaba bien despierto. Ese niño no podía ser humano.
Lentamente, Nés empezó a bajar la pared del acantilado como las personas normales. Aún tenía las manos agarradas al borde para bajar cuando su rival estaba a poco de alcanzar la playa. Descendió un par de metros, pero no esperaba llegar muy lejos, ya no quedaba muchos salientes dónde apoyar los pies. ''Tengo que seguir intentándolo, no puedo perder.'' Pensó Nés. Tragó saliva e intentó apoyar su pie derecho sobre una piedra que sobresalía. Lo consiguió, resopló aliviado. ''Ahora solo tengo que agarrarme con mi mano derecha a otra piedra.'' Divisó una y la agarró fuerte, pero su mano sudaba demasiado.
Resbaló y cayó de espaldas gritando como un loco, sentía la muerte próxima a él. Por su mente pasaron fugazmente muchas imágenes de su vida, pero no esperaba que apareciera una en particular: el beso que le dio a Iván y los ojos azules del mismo. Algo chocó con él, en su espalda, e instantes después la caída terminó. Nés con lagrimas en los ojos se levantó frotándoselos incrédulo de seguir entero.
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''No puede ser... que él sea el padre de mi madre... ¿Mi abuelo?'' Damián no podía creerlo, pero encajaba perfectamente que lo fuera.
-Deberíamos darle un toque a este ambiente tan aburrido. -Dijo el anciano Leopold y, acto seguido, chasqueó los dedos cambiando aquel extraño lugar por un despacho algo familiar. Un par de estanterías, una venta y una mesa con dos sillas componían el nuevo habitáculo. Algo parecido a dónde habían empezado a jugar al ajedrez.
Leopold le ofreció asiento a su nieto, el cual aceptó aún pasmado. Luego el anciano se sentó al otro lado de la mesa sonriente y sin parar de mirar a su nieto.
-Bueno, lo cierto es que no sé por dónde empezar. -Dijo mesándose el bigote y mirando al techo. -Admitió Leopold. Damián despertó de su asombro y lanzó una pregunta.
-¿Esto... -Preguntó señalando todo el despacho con gestos exagerados. -... lo has hecho tú? -Su abuelo asintió orgulloso. -¿Con Imnergía?
-Seh. -Respondió jovial el anciano. -He de admitir que estoy bastante avanzado en esta materia.
-Había oído alguna vez hablar a mis padres de la Imnergía. Tengo entendido que es un tipo de energía que todos poseemos y que sirve para hacer casi cualquier cosa.
-Muy cierto. -Coincidió Leopold. -Pero la Imnergía solo se manifiesta una vez una persona presencia alguna acción de la misma o se ve rodeado de ella. Tú, por ejemplo, has vivido en una familia dónde todos la conocían. Y... he de corregir eso que has dicho de que con ella se puede hacer ''casi cualquier cosa'', con ella se puede hacer lo que uno quiera.
-Entonces... ¿Se puede hacer de todo si la usas? ¿No es algo inverosímil?
-No he dicho ''de todo'', he dicho ''lo que uno quiera'', lo que uno imagine. Aunque no es tan sencillo. -Dijo el anciano colocándose su monóculo.
-¿Me enseñarás a usarla? -Preguntó Dam.
-¿Ya? ¿No quieres saber más cosas de tu familia, la familia Artemis, a la que perteneces? -Entrelazó sus arrugadas manos.
-Bueno... Solo quiero saber una cosa. ¿Por qué los Artemis protegemos una de las tres Llaves Legendarias?
-Dime Damián. Tu segundo apellido es Artemis pero tu primer apellido es una simple hache. ¿Nunca te has preguntado qué significa, por qué no se escribe o pronuncia?
Damián bajó la mirada, la ira lo invadió al recordar a su padre.
-Le odio, y jamás he querido saber qué significa su apellido, ni quiero saberlo. -Respondió solemne.
-Está bien, pero algún día tendrás que saberlo. -Leopold empezó a jugar con un bolígrafo entre sus manos mientras lo miraba. -Los Artemis... fuimos terribles dictadores mucho tiempo atrás. Con el poder de una de las Llave Legendarias creamos un país de dolor y sufrimiento. Tiempo después, alguien, con un increíble poder, nos dio una lección a nuestra familia y a los demás que estaban abusando de las otras dos Llaves. Fue entonces cuando juramos reparar el daño hecho protegiendo al mundo del poder de las Llaves.
>>Nosotros poseíamos la Llave Legendaria de Ludunen y, otra familia, los Warheim tenían La Llave Legendaria de Brounen. Con ellas nos corrompimos, sembramos el caos en nuestras naciones y llevamos a la humanidad a las tinieblas. Para colmo, un individuo de lo más peculiar encontró la Llave Legendaria de Tarkanen y su oscuro corazón ensombreció aún más la situación. Pero fue entonces cuando también apareció un chico, de una edad similar a aquel que poseía la Llave de Tarkanen.
>>El chico se enfrentó a nuestra familia y a los Warheim, nos libró de las Llaves Legendarias y de sus tentadores poderes. Luego, buscó al muchacho de corazón oscuro que poseía la Llave de Tarkanen, la última que quedaba destruyendo a la humanidad. Y una vez se encontraron, lucharon a muerte. Nuestro héroe ganó.
>>Tanto a los Warheim como a nosotros, nos exigió guardar las Llaves jurando nunca más volver a usarlas, evitando así que cayesen en malas manos y redimir de esa manera nuestros pecados. Sin embargo, para proteger la Llave de Tarkanen preparó un destino distinto. La selló en un enorme laberinto de pruebas y retos duros, un laberinto que creó con su propia Imnergía.
-Y por eso el laberinto se llama Tarkanen. Recuerdo que lo dijo el Juez. -Dijo Damián.
-¡Je! El Juez es otra obra suya. -Continuó Leopold. -Digamos que el Juez guarda en él una pequeña parte del alma de aquel héroe. Bien, pues hizo todo esto con el fin de que si alguna vez rompíamos nuestro juramento, alguien pudiera escarmentarnos usando la Llave de Tarkanen. Y para asegurarse de que ése alguien no la usara mal la escondió en un laberinto... muy exigente.
-Pero que el laberinto sea exigente no asegura que el vencedor sea alguien de fiar. -Señaló Dam.
-Cierto, cierto. Pero por lo visto nuestro héroe tenía la idea de que la fuerza, la inteligencia y la habilidad necesarias para triunfar en el laberinto irían de la mano con un buen corazón. Aunque por supuesto, puede no ser así.
-¿Y por qué estás aquí... abuelo? -Interrumpió Dam.
-Bueno, como sabes en el juego del laberinto hay trece participantes. Pues ambas familias, Artemis y Warheim, coincidimos en que no estaría mal asegurarnos al menos un puesto en el juego del laberinto. -Leopold se remangó el brazo izquierdo dejando a la vista el número nueve que tenía tatuado. -Yo fui el primero en elegir número, el nueve es mi favorito.
-Pero... A mí, mi madre me tatuó el número ocho y me dijo que algún día tendría que llegar a este lugar. Fue entonces cuando empecé a saber algo sobre todas estas cosas.
-Lo sé. Ella sabía que yo también participaría y supongo que esperaba que nos encontrásemos. -La voz de Leopold parecía algo triste. -Hace tantos años que no veo a mi hija...
-Entonces, ¿los Warheim también participan?
-Sí, pero no sé cual de los participantes es de los Warheim ni cuantos serán. Aunque no debes preocuparte, en principio, no son enemigos. Están aquí por la misma razón que nosotros.
-La desaparición de nuestra Llave, la Llave Ludunen. -Apuntó Damián. -Si mi padre...
-Relájate Damián. Ahora lo importante no es lamentarse, debemos conseguir la Llave de Tarkanen y con ella detener al que tenga en su poder la nuestra. Y temo que más personas relacionadas con nuestro ladrón traten de conseguir las otras dos Llaves. Por eso, has de tener mucho cuidado con el resto de participantes.
-¿Quieres decir que forman un grupo las personas que quieren conseguir las Llaves?
-Así es. Aunque desconozco cómo se llaman ni cuantos son. Pero no importa cuantos sean, nosotros somos bastantes. -Dijo sonriendo el viejo.
-¿Nosotros?... Un momento... ¿Sabes que no he venido solo?
-Claro que lo sé. No sabéis disimular, sois un total de cinco. Tú, dos chicos y dos chicas. Tú no le quitabas ojo a ninguno de ellos, tratabas de saber si les iría bien con aquellos con los que les tocaba enfrentarse. Además vi perfectamente como el chico rubio no le quitaba la mirada al otro jovencito, parecía preocupado por él.
''Sí, pero no te imaginas por qué Iván está tan preocupado por Néstor.'' Pensó Damián. Al pensar en Nés se acordó de un detalle que le llamó la atención.
-Oye abuelo, ¿te fijaste en el enorme crucifijo que llevaba a la espalda un niño pelirrojo?
-Sí. Es lo que tú piensas, es un arma muy peligrosa. Un Arma Noble, creada por los Warheim en su época oscura. Por lo que... ahora que lo mencionas... ese niño debe ser un Warheim. Sin duda será un duro rival y esperemos que no sea peligroso. Si no recuerdo mal, tu amigo de pelo castaño quien está ahora con ese niño en un reto. -Dijo pensativo Leopold. -Pero dejemos de hablar y déjame que te enseñe cómo usar la Imnergía.
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Lara subió por fin a la tapia de un lado y observó desde esa altura la amplitud del laberinto. La forma del laberinto vista desde aquella distancia resultaba casi hipnótica y un tanto hermosa. Intentó localizar a su rival con la vista, barrió el laberinto con la mirada y vio un fugaz movimiento de una silueta muy lejos del lugar donde ella estaba. Su rival no tardaría en encontrar la tarjeta blanca.
Ella decidió continuar su camino andando sobre los muros de piedra del laberinto donde ahora estaba subida. Quizás así lograría localizar la tarjeta antes que él y cogerla a tiempo.
Poco después vio algo que brillaba en un callejón sin salida que había por el centro del laberinto. Corrió con cuidado sobre el muro hasta que este terminó, enfrente estaba el muro tras el cual estaba la tarjeta. Se fijó en que no podría llegar de un salto, había demasiada distancia, y ese muro no tenía vegetación por la que escalar para subir a él.
Poco después vio algo que brillaba en un callejón sin salida que había por el centro del laberinto. Corrió con cuidado sobre el muro hasta que este terminó, enfrente estaba el muro tras el cual estaba la tarjeta. Se fijó en que no podría llegar de un salto, había demasiada distancia, y ese muro no tenía vegetación por la que escalar para subir a él.
Parecía que no había manera de alcanzarla pero entonces recordó lo que vio en su mente cuando el Juez les dijo que aquello que vieron eran sus armas. Lara había visto en su mente una pluma blanca. En aquel momento no creyó que aquello pudiera ser un arma pero quizás sí podría servirle de algo. Asique cerró sus ojos y vio en su mente la pluma blanca, luego sin quererlo se llevó las manos a sus tobillos. Un haz de luz blanca envolvió sus pies.
Al disiparse, en sus tobillos había un par de plumas a los lados. Una sensación de agilidad y energía la invadió y saltó al muro de enfrente sin pensarlo. Tanto la altura del salto como la precisión al posarse sobre el muro la sorprendieron. Solo tenía que bajarse y coger la tarjeta, ya estaba hecho. Se bajó y agarró la tarjeta al mismo tiempo que sintió un golpe de aire cerca de ella.
Miró la tarjeta, la mano de su rival también la sujetaba. Él había llegado con su increíble velocidad hasta allí en el mismo instante en que ella la tocó. Un instante después de reconocerse mutuamente, él soltó la tarjeta y le dio un puñetazo en el estómago a Lara. Ella dejó caer la tarjeta.
Su rival escapó mientras ella se recuperaba del golpe y una vez se recuperó fue tras él. Aún tenía aquellas plumas en sus tobillos que le hacían tan ágil. Saltó sobre los muros con facilidad y a una velocidad increíble. Su imagen se volvía borrosa al moverse y a su alrededor el viento se alborotaba. Localizó a su rival y aceleró para atraparlo.
Él sorprendido de verla saltar sobre él fue presa del peso de Lara, y cayó de bruces al suelo dejando caer la tarjeta. Entonces apareció el Juez frente a ellos cogiendo la tarjeta.
-¡Es mía! -Gritó el hombre furioso. -¡Yo la toqué primero!
-Ambos la tocasteis en el mismo instante. Pero tú... -Dijo el Juez señalando al hombre en el suelo. -... soltaste la tarjeta primero para golpearla a ella. Por lo que le pertenece a ella, el participante número Cero.
El Juez ofreció la tarjeta a Lara y ésta la cogió conteniéndose las ganas de chillar de alegría.
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-¿Estoy vivo? -Se preguntó en voz alta Néstor.
Frente a él estaba la pared del acantilado y a su espalda el mar. Estaba sentado sobre la arena y algo que parecía más o menos blando. Sintió como aquello se movía y una fuerza lo empujaba bajo su trasero. Cayó de boca tumbado sobre la arena, tragando una poca, y algo emergía del sitio donde, hasta hace un segundo, estaba sentado. Aquello que emergía era el niño pelirrojo camina-paredes que desafiaba la gravedad.
Nés quedó aterrorizado al verlo. El niño se dio la vuelta y lo miró con una expresión terrible en sus ojos azules.
-Muy ingenioso. Para bajar más rápido que yo te dejaste caer y, además, sobre mí para amortiguar tu caída. -Dijo el chico pelirrojo. -Aunque ello no te sirva para nada.
-¡Lo, lo siento! -Se disculpó Nés. -No era mi intención hacer eso. Simplemente caí.
El chico pelirrojo no dijo nada más y echó un vistazo a la playa. Nés recordó que la tarjeta blanca debía de estar escondida en un cofre. Anduvo en dirección contraria a la de su rival y miraba el suelo arenoso esperando ver algo ligeramente sospechoso para empezar a excavar. Se cansó de buscar y se sentó en la arena. Empezó a pensar en los demás y en cómo estarían.
''¿Cómo le irá a Lara con el tipo aquel? Espero que no le haya pasado nada. ¿Y Damián? ¿Con quién le habrá tocado? Todo esto es tan raro...'' Empezó a garabatear dibujos en la arena. ''¿Por qué estamos aquí, en este... lío, en este... laberinto? Vero no dudó en aceptar ayudar a Damián, lo tenía muy claro. Lara también, pero... Iván...''
Paró de dibujar un momento y entrecerró un poco los ojos con cierta melancolía. ''Sigo sin entender qué es lo que le atrae de mí, no sé si habla en serio o no... Es más raro incluso que Damián. Incluso antes de que pasara todo esto, Iván y yo... pero entonces quedó muy claro.'' Suspiró algo deprimido. ''Él solo ayudaría a Damián si yo también lo hacía porque... según él... no soporta estar sin mí. Y encima, luego le dí aquel beso con la esperanza de que cortase ya la broma pero no lo era. Realmente está empeñado en demostrar lo que dice. Y luego en este... lugar hay algo que me resulta extrañamente familiar...''
''Si por lo menos supiera cuál es mi arma... ¿Por qué no la vi con claridad?'' Entonces se dio cuenta de que antes deseaba ganar el reto para saber cuál era su arma, renunciar a la tarjeta y preguntárselo al Juez. Así que se levantó y al hacerlo vio la arena que estaba a sus pies. Sin darse cuenta, había dibujado algo asombroso mientras pensaba en los demás, había dibujado a ellos cinco. En el parque donde estuvieron antes de llegar al laberinto. Estaban caricaturizados como las versiones chibi de personajes manga. Y a pesar de haberlo hecho en la arena el dibujo estaba bien detallado.
-Entonces, ¿Deseas renunciar a la tarjeta blanca a cambio de preguntarme algo? -Preguntó el Juez al chico pelirrojo.
Nés vio que el Juez estaba frente al niño pelirrojo, preguntándole aquello, y con la tarjeta blanca en la mano. A los pies de su rival había un cofre abierto.
-¡Eh! ¡Un momento, por favor! -Gritó Nés a la vez que corría torpemente hacia ellos.
Sin embargo ninguno le hizo caso, es como si no existiera.
-Cuando he cogido la tarjeta has aparecido directamente aquí para terminar con el reto. -Dijo el niño pelirrojo con su particular ronquera. -Sin embargo, dijiste que después de encontrar la tarjeta debíamos volver a la puerta y así nos declararíamos vencedores. Supongo que esto de resumir el reto a encontrar la tarjeta lo estás haciendo con todos. Si es así, ¿Por qué lo haces?
-Porque así se me ordenó actuar en caso de que se dieran ciertas circunstancias. -Respondió el Juez. -Tu pregunta ya ha sido respondida.
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Leopold transformó el despacho en aquel extraño lugar en el que estuvieron antes de estar sentados charlando. El suelo era igual, como un tablero de ajedrez. El viejo estaba a unos cuantos metros de su nieto.
-Invoca el arma que viste en tu mente si quieres, pero yo no utilizaré ninguna. -Anunció el abuelo. -Tu objetivo es golpearme tres veces y no volveremos al laberinto hasta que lo consigas.
-Pero ¿no deberías primero enseñarme a usar la Imnergía? -Preguntó Damián.
-¿Y si por algún motivo no pudieras usarla? ¿Cómo lucharías contra el enemigo?
-Este entrenamiento va a ser muy divertido. -Murmuró Dam para sí.
-¿Listo?
-Cuando quieras.
Leopold desapareció de un salto, Damián miraba por todas partes pero no le veía. Sintió como el aire se alteraba ligeramente frente a él, algo extraño teniendo en cuenta que en aquel lugar el aire se mantenía casi quieto. Rápidamente de un salto se apartó de su posición y corrió lejos. Efectivamente el anciano golpeó el suelo con una fuerte patada en lugar donde antes estaba Damián. Después alcanzó a sus nieto de unas pocas zancadas y le propinó una patada en el costado izquierdo pero suave.
La pierna no se había despegado de su cuerpo cuando Dam la agarró con sus manos. Leopold flexionó su pierna y la estiró tan rápido que Dam salió disparado. Antes de caer al suelo de espaldas, el anciano lo retuvo en el aire sosteniéndolo con su dedo índice, como si fuera una pelota de baloncesto. Lo bajó al suelo, luego se cogió las manos por la espalda y atacó a su nieto solo con patadas.
Damián retrocedía esquivando, sudando a cada movimiento. Entonces decidió invocar su arma, quizás así conseguiría rozar a Leopold. ''No, aún no, debo conseguir golpearle al menos una vez sin utilizar ningún tipo de poder.'' Con esa decisión lanzaba puñetazos contra su abuelo tras esquivar un patada, pero no conseguía rozarlo. Leopold sonreía.
-¡Vaya vaya! ¡Sí que te esfuerzas!
Y justo cuando dijo aquello, Damián consiguió rozarle un costado con su puño izquierdo. El anciano quedó sorprendido por aquello y seguía con la guardia baja, Dam aprovechó el momento. Muy seguidamente a su primer golpe, apoyó ambas manos en el suelo bocarriba pegando un saltito hacia atrás pero sin alejarse y con ambas piernas golpeó a Leopold. Lo mantuvo sujeto, como si sus piernas fueran la pinza de un crustáceo.
Luego las cruzó en la espalda de su abuelo al tiempo que de un impulso en sus manos se acercaba al rostro de su atrapado rival. Lo golpeó con la frente en la cabeza mientras estaba sujeto a él, Leopold se tambaleó y cayó. Damián estaba aún sobre él.
-Y... ¡tres! -Dijo victorioso Dam al tiempo que presionaba la punta de la nariz de su abuelo con un dedo índice.
''Increíble... No es muy fuerte ,pero es tan listo que en un par de segundos ha dado los tres golpes en mi único momento de distracción...'' Pensó Leopold.
Ambos se levantaron.
-Nieto... eres increíble, pero que no se te suba a la cabeza. -Le dijo Leopold.
-Volvemos al laberinto ¿no?
-¿No vas a preguntarme por qué quiero que ganes la partida de ajedrez cuando volvamos? -Inquirió el viejo.
-Oh, es verdad. Explica.
-Verás, después de superar el primer reto el Juez nos dará el descanso. Durará doce horas, en las que habrá que dormir, comer y evacuar si lo necesitamos. -Damián rió casi imperceptiblemente al escucharlo. -Puesto que durante los retos y batallas estamos todos separados no podrás ver a tus amigos y eso es un problema. Sois un objetivo fácil, deberíais estar juntos en los descansos por lo menos.
-Ya entiendo qué quieres decir. -Aventuró Damián. -Quieres que con la tarjeta blanca pida al juez un descanso común para mí y mis amigos ¿no?
-Exacto, lo has captado. Sería genial que vuestros descansos fueran en una misma habitación. -Luego se acarició el bigote, parecía que le picaba. -Yo soy un viejo que está perdiendo sus facultades y que tarde o temprano será eliminado del juego, no necesito la tarjeta blanca. Pero no me voy a rendir, os ayudaré a conseguir la Llave. Los Warheim no me hacen mucha gracia y aún peor sería que cayera en otras manos. Además...
-Con la Llave de Tarkanen tenemos que recuperar la de la familia. -Completó Dam. Su abuelo asintió con semblante serio.
Dicho esto, Leopold chasqueó los dedos y el sonido se metió en los oídos de Dam. Abrió los ojos, estaba sentado en la mesa donde estaba el tablero de ajedrez y su abuelo frente a él.
-Oye ¿cómo haces esos... teletransportes o lo que sean? -Preguntó el chico.
En repuesta, su abuelo señaló su monóculo. Lo cogió con la mano y lo sostuvo con los dedos.
-Es un Arma Noble de nuestra familia. -Dijo. -Igual que la enorme cruz que llevaba aquel niño pelirrojo. Los Artemis también creamos algunas de estas armas en nuestra época oscura. El Monóculo Artem potencia la Imnergía utilizada en acciones ilusorias por su poseedor.
Dam miraba el monóculo con curiosidad.
-Entonces ¿no nos hemos movido de aquí? ¿Todo ha sido mental?
-Así es. Bueno, ¿alguna pregunta más? -Dijo Leopold.
-¿Qué fue de... aquel que consiguió derrotar a las dos familias y al otro poseedor de la Llave Tarkanen sin utilizar si quiera una de las llaves? -Quiso saber Dam.
-Nadie lo sabe. Simplemente se marchó sin dejar rastro tras derrotarnos y encerrar la Llave de Tarkanen.
-¿Y... su nombre?
-Pues... Jamás lo dijo, pero todos lo llamamos de la misma manera... Sus ojos de un azul intenso eran el perfecto reflejo de su alma... Siempre decía que él solo era un humilde amante del mundo y que lo defendería del caos... -Leopold estaba abstraído en sus pensamientos por completo. -Lo apodamos como El Guardián Azul.
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